05 abril 2009

Etiquetas II

… Y esa manía que tiene la mayoría de la gente de poner etiquetas a los demás. Por lo que dedujimos en la actividad de Etiquetas, se necesita saber cuál tiene la otra persona para relacionarnos con ella. Si no nos la dice pedimos referencias externas. No está mal conocer cómo es otra persona, lo que está mal es que TODO lo que una persona concreta es se pretenda englobar en una palabra.

Cuando nos ponemos o permitimos que nos pongan una etiqueta, a continuación se nos exigirá comportarnos como indica esa palabra que llevamos ya en la frente. No discrepes ni un ápice con la masa que ha hecho bandera de esa etiqueta. Puedes, por ejemplo, apoyar el 95% de las reivindicaciones de un movimiento que sientes tuyo y discrepar con el 5% restante. Esa pequeña diferencia se vuelve contra ti. Quien está en contra del movimiento te considera enemiga, quien está a favor te considera traidora.

No hace mucho una chica que conozco y que leyó mi blog me decía amigablemente que “no parece el blog de una lesbiana”. Eso me hizo pensar en qué se espera de mí por el hecho de estar enamorada de mi pareja-mujer y de que no oculte esta relación ni en lo virtual ni en lo cotidiano. Se espera que mi mundo de palabras se circunscriba a mi relación y poco más. No es lo mismo que se esperaría de mí si mi pareja fuese un hombre. Ahí sí podría opinar sobre el mundo, las leyes, la naturaleza, el trabajo, dejando a salvo en un rincón íntimo y respetable mi relación afectiva y sexual de pareja.

¡Y cuántas veces me han preguntado si soy lesbiana! Tantas como me he negado a etiquetarme. Si amo a una mujer y no es la única a la que he amado ¿quién era aquella chica que una vez también amó a un hombre? ¿Acaso no era sinceramente yo y sincero mi sentimiento? ¿Traiciono la "causa"? ¿Qué causa? ¡Ah, entonces eres bisexual! Pues tampoco. Soy una persona, más aún, una mujer. Esa es la realidad, junto a otras realidades que me vienen implícitas como mi raza, el lugar donde nací o los padres que tengo. Lo demás lo elijo yo.

Algo muy parecido ocurre con la etiqueta Feminista y con tantas otras. Una vez etiquetada se te aplica el filtro de los “mitos” que rodean a tu etiqueta y si alguno falla, despistas al personal. En mi caso prefiero dejar el etiquetado para los artículos de consumo. Y ante todo, la libertad individual, hasta la de preferir llevar etiqueta.

04 abril 2009

Etiquetas


Hace unos años se hizo una actividad en el instituto donde trabajaba. La actividad consistía en lo siguiente:

Unas 30 personas (alumnos y alumnas jóvenes y adolescentes y unos cuantos profesores y profesoras) fueron etiquetadas. A cada uno se le puso una etiqueta pegada en la frente, de modo que los demás podían ver la etiqueta pero nadie sabía cuál era la propia.

Las normas eran no decirle a nadie lo que llevaba escrito en la frente pero actuar en consecuencia con lo que su etiqueta nos sugería.

Colocada la etiqueta había que pasear por el recinto e interrelacionarse con las otras personas que allí estábamos, siempre en consonancia con las etiquetas ajenas y desconociendo la propia.

Las situaciones que se produjeron fueron de lo más variopintas: Por ejemplo cuando quien llevaba la etiqueta Tengo sida pretendía abrazar a quien tenía la de Necesito cariño. O cuando la chica que llevaba la etiqueta Prostituta se acercaba a animar al que llevaba la de Estoy triste. Otras eran Gay, Feminista, Sensual, Líder, Inmigrante, Invidente, Delincuente, Lesbiana, Ninfómana...

Pasaba el tiempo y en aquella sociedad improvisada y heterogénea la mayor parte de los participantes intuyeron cuál era la propia etiqueta en función del comportamiento de los demás al intentar interactuar con ellos. Tras intuir lo que "eran" para los demás, intentaban modificar su actitud para relacionarse mejor o incluso para ponerse a salvo del grupo.

Es impresionante observar a través de un simple juego la reacción humana cuando se enfrenta al estímulo que ejerce sobre los demás individuos y a la respuesta que recibe de éstos. Aunque se trataba de un simple juego hubo enfados, deserciones y lágrimas, además de actitudes arrogantes y tiranas, entre otras.

Una chica llevaba la etiqueta "Ignórame". Fue la que peor trago pasó. A los pocos minutos del paseo no entendía por qué los demás se iban relacionando mejor o peor pero a ella se le daba siempre la espalda. No se la insultaba ni se la animaba, no se la abrazaba ni se le respondía abiertamente a un abrazo o una frase. Sencillamente se la ignoraba. Se sentía invisible. Acabó llorando y en ningún momento intuyó cuál era su etiqueta.

¿Cuánto tiene que ver el juego con la realidad?

02 abril 2009

Lésbico o lesbiano

Muchas veces me topo con la misma situación, pero la primera vez fue hace muchos años. Acudí a una fiesta para celebrar no recuerdo qué, pero sé que el evento iba dirigido especialmente a lesbianas. En el local había un folleto con las actividades que se iban a realizar en esos días a tal efecto. Una de ellas era "Conferencia sobre novela lésbica". La chica que me acompañaba, con gesto indignado, cogió uno de aquellos folletos, sacó su pluma, tachó lésbica y puso lesbiana.

Lésbico, lesbiano y lesbio tienen un significado común: "relativo al lesbianismo". El término lesbiana puede significar tanto "mujer homosexual" como "relativa al lesbianismo". Entonces ¿a qué viene enfadarse si alguien habla de cine lésbico, de novela lésbica, de temas lésbicos? Me suena gramaticalmente más correcto que el correspondiente "lesbiano-lesbiana" y no se presta a confusión. Y siendo ambos correctos uso el que más me guste. Las reivindicaciones deben comenzar más lejos: en el punto de la coherencia entre lo que sentimos, lo que hacemos y lo que dejamos ver al resto del mundo.

Es como dice Pepa al referirse a "novela lesbiana":

¡Suena a que es la novela la que siente y padece!