30 junio 2009

Día 1 de viaje

Las tantas y acabamos de ponernos en horizontal. ¡Qué cansancio!

Como cabía esperar, mi yo responsable terminó la tarea a tiempo y la entregó calentita y recién hecha. Después un claustro, luego una reunión extraordinaria de departamento para resolver una reclamación de última hora. El reloj hacía tic tac, tic tac. Esa reunión me trastocó el plan de volver pronto a casa, terminar de hacer la maleta y acabar de organizar la casa para la ausencia. Ciao clases, exámenes, evaluaciones, papeles inútiles, reclamaciones, reuniones y claustros por este curso. Toca dar paso a unos días de relajación y contemplación.

El resto hasta llegar al aeropuerto, pasó en un periquete.

Renunciamos a volar directamente a Venecia porque encontramos un chollo a Bolonia. 65 euros por trayecto y persona, frente al doble de haber ido directas a Venecia.

Mostrador de facturación.
  • Cuatro personas, cuatro maletas.
  • Peso máximo por maleta 15 kg.
  • Cada kilo de más se paga a razón de 15 euros el kg. como el jamón de jabugo (digo yo, que no sé a cuánto está).
  • Sobrepeso maleta 1: 2 kg.
  • Sobrepeso maleta 2: 2 kg.
  • Sobrepeso maleta 3: 1 kg.
  • Maleta cuatro pesa sólo 9 kg.
  • Oiga, como todas vamos en el lote, ¿por qué no hace mocho con la cuarta maleta y todavía vamos con falta de peso?
  • ¡Porque no! ¡Cumplimos normas de la compañía!
  • ¡Vale!

Está claro y la cola espera detrás. Nos dan un recibo para pagar el sobrepeso allí enfrente, esperamos turno y nos damos cuenta de que además del sobrepeso estamos pagando el transporte de las maletas en sí. 4 maletas 135 euros, más 75 euros de sobrepeso hacen 210 €, más o menos lo que nos habría costado llevarnos a tres colegas más, si cada cual se hubiese apañado con equipaje de mano, gratis hasta 10 kg.

El segundo chasco se produce cuando por fin llegamos al hotel de Bolonia, sólo para pasar esta noche.

Esto requiere una explicación. El viaje (de luna de miel anticipada) lo hacemos mi chica, mi mayi y yo en un principio. Pero dos días antes me telefonea una muy buena amiga nuestra, contándonos que la tienen que hospitalizar de urgencia y no tiene con quien dejar a su hija, más o menos de la edad de nuestra peque. Que si la podríamos tener en casa unos días. Le digo que no estaremos en casa, que nos vamos de viaje a tal y tal, pero que la nena se viene con nosotras. Que eso no puede ser, que vaya churro de luna de miel con dos niñas, que no me da la gana de crearos problemas, que ya buscaré un apaño, que estáis locas... Pero la convencimos, para nosotras era un gustazo llevarnos a su hija, que además es muy buena amiga de mayita.

Se arregla todo, billete, reservas de hotel, certificado de la Policía en que la madre autoriza a la menor a viajar al extranjero, pasaportes, etc.

Pues eso, que llegamos al hotel de Bolonia.

El recepcionista mira los carnets de las 4 y las caras de las cuatro.

  • ¿Y esta niña de quién es?
  • De una amiga.
  • ¿Tienen autorización?
  • Sí, aquí está (se esgrime papel policial).
  • ¿Con quién dormiría la niña?
  • Con la otra niña.
  • ¿Y la otra niña de quién es?
  • De servidora.
  • Pues la niña de su amiga no puede dormir en el hotel, hace falta una autorización de la madre diciendo que autoriza a que su hija TalyTal duerma con la otra niña TalyPascual en el hotel Tarariquetevi.
  • (Tócate la pera). La mamá de la niña está hospitalizada en España, no creemos que pueda enviar un fax.
  • Pues la niña no puede subir a la habitación. Las demás podéis subir, pero esta niña se queda en recepción.
  • Pero oiga, si la madre autoriza a que viaje con nosotras al extranjero, eso lleva implícito que duerma en algún sitio ¿no? ¿o la dejamos en un banco del parque?
  • Lo siento, son normas del Gobierno (Berlusconi) para menores y hoteles.


Llamada a nuestra amiga al hospital, que a ver dónde le pueden hacer el favor de enviar un fax con tales y tales datos y fotocopia de su DNI. Por suerte alguien le echó una mano, encontró no sé cómo la manera de enviar un fax a las tantas y ahora todas duermen (en camas) menos yo, que escribo (también en cama).

Pero quién se acuerda ya de los chascos. ¡Es nuestro primer día de un viaje requetefantástico! Esta panda de mozas está feliz.

(No me da tiempo a responder y hacer algunos comentarios que habría querido. El portátil está a punto de decir que lo enchufe, y ya no tengo fuerzas para ná esta noche).

29 junio 2009

El orgullo de pelear por el Derecho a la Dignidad

(Maikix, te tomo prestada la idea del Derecho a la Dignidad)

Nunca he ido a la celebración del famoso día del Orgullo Gay. Cuando empezó a celebrarse no me gustaba:

  • Que se llamase del orgullo "gay". Recuerdo aquellas primeras cabalgatas que veía en la tele, abarrotadas de hombres gays en plan macho-man o drag queen y detrás, como segundonas, cuatro lesbianas mal contadas, cuando las había.


  • Que se pretendiese dar una imagen de normalidad a través de una fiesta que me parecía esperpéntica. Los comentarios de la gente eran para pensar: eso es lo que reivindican, las bacanales, la procacidad, la orgía, el desenfreno, el exhibicionismo... y eso conllevaba la irresponsabilidad social, laboral, familiar... Yo sabía que detrás de aquella pantomima estaban hombres que trabajaban igual que otros hombres, vestían como otros hombres, se enamoraban como otros hombres, y me preguntaba por qué querían dar esa imagen distorsionada de sí mismos.

Al poco empezaron a unirse a la fiesta las lesbianas, mimetizando el estilo que los gays habían instaurado (me choca que las mujeres siempre acabemos imitando a los hombres, da igual que sean heteros que homos. En cierto modo lo considero una claudicación en nombre de la igualdad -¡que se igualen a nosotras si acaso!- y me rebelo). Era una fiesta de disfraces. Todo el mundo -ellas y ellos- actuando y con disfraz, a la manera como los gays habían ideado la visibilización.

Yo pensaba en otras maneras de hacerse visible. Yo ejercía otras maneras de hacerse visible. Eran otros tiempos y creo que el respeto -el poco o el mucho que hemos conseguido hoy día- no se ha debido a las fiestas del orgullo gay, sino a lo que hemos hecho en nuestro entorno miles de hombres y de mujeres, día a día, enfrentándonos a una sociedad que durante toda la historia nos miraba y nos hacía ver como esperpentos, como enfermos, como perversos. Demostrando que somos iguales y diferentes, como cualquier ser humano es igual o diferente a otro. Que no nos merma ni nos agrega nada nuevo el que amemos a una mujer, a un hombre, que nos gusten los calvos, las gordas, las rubias, los morenos... Que amar y hacer el amor entra en la esfera más privada de cada ser humano y que no daña ni en superficie ni en profundidad a otras personas con otros deseos y otras maneras de amar, ni a la sociedad en su conjunto. (No olvido que las batallas por la normalización y la visibilización se ganaron y se seguirán ganando no sólo por el esfuerzo individual sino porque además hemos tenido la capacidad de organizarnos y asociarnos para que se nos vea y se nos oiga con una voz más fuerte).

Fui la primera divorciada en mi pueblo natal y eso ya era noticia que corría de boca en boca. Para colmo el notición era que había dejado a mi marido porque me había enamorado de una mujer y que "tuve la cara dura y la desfachatez" de no esconderme ni de esconderla, ni en la familia, ni en el vecindario, ni entre mis amigos ni en mi trabajo, y que nos pusimos a vivir juntas en la misma casa que antes había compartido con mi marido (la que me tocó en el reparto). Y de eso hace más de 20 años.

Sí, si he de hablar de orgullo no diré que estaba orgullosa -ni avergonzada- de ser lesbiana, como no estuve orgullosa -ni avergonzada- antes de no serlo (o de no saberlo), pero sí me sentía orgullosa de estar en la avanzadilla que reivindicaba su normalidad con demostración práctica. Con toda la familia en contra, con los amigos missing como por arte de magia, con alguna que otra zancadilla donde menos la esperaba, denunciada en un juzgado para privarme de la custodia de mi hija por mis "perversiones lésbicas", pero con el espíritu de lucha y reivindicación por todo lo alto (con el apoyo de mi pareja, que ya había pasado por ahí antes que yo).

Cuando ella vino a vivir a casa, las puertas de los vecinos empezaron a cerrarse. La que venía siempre a pedirme algo que le faltaba para la comida, dejó de pedirme, dejó de saludarme. Ya ninguna vecina entraba en mi casa (pensarían que de pronto me habría vuelto una violadora de mujeres por lo menos). Cuando pasaba delante de un grupo de vecinos, miraba con el rabillo del ojo cómo me miraban y murmuraban.

Pero pensé: "Todo esto pasará". Tardó en normalizarse la cosa unos dos años, cuando se dieron cuenta de que mi casa era un hogar como otros hogares, que no se había convertido en Sodoma y Gomorra por arte de birlibirloque, que aquélla que habían conocido durante años era la misma persona con otra pareja y punto. Luego veía aquellas fiestas del orgullo gay que retransmitía la televisión y me daba la impresión de que todo el terreno ganado por una parte se iba al traste por la otra.

Desde que la visión de la sociedad empezó a cambiar, cuando empezó a entenderse la vida de una lesbiana como una vida normal, cuando la ley avaló esa normalidad igualando derechos, cuando en aquellas fiestas las mujeres empezaron a ser casi tan numerosas como los hombres, cuando se empezaron a crear eslóganes anuales que reclamaban derechos, entonces vi esa fiesta de otra forma.


A pesar de que ahora es otra cosa, aún no he ido a ninguna de esas fiestas. Porque he estado de viaje, porque la fiesta me quedaba lejos, porque no me apetecía o porque no me atren las aglomeraciones. Pero fuera de la fiesta sigo celebrando los derechos adquiridos y reivindicando los que todavía no llegaron. Y pienso (optimista de mí a pesar de lo que veo por el mundo) que un día creeré que ha dejado de tener sentido esa celebración-reivindicación. Ahora creo solamente que habría que cambiarle el nombre.

28 junio 2009

Mi mente me enreda

Mañana a las 8:30 tiene que estar mi papeleo en el correo del subdirector. Todo eso de la calidad y las memorias de fin de curso. Llevo desde el viernes por la mañana dándole esquinazo al tema.

Me pongo delante del ordenador.

Mi yo responsable: Venga, en un par de horas te quitas el muerto de encima.
Mi otro yo: Primero a ver lo que dicen las niñas en sus blogs, luego haces lo feo.
Mi yo responsable: Primero la obligación y luego la devoción.
Mi otro yo: Venga ya, si sabes que siempre lo haces todo en forma y plazo, además es la hora de la siesta... (luego es la hora bruja de después de las 12 de la noche, luego es la hora de leer, luego...)

Mi yo responsable se somete sin más discusiones, porque ése tiene aversión a la burocracia, sobre todo cuando esa burocracia es inútil y redundante, pero al final es el que vence, a última hora, levantándose a las 6 de la mañana para tener los papeles calientes como el pan de la tahona cuando los requiera la autoridad pertinente. El otro yo se despierta dos horas más tarde, cuando los papeles están hechos. Es cuando los dos se vuelven uno y se toman el desayuno juntos.



27 junio 2009

Hay sitios a los que sabes que vas a volver con otra mirada

Si nunca has estado en Venecia puedes imaginarla decadente e inspiradora como la retrató Visconti en su Morte a Venezia, o romántica como aquella postal de góndolas y gondoliere que te mandó una amiga en su luna de miel, pero siempre la imaginarás calurosa y húmeda, veraniega y bulliciosa.

Esa fue la Venecia que conocí a mis 22 años, en aquel viaje de miles de kilómetros que hicimos cuatro personas embutidas en un viejo Simca 1200 rojo, sin aire acondicionado, sin apenas dinero y con una nevera de plástico llena de provisiones en el maletero.

Los lugares ganan y pierden belleza según la mirada con que los contemplemos. Y la mirada tiene que ver con el ánimo. Amé Lisboa tantas veces como estuve allí. Lisboa tenía para mí un sabor peculiar, único, sabor a caracoles, a marea, a fábricas, a risas, a fados, a buena gente, a albahaca, sardinas y claveles en su fiesta de San Antonio. Sabor a besos húmedos, a amores intensos, a "para siempres". Pero años más tarde Lisboa fue una ciudad fea, vieja, insulsa, desde la que no se puede ver ni casi presentir el mar que roza. Esa vez tenía sabor a herrumbre, a olvido, a pies doloridos, a calor sofocante, a miseria, a "hasta nuncas". Era la misma Lisboa vista con los mismos ojos y dos estados de ánimo bien distintos.

Aquella primera vez Venecia no me sorprendió. Era tal cual la Venecia veraniega que había imaginado, aunque le faltaba una pizca de romanticismo, porque el viaje fue de todo menos romántico. Pero yo sabía que aquella ciudad podía despertar también ese sentimiento si la mirabas con otro ánimo.

Quince años después volví a Venecia con otra mirada puesta. Los turistas permanecen allí durante dos o tres días, lo indispensable para la pequeña gira en vaporetto por el Gran Canal, un paseo en góndola, una escapada a Murano para comprar algunos recuerdos de cristal, ver Piazza San Marco y subir al Campanile. Sin embargo esa segunda vez no éramos nosotros sino nosotras. No nos quedamos dos días sino una semana. No éramos cuatro sino dos. No hacía calor, sino un frío gélido que calaba los huesos. Nevaba en Venecia.



Ella y yo gustábamos de perdernos cada día y cada noche entre la sucesión de pequeños canales, atravesando ateridas por el frío puentes pequeños y desconocidos -yo con una mano en el bolsillo de su abrigo- pisando una isla cada cinco minutos, descubriendo plazas que eran embarcaderos de góndolas, una torre estrecha e inclinada de la que no pudimos saber el nombre, cafeterías donde servían chocolate caliente, edificios que no salen en ninguna postal, fachadas, gárgolas, picaportes, detalles ínfimos de su arquitectura, góndolas cubiertas de nieve. Comimos lentejas para celebrar el año nuevo y nos sentimos parte de aquella ciudad de la que siempre dudé que existieran verdaderos vecinos, sólo turistas y trabajadores que vivían en otros lugares cercanos, más secos y habitables.

Muchas veces, en cualquier parte de Venecia, durante aquellos días se instalaba en mi cerebro el Come è triste Venezia, de Aznavour. No. No era triste Venecia, era hermosamente alegre y fantástica bajo la nieve, de la mano de la mujer que amaba. Pero esa canción me decía que alguna vez, sin ella, Venecia podría ser la ciudad más tremendamente triste que pudiera imaginarse.

Y lo fue, no tanto como había imaginado, pero lo fue cuando tres años después estuve de nuevo allí, otro verano, en un viaje tan corto como que solamente fue para un par de horas. Mis hijas y yo pasábamos una temporada en Verona, en casa de mi amigo Giuliano, y él nos invitó a dar un paseo con parada en Venecia y café en el Florian.


Había visto tres Venecias diferentes, y pensé "volveré para ver una cuarta Venecia, y será la mejor de todas". Sabía que lo haría antes o después y que esa cuarta Venecia sería un compendio de lo mejor de las otras tres y un paseo por todo lo que aún quedaba por descubrir de sus rincones y de las emociones que me provocaría una mirada nueva.

Desde que abracé por primera vez a mi chica lo primero que me vino a la mente fue conocer con ella esa cuarta Venecia. No pensé en Lisboa, ni en Casablanca, ni en Bucarest, ni en París... pensé en Venecia, a saber por qué. Para ella será su primera Venecia y espero regalarle una mirada única e inolvidable de una ciudad que para mí es mucho más que un destino turístico.

El resto del viaje será un secreto para el blog, pero estoy segura de que pista sobre pista alguna viajera bloguera descubrirá de qué lugares estaré hablando. El lunes comienza la aventura.

26 junio 2009

¿Problemas? ¿Causas? ¿Soluciones?

Como continuación al post anterior, y porque los comentarios de Marcela me han hecho pensar que seguramente doy una visión negativa de los chicos y chicas adolescentes y jóvenes de esta generación, quiero decir que no, no son peores ni mejores que hace unos años, son distintos en muchas cosas. Tienen otras perspectivas de la vida, de la sociedad y de las relaciones interpersonales; y otras expectativas (en algunos casos es ausencia, algo que no encaja con el significado que tenemos de adolescencia y juventud).

Hay algunos datos privados y otros públicos que aportan información que a mí me preocupa. Por ejemplo un estudio que se hizo por mi zona hace tres años con respecto a las bajas por enfermedad del profesorado. Los profesores y profesoras que más bajas habían tenido -en número y en duración- en los cinco años que abarcaba el estudio eran los que daban más horas de clase a 2º y 3º de ESO. Los de menor número de bajas o ausencias de corta duración eran los de ciclos formativos de grado superior, seguidos del profesorado de bachillerato, de ciclos formativos de grado medio y del resto de cursos de la ESO -en ese orden-. El estudio no incluía posibles causas ni conclusión alguna. Era solamente una estadística.

Las conclusiones las extrajimos personalmente y alguna vez lo hemos comentado entre compañeros: Tiene que ver con la dificultad de enseñar en unos y otros niveles. En este caso reconozco que somos los privilegiados de todo el sistema de la Secundaria quienes damos clase a ciclos de grado superior, porque ahí se matricula quien quiere, no hay obligatoriedad, sus criterios son ya de personas maduras, han superado un bachillerato y en algunos casos incluso una carrera universitaria y -aunque el nivel educativo es bastante alto, parecido al universitario- no existen demasiadas cortapisas para darles una educación de calidad.

Pero no puedo ocultar por lo que vemos y analizamos cada año -somos los mismos profesores que hace siete años cuando empecé en el nuevo instituto- encontramos diferencias en negativo: Más faltas de respeto entre compañeros y con el profesorado (nada grave, sobre todo interrupciones injustificadas, empujones o hablar a gritos). Dificultad para redactar cualquier cosa, desde explicar un tema cualquiera a escribir el propio curriculum o un informe comercial. Cuando les preguntamos por qué tienen esta dificultad, las respuestas suelen ser que no encuentran la palabra justa para explicar un concepto, pero curiosamente hay una buena parte que dicen no estar seguros de cómo se escribe una palabra y pierden mucho tiempo en encontrar un sinónimo. La culpa, según estos mismos chicos y chicas, es que al tener más hábito de escribir y leer en lenguaje SMS, que usan para el chat y para cualquier tipo de comunicación, comienzan a tener serias dudas ortográficas.

Otro problema es la lectura. Una chica (de 24) me decía no hace mucho que ella es de la generación audiovisual y que desde la escuela ha ido aprendiendo en base a muchas imágenes y poca lectura. Leer es un aburrimiento (sentir muy general). Hay quien dice que aborreció los libros por ingestión obligatoria y masiva durante la ESO. De este tema escribí hace mucho tiempo en este blog.

Y en cuanto al cálculo, va disminuyendo la tendencia a reflexionar y aumenta la de dar una respuesta rápida. Me los imagino en un concurso en que tienen que hacer un cálculo con límite de tiempo. Si cuela cuela. Claro que lo mismo un día nos sorprenden.


Todo esto, en líneas generales, es lo que encuentro a diario entre mi alumnado, con el que me une esa relación de complicidad y cariño que facilita el pasar juntos siete horas semanales.

Pero estos problemas que he enunciado antes, no existían de forma tan general hace siete u ocho años. Vemos que van en aumento y yo a veces tiendo a divagar sobre cuáles son las causas y cuáles serán los efectos de esa pérdida de capacidad de reflexión o del olvido paulatino de la propia lengua, tanto en ortografía como en vocabulario.

Como causas, una de la que tengo absoluta seguridad es la propagación general de ese lenguaje que nació para ahorrar tiempo y dinero en los mensajes a móviles y que continuó en los chats y luego se generalizó en cualquier otro tipo de comunicación escrita entre adolescentes que ahora son jóvenes. Si mis amigas catalanas reconocen que tienen problemas con la g y la j cuando escriben en castellano -como targeta por tarjeta o cojer por coger-), debido a utilizar los dos idiomas y el parecido entre algunas palabras de uno y otro idioma, no es de extrañar que si casi todo lo que escriben y leen jóvenes y adolescentes sea SMS, surjan dudas. Muchas. Y que el vocabulario sea cada vez más espartano.

¿Otras posible causas? Creo que los trabajos que se hacen mediante el copia-pega, que ni se leen ni se escriben. La idea de que una imagen vale más que mil palabras es buena, si no se olvida que las palabras sirven para comunicar ideas, emociones y sentimientos.


Y todo ello englobado en un mundo en que todo se quiere saber, comprender y tener bajo la ley del mínimo esfuerzo.

Hay otra cosa que diré de paso. La facilidad con que se aprueba la ESO trae frustraciones en los niveles siguientes, como el bachillerato o los ciclos de grado medio. Es frecuente que vengan las madres a decirnos que no entienden que si su hija o su hijo ha ido aprobando la ESO, ahora pueda suspender casi todas las materias. Mi compañera que enseña Gestión Financiera en grado medio ha podido dar solamente el 50% de la materia programada, porque no podía enseñar interés simple ni compuesto cuando ha pasado medio curso intentando enseñarles a hacer cálculos básicos, como la regla de tres. Al final lo han conseguido: saben hacer una regla de tres. Pero la mayoría ha suspendido el módulo porque no ha dado tiempo a impartirlo ni a asimilarlo.

En grado superior es distinto. Normalmente las frustraciones y los abandonos ocurrieron en bachillerato.

En fin, creo que para solucionar problemas primero es necesario reconocer que existen y buscar sus causas. Hacemos lo que podemos y a veces es más de lo que creíamos poder conseguir. El jueves fueron las evaluaciones. Entre todos lo hemos conseguido, solamente repetirán curso 4 de 60 (en grado superior) pero ¡qué trabajazo arreglar lo que viene desarreglado de años! (Lo de las faltas de ortografía se ha paliado, no se ha resuelto... El SMS nos está machacando).

Marcela, decías que faltas de ortografía ha habido siempre. Y es verdad que cualquiera puede meter la pata alguna vez, menos a mayor nivel educativo, pero no siempre las hubo con tanta profusión. A veces me sorprendo leyendo faltas en donde antes era impensable, como sentencias judiciales, ensayos o noticias periodísticas. Yo tengo cada vez más dudas al escribir, a fuerza de leer demasiadas faltas todos los días.




24 junio 2009

Breve análisis a final de curso


Estas viñetas me las acaba de enviar un compañero que ha recibido de otro compañero y éste de otro. Me imagino que a estas alturas lo conocerá todo el mundo que trabaje en educación, pero para mí era nuevo.

Me gustaría saber lo que opináis quienes dais clase a cursos con menores, de primaria o secundaria. Hace años que doy clases a ciclos formativos de grado superior, con lo que los padres y madres apenas intervienen. Así que personalmente en este aspecto no tengo elementos de juicio propios.

Sí que voy encontrando diferencias globales progresivas en los últimos años. Hace siete que estoy en el mismo centro. Los tres primeros fui feliz, mis alumnos y alumnas me llevaban "con la lengua fuera", asimilaban todo en un pis pas y querían más. Me pedían acelerar la programación para dejar tiempo al final para aprender fuera de programa otras cosas que les interesaban, como por ejemplo diseño web. Los había que estaban estudiando simultáneamente alguna carrera universitaria, había un nivel bastante alto en cultura general, en ortografía y en matemáticas.

Hace poco estuve comprobando los exámenes que les ponía por entonces. Pensaba que si esos exámenes se los pusiera ahora, no podrían aprobarlos más de dos o tres de los treinta por clase que tengo. He tenido que ir bajando el nivel, casi inadvertidamente, a pesar de que el contenido es el mismo. ¿Son más tontos ahora? No, no es en absoluto un problema de inteligencia.

En las reuniones de los equipos educativos y de departamento, hay unanimidad: Cada vez llega el alumnado peor preparado y con menos interés. Y en los ciclos de grado medio parece que las diferencias son abismales con respecto a años anteriores. Hay otra diferencia tangible: la forma de comunicarse entre ellos mismos y con el profesorado, eliminación de frases y aumento de sonidos del tipo "Uhhh", "Tíoooo", "talamierdaaa". En sólo siete años las clases han aumentado los decibelios. Hacerle un comentario al de al lado durante la explicaciones del profe o la profa ha pasado de ser un susurro a ser un grito pelao, interrupciones permanentes en medio de las explicaciones. Estamos hablando de chicos y chicas que superan en su mayoría los 20 años.

Por ejemplo les digo: "Voy a explicaros algo importante que me va a llevar cinco minutos. Os pido que escuchéis con atención y sin interrumpir (acompañada por supuesto de proyector para demostración práctica) y al terminar aclararé cualquier duda que tengáis". Pues bien, abres la boca, dices las dos primeras frases y oyes un grito al final de la clase "¡¡¡POS YO NO LO ENTIENDOOOO!!!". Las otras caras se giran y miran al que no entiende: ¡que te calles, jo! ... Y vuelta a empezar desde el principio... Cuesta seguir un hilo argumental.

Nunca en los casi 30 años que llevo en la enseñanza he expulsado a nadie de clase. Querría jubilarme sin haberlo hecho, pero me temo que tendré que inaugurarme un año de estos, no por mí sino por respeto a quienes tienen un comportamiento y un interés normal, que por suerte los hay.

Leer y escribir

El libro es práctico, todo ejercicios. Pienso que en informática las cosas se aprenden haciéndolas y no estudiando una serie de teorías abstractas. Para cada ejercicio práctico guidado hay de vez en cuando tres líneas que explican qué icono tocar o qué operación hacer. TRES LÍNEAS literales. ¡Pues yo no lo entiendo! ¿Lo has leído? ¡Claro! Vale, voy. A ver, ¿puedes leerlo? ¡Pero si ya lo he leído cinco veces! Sí, pero ahora lo vas a leer para mí, una sola vez y en voz alta. Lo lee en voz alta, termina sus tres renglones y dice: ¡¡¡Ahhhhhhh, ahora lo entiendo!!! ¿Conclusión? -le pregunto. Pues... que no lo había leído bien. Pues eso.

Les cuesta infinitamente leer. Si en algún momento les doy un texto para analizar y éste tiene más de dos o tres párrafos, oyes el inevitable ¿Todo estooooooo?

Y escribir... otro problema. Alrededor del 90 por ciento solamente escribe para enviar mensajes a móviles o chatear. Este año, de sesenta no había ninguno con interés por leer un libro, el que fuese.

Así que en el primer examen que hice este curso, les expliqué que la ortografía es importantísima, máxime para ocupar un puesto de trabajo para el que se están preparando, como técnicos superiores en administración y finanzas, y que cuando me enviasen el examen por e-mail, tendrían que escribirme un pequeño texto de pocos renglones, hablando de la dificultad o facilidad del propio examen o dando cualquier otra opinión, pero haciéndo énfasis en que les iba a calificar la ortografía de ese e-mail...

Se esmeraron con toda su alma para poner acentos, haches, bes o uves... Lo excepcional era recibir -como mucho- un texto sin faltas de ortografía y sin acentos. Lo habitual era algo como esto (copio literalmente uno de esos e-mails correspondiente a chica de 22 años con bachillerato aprobado):

"Por ser el primer examen me e puesto bastante nerviosa que piensoi que es normal, y ademas que al final del examen no me a funcionado el CD pues mas nerviosa me he puesto.Tambien la teoria la he encontrado un poco complicada y la practica mas facil.
Un saludo."

Otro que nos envía una alumna a varios profes y compañeros suyos por navidad:

Bueno os deseo todo lo mejor en estas fiestas , que seais muy felices, que os lo paseis muy muy bien y que por supuesto os traigan muchas cosas los reyes magos que seguro que os aveis portado muy bien TODOSSSSSS......
Y bueno que espero que nos sigamos yevando asi de bien entre todos y k os estoy hechando mucho de menos¡¡¡¡¡¡Un beso¡¡¡¡

(Diré de paso que son personas estupendas y que ha habido muy buena relación durante todo el curso, pero que la tónica ortográfica, de interés y de cultura general ha seguido igual hasta fin de curso)

El copia-pega de Internet

A mi hija de quince, le piden día sí y día también trabajos del tipo "Todo lo que puedas averiguar sobre la independencia de Kosovo". La obligo a mirar en enciclopedias o buscar en Internet, y a leer y sacar una síntesis crítica de todo lo que ha leído. Copiar y pegar + tener una impresora, pueda dar lugar a trabajos muy largos e incluso interesantes, pero ¿qué han aprendido de algo que ni siquiera se han detenido a leer? Nosotras, nosotros profesionales podemos impedirlo, pero la mayoría ya están quemados, cansados de pasar un tercio de las clases mandando callar, aprobando lengua con muchas faltas de ortografía, aprobando Geografía a quienes (casos reales de mi centro con su ESO y su bachiller con notable) ubican Estados Unidos en Europa o consideran que Bruselas es un país, o que España tiene una división territorial formada por Galicia (tercio superior izquierdo del mapa), Cataluña (tercio superior derecho), Andalucía (tercio inferior) y en el Centro un punto que es Madrid.

¿Y por qué los aprueban en ESO y bachiller? Porque si no lo hacen, las correspondientes administraciones centrales o autonómicas se les echan encima, que no se puede permitir tanto fracaso escolar, que hay que equipararse con Europa, que si pitos que si flautas. Están tirando la toalla. Están cansados, están aprobando, pasan de regañar, de luchar, de exigir, porque nadie los acompaña, porque los padres se mosquean (con los profesores) si su nene suspende o repite. Los pluses de productividad se miden en función del número de aprobados, pues aprobemos.

No quiero caer en esa desidia. De momento me importa un rábano lo que me diga la Administración. O nos ponemos las pilas, madres, padres y profesores, o esto pinta feo.

El breve análisis ha salido largo

El viejo y olvidado San Juan de por aquí


Coincidente con el solsticio de verano, San Juan es una de las fiestas mágicas más extendidas por todo el mundo, y en cada rincón tiene sus peculiares hechizos, sortilegios, supersticiones, rituales y festejos.

Desde hace días quería tener listas para esta noche fotografías que ilustrasen mis palabras, pero no he tenido tiempo de preparar nada. Hace veinte horas que me desperté, he tenido una reunión de cinco y he hecho unos 1.000 kilómetros en coche. Acabo de aparcar mi cuerpo -y lo que queda de mi mente- en este silencio casero. Cansada pero siempre amante de la noche, heme aquí.

Hablo de prácticas que se olvidaron hace muchos años, ya por los 70. No había una fiesta popular de San Juan propiamente dicha en toda la comarca. La celebración, los rituales, las mágicas interpretaciones, se quedaban en la esfera privada de un pequeño grupo familiar o de amigas (casi siempre era cosa de mujeres o chicas muy jóvenes, pero también algunas personas adultas).

A las doce de la noche quien tenía escopetas de caza disparaba los cartuchos que se habían rellenado con trocitos muy pequeños de papel, sal y pólvora. Estaba permitido que niños y niñas apretasen el gatillo (era un gustazo inmenso). El disparo hacía que la sal y los papelitos se incendiasen en el aire, muy, muy alto, como fuegos artificiales. A esa misma hora se preparaban también los sortilegios. Desde las doce y hasta la salida del sol se producían todos los milagros. Al amanecer se verificaban y se interpretaban. Todo estaba relacionado con el amor y con la muerte, y en algún caso se quedaba en algún misterio sin resolver ni asociar con nada en concreto.

El huevo

Exactamente a las doce de la noche se llenaba un vaso de cristal transparente con agua, casi hasta arriba. Se partía un huevo y se echaba el contenido –con cuidado de que no se rompiese la yema- dentro del vaso de agua. Se dejaba el vaso con su contenido al sereno (esto es al aire libre, por ejemplo en un balcón, el alféizar de una ventana abierta o un patio) y luego a dormir y esperar a que la noche hiciese su magia. Había que despertarse un poco antes de la salida del sol y no mirar el vaso hasta el momento exacto en que el sol apareciese en el horizonte. Entonces ¡oh maravilla! la yema del huevo se había cubierto de una capa blanca y de ella subía hasta el borde del vaso una suerte de telaraña con formas curiosas rematadas con bolitas de aire. Enseguida se reunían varias amigas, cada una con su vaso y sus figuras y se procedía a la interpretación. Se veía lo que se quería ver: un velo de novia, una montaña nevada, el dosel de la cuna de un bebé… Era “lo que te iba a pasar a lo largo de ese año”.

La cabeza sin sombra

Había que levantarse antes del alba y acercarse hasta un nacimiento de agua. Zambullías tu cabeza o la ponías bajo el chorro de agua pocos minutos antes de la salida del sol. Entonces salía el sol, te ponías de espaldas a él y mirabas tu sombra. Si tu sombra tenía cabeza, era motivo de felicidad porque ese año no te ibas a morir. Imaginad lo que te esperaba si la sombra de tu cuerpo aparecía sin cabeza…

Las agujas en el agua

También se hacía con un vaso de agua en cuyo fondo se ponían, paralelas y separadas dos agujas. El vaso con su contenido se colocaba al sereno. A la salida del sol, sin tocar el vaso, mirabas su fondo. Si las agujas estaban juntas significaba que en ese año conseguirías el amor de la persona en la que pensaste al poner las agujas la noche anterior.

Los cardos quemados

También estaba relacionada con el amor. Se recogían unos cardos en el campo. En el patio o en la calle se quemaban, a las doce de la noche, hasta que quedaban carbonizados (pero no convertidos en cenizas). Luego se lanzaban al tejado y te ibas a dormir. Al alba había que subir al tejado (no siempre era muy difícil) y ver cómo estaban esos cardos quemados. Si habían retoñado (al menso en parte tenían que estar verdes) era señal de que ese año, él o ella se rendiría a tus pies.

Recuerdo algunos más, pero mis párpados se han puesto en huelga.

Cualquiera que sea la forma de celebrar el solsticio de verano en vuestra ciudad, vuestro pueblo o vuestra casa, cualquiera que sea la manera como entendáis la magia ¡disfrutadla!.

Ah, y a los monstruos que disfrutan la fiesta torturando con dardos a un toro, que por lo menos les pongan un buen par de cuernos este año.

21 junio 2009

Fotografías de la memoria, relatividad y vida eterna


He sentido curiosidad desde muy pequeña por el tiempo, ese que se mide con las agujas del reloj y entre otras excentricidades me gustaba memorizar momentos, como si se tratara de fotografías.

Con tres años tomé una de esas fotografías. Era verano, por la tarde, en esa hora en que ya se podía salir a la calle. Vivíamos en el campo. Estaba jugando en el patio y mi madre salió de casa con un vestido fresco. Llevaba un trozo pequeño de pan y, encima, una rodajita de morcilla. Me dijo que íbamos a dar un paseo y me dio a probar el pan con morcilla. Click! Tomé la foto en ese momento. Pensé que cuando fuese tan mayor como mi madre recordaría que una vez fui pequeña y que mi madre me dio a probar pan con morcilla en el patio de casa.

Otra de esas veces ya tenía doce años, también era verano y vivíamos en el pueblo. Varias vecinas se habían sentado a la puerta de mi casa a la hora de tomar el fresco. Los días comenzaban a acortarse. Me preparé para tomar otra de esas fotografías. Esperé para elegir el momento. Tere estaba sentada en una silla y su bebé de tres meses en un carrito a su lado. Entonces Tere dijo: “Ya mismo es de noche otra vez”. Click!

“Ya mismo es de noche otra vez”… y pasaron muchas tardes, llegaron muchas noches y hoy veo la escena con la misma nitidez de entonces, los colores igual de vivos, la misma brisa y el mismo olor a tortilla de patatas en el aire.

No tenían nada de particular esos momentos, pero los quería conservar en la memoria por algún motivo que no sé muy bien cuál es, que el tiempo transcurre, que las cosas sencillas e intranscendentes son hermosas y dignas de ser recordadas, que cualquier momento es único y no se volverá a repetir…

Tengo muchas de esas fotografías intangibles. No se pierden ni se deterioran, no se modifican los colores, tienen sonidos y olores. Es una manera de viajar hacia atrás en el tiempo, más real que las fotografías en papel, las digitales o los vídeos. La única desventaja es que se pueden describir pero no compartir por completo.

Cuando conocí la teoría de la relatividad de Einstein me interesó. Encajaba con mi curiosidad por el tic tac de los tiempos.

Si la teoría de la relatividad está científicamente demostrada aunque sea de momento imposible demostrarla de manera empírica, eso quiere decir que ahora mismo miles o millones de momentos de mi vida están sucediendo simultáneamente en dimensiones paralelas distintas al momento presente. En alguna de esas franjas está mi madre -ahora- dándome a probar un bocado de pan con morcilla, en otra está Tere diciendo que ya mismo es de noche, en otra –avanzando hacia el futuro- habrá momentos que aún no he vivido en mi franja actual, pero que estaré viviendo ahora mismo en una franja futura.

En cada vida hay un principio y un final. No se podrá retroceder ni avanzar en esos viajes por nuestra propia vida más que en ese intervalo de tiempo desde que existimos hasta que dejamos de existir, pero esa abstracción de las franjas vitales simultáneas da una sensación de inmortalidad. Esa es la única vida eterna en la que puedo –levemente- creer.

20 junio 2009

Lamparín y otros cuentos

Leía hoy a Farala y las Faraleces de su Faralaez y empecé a acordarme de esas anécdotas infantiles que son tan divertidas. Juntando a mis dos niñas habría podido contar cientos o miles de cosas si lo hubiera hecho en su momento. Ahora ya quedan sólo unas cuantas en la memoria.

La Mayita, fue mi hija con tres añitos. Entre que en Guatemala tienen muchos vocablos aquí desconocidos y que ella hablaba con su media lengua, al principio la comunicación era un galimatías, como cuando me hablaba de las "chiches" (tetas) o de la "pulga" (de las nenas) o el "palo" (de los nenes). O cuando en casa quería "clapeal". Joé, ¿qué será clapeal? Y ella ¡clapeaaaaaal!, y venía con la fregona en la mano.... Andaaa, "trapear" (fregar el suelo).

Y me hablaba de usted, como hace allí todo el mundo. Un día la llevé al parque y quiso subirse al "resbaladero" (tobogán). Desde allí arriba me dice: "Súbase conmigo, mamá". Le contesto que yo no, yo no. Se me queda mirando y me salta con "Claro, es que usted está muy mayol". (¡¡¡No que soy, sino que estoy!!!).

Se ve que allí en aquel hogar infantil donde pasó sus tres primeros años les habían enseñado que se tiene una mamá y un papá, porque cuando ya estuvo aquí se encontró con dos mamás. El papá inexistente. Era un bochorno llevarla por la calle. Hombre que encontraba, hombre que trincaba de la mano y me traía diciendo: "¡Mire, mamá, encontré un papá!". (La cara que se le quedaba al de turno).

Entre todas las anécdotas está la de Lamparín.

Alguna vez en las revistas había anuncios de películas o libros de Disney y venía corriendo, me enseñaba el anuncio

- "Yo quiero ver Lamparín".

Pienso Lamparín = Lámpara = Aladín = Aladino... Le compro un cuento de Aladino y su lámpara maravillosa. Lo hojea, le encanta, sonríe...

- "Ya, pero mami, yo quiero ver Lamparín".

Deducción: lo que quiere ver es la película. Le compro la peli. La ve feliz. Termina y me dice que es muy bonita pero que ella quiere ver Lamparín.

No comprendo. Tiro la toalla. Hasta que un día viendo la tele anuncian DISNEYLAND PARÍS.

- Mire, mamá, mireeeeeee... eso es lo que quiero ver ¡LAMPARÍN!.

18 junio 2009

El amor y el ADN

Ayer por la tarde, como otras muchas veces, tenía encendida la televisión como fondo mientras hacía cosas en el ordenador. En ese momento había un programa al que no le estaba haciendo ningún caso hasta que algo llamó mi atención.

Apareció un hombre maduro que había venido desde no sé qué país de Sudamérica para buscar a su hija. Luego, una entrevista con la supuesta hija de ese hombre, que se había traslado hacía años a España.

Creí que era uno de esos programas en que encuentran a alguien desaparecido y lo ponen en contacto con otra persona que lo busca. Pero esta vez ninguno de los dos se había perdido, solamente vinieron para que les hicieran las pruebas de paternidad y saber si eran padre e hija biológicos. Creo recordar que ambos habían creído serlo durante muchos años y que habían convivido como tal hasta que alguien dijo que no era cierto.

Entonces dejé lo que estaba haciendo y me dediqué a mirarlos. No se trataba de herencias ni intereses materiales. Vi que de verdad se querían los dos como padre e hija. Le dicen a la chica que van a realizar las pruebas de ADN ese mismo día y le preguntan qué desea que salga. Ella, visiblemente emocionada, responde que quiere que sea su padre biológico porque el que le dicen que lo es la ha tratado siempre mal, a ella y a su madre. Y yo me pregunto qué importancia tienen los genes a esas alturas.

Alguna vez he leído noticias de cambio de bebés en hospitales, que luego han crecido en el seno de sus familias no biológicas durante años y años. Entonces me he preguntado qué pasaría si descubriese que ese mismo error se hubiera producido con mi hija mayor. No voy a negar que supondría una conmoción (por el error, por el “qué habría pasado si…”), pero tampoco voy a negar que a la que quiero es a ella y no a otra joven desconocida que ahora me presentasen como hija biológica. No podría variar mis afectos en función de un ADN. No la cambiaría por nada ni por nadie, absolutamente NO.

Los lazos de sangre siguen teniendo una fuerza social increíble. Cuando quise adoptar a mi hija pequeña algunas personas me decían que no la podría querer igual que a la otra, otras admiraban mi “obra de caridad”. La de tonterías que pude llegar a oír. Entre medias alguna persona que otra aseguraba que la fuerza del cariño no se mide por el ADN. Eso ya lo sabía yo y lo ratifico ahora, trece años después. Las empecé a querer de maneras diferentes, pero las terminé queriendo de la misma forma.

Hace doce años

Algunas cosas cambiaron con los años

Cuando empecé a trabajar en la enseñanza tenía veintiún años, la misma edad promedio que tenía mi alumnado. Eran las clases nocturnas de un politécnico, a las que acudían mayormente quienes trabajaban durante el día y quería obtener un título oficial.

Ahora tengo cincuenta. Este curso el intervalo de edad de mis chicos y chicas va de los dieciocho a los cincuenta, estando la media en veintiuno o veintidós, como en aquel tiempo. No puedo decir “parece que fue ayer”. Aquella época me queda lejos en tantas cosas…

He ido haciéndome mayor, pero ellos y ellas permanecen estables. Nos fueron alejando un año, dos, quince, veintinueve… No pasa lo mismo en otros trabajos, ni con la familia o las amistades.

Al principio eran de la edad de mis amigos, luego de la edad de una hija temprana, y dentro de poco –porque para quien no lo sepa el tiempo va en aceleración continua a medida que pasan los años- serán de la edad de mis nietos. Estar a su lado a lo largo de todos estos años me ha permitido mantener el contacto con aquella edad y así tomarla como punto de referencia.

Desde esta altura –no de estatura ni de importancia, sino de edad- puedo trazar una gráfica evolutiva de ellos y de mí. Ellos no han crecido pero han evolucionado –son distintos, unos para bien, en otros se ha producido más bien una involución-. Yo he crecido pero he evolucionado menos en ciertas cosas, como en carácter, valores y gustos. En otras, ni siquiera me reconozco en aquella chavala de 21 años.

Desde que comencé a escribir en mi primer blog he ido descubriendo otros, y los sigo descubriendo día a día. No necesito mirar el perfil de las usuarias (leo principalmente a mujeres) para calcular sus edades con poco margen de error en igualdad de condiciones lingüísticas. Quiero decir que es fácil valorar una edad cuando un blog está escrito en lenguaje de móvil mezclado con faltas de ortografía (ésa es una de las involuciones de algunas personas jóvenes a las que me refería antes). Pero suelo reconocer la edad aproximada aún en personas adolescentes, jóvenes o maduras que escriben en castellano medianamente correcto.

No me baso en un análisis científico. Es más bien una sensación instantánea e inconsciente. Entonces encuentro esas distancias o paralelismos que marca la edad. Reconozco a la veinteañera que fui en las chicas de veinte, o cuarentañera (eso me lo enseñó mam) en las cuarentañeras. Reconozco mi ahora en otras mujeres de mi edad. No es cuestión de valores o principios sino de expectativas, reacciones, deseos y afectos.

¿Qué es más saludable: esperar, reaccionar, desear o amar como una mujer de cincuenta o como una de veinte? Todo es saludable, porque no se podrá esperar, reaccionar, desear o amar como una mujer de cincuenta sin haber pasado antes por las expectativas, reacciones, deseos y afectos de los veinte, treinta y cuarenta.



Hace unos días aludí a una novia intensa y efímera que tuve. Con veinte, treinta e incluso cuarenta-y-algo estuve segura de que siempre iba a buscar emociones intensas (aún con el riesgo de efímeras), relaciones de esas que te vuelven del revés como si fueras un calcetín, de noches y días en vela o a duermevela, de pasión por sorprender, por ser sorprendida, por aprenderlo todo, ensayarlo todo… en unos cuantos días, como si después el mundo se fuese a terminar.

Jugaba con las igualdades imaginarias pasión=ruido y amor=nueces y me decía a mí misma: Mejor mucho ruido y muchas nueces, pero si no queda más remedio que elegir un poco y un mucho, prefiero mucho ruido y pocas nueces. Hoy día, obligada a elegir el poco y el mucho, cambiaría los términos. O si no, nada, porque cuando la soledad se aprende es tan placentera como la más placentera de las compañías. Es una de las ventajas de tener cincuenta: que has tenido más tiempo y oportunidades para aprender de compañías, parejas, amores, pasiones, soledades y renuncias.

Igual que antes fueron la velocidad vital, la emoción fuerte, el movimiento y el riesgo, ahora es tiempo de degustar despacio y sin prisas. En los lados el placer es igual de intenso, pero tiene compensaciones diferentes.


Porque sé que alguien podría pensar que generalizo, no lo hago. Sé que hay mujeres que habrán llegado a este mismo momento mío con mucha menor edad, al igual que las hay que siempre seguirán teniendo veinte. No creo que sean mayoría ni unas ni otras.

16 junio 2009

15 minutos de gloria para nuestra pequeña maya

¡Por fin!

He buscado un ratito para averiguar cómo pasar los vídeos de la cámara al ordenador.

Hoy la peque ha tenido sus minutos de gloria actuando entre un público tan agradecido como el constituido por papis, mamis y demás familia. La chiquita lleva las ganas de bailar en los genes, pero nunca la matriculé en clases de baile hasta este año, en enero. Un par de horas semanales de clase y ya está haciendo sus primeros pinitos.

Algunas instantáneas durante la actuación (primera imagen cortada: la parte inferior está llena de cabezas, trípodes y cámaras). No es tan seria. Estaba nerviosa y sudaba. ¡Qué calor hoy, qué calor!




En casa, sin ruido y sin cabezas interpuestas, hemos tenido el honor de ser sus únicas espectadoras. Aquí un trocito de su actuación en privado.


video


Un beso para todas las lectoras y el lector

14 junio 2009

Cortos viajes al pasado. Mitos, realidades y supersticiones


Desde hace un par de años disfruto de forma muy especial los encuentros con mis padres y siento que a ellos les ocurre lo mismo. En mi caso es un preludio de añoranza para cuando no estén.

Ayer por la tarde fui a verlos. Como siempre pasa, se volcaron en mi presencia. Me dieron a elegir entre salir a tomar algo o cenar en casa. Preferí la casa. No había nada preparado para la cena, eso dijo mi madre, pero en un minuto la mesa estaba llena de platos que ya estaban listos en el frigorífico: remojón de naranja, gazpacho, embutidos y queso, además de un plato de jamón que cortó mi padre mientras poníamos la mesa y varias clases de fruta.

"¡Come, hija!", "¿Quieres una cerveza?, ¿vino?", "¿Te corto un poco más de jamón?", "Has comido poco, ¿te hago una tortilla?"... (¿Me verán flaca?)

Mientra cenamos y durante la sobremesa no paramos de charlar. Se junta cada vez mi curiosidad por saber y sus deseos de contarme. Un repaso por personas y situaciones de mi infancia o anteriores incluso.

Le pregunté a mi madre si era verdad un recuerdo remoto que yo tenía, de que a mi abuela -su madre- tuvieron que ponerle tierra en los pies para que muriese, después de una agonía interminable. ¡Sí! -me dijo. Sabían que se estaba muriendo, con sólo 53 años, pero sufría, quería morirse y no podía. La hermana mayor de mi madre recordó que mi abuela era devota de la Virgen del Carmen. La tradición decía que esos devotos no podían morir hasta que tuviesen tierra en los pies. Así que uno de mis tíos bajó, cogió unos puñados de tierra y los puso en el suelo junto a la cama. Una tía mía incorporó a mi abuela, la sentó en el borde de la cama y la hizo apoyar los pies sobre la tierra. Entonces su rostro se alivió y murió en brazos de mi tía.

No se sabe de qué murió, aunque todo indica que fue por la estupidez de unos cálculos en la vesícula, en un tiempo (julio de 1958) en que solamente se operaba a los ricos. A los pobres se les recetaba morfina.

Fui recordando a otras personas lejanas, primos de mi padre, primos míos, que eran algo mayores que yo y que no veo desde mi infancia. Quedaron congelados en mi memoria con sus edades de 15 o 16 años. Me cuesta imaginar que ahora están prejubilados y tienen nietos.

Y en aquel ir y venir por personas, pensé también en otros mitos cercanos a la muerte. Aquello de que quien va a morir ve a otras personas ya fallecidas. Recordaba que algo de eso se comentaba cuando era pequeña, referido a mi abuela materna, pero no estaba segura. Me lo recordó anoche mi madre.

Mi abuela nunca perdió la cordura ni la consciencia hasta el momento de morir. Un par de días antes de su muerte, durante la calma de la morfina, llamó a su marido -mi abuelo- y le dijo serenamente: "¿Sabes quién ha estado aquí? María Páez, de La Losilla". La Losilla era un cortijo cercano a donde ellos habían vivido. María Páez había mantenido una buena amistad con mi abuela y había muerto años antes.

Entonces mi padre me contó lo de mi abuelo paterno, una muerte que yo recuerdo porque ya era adulta. Mis padres tenían que ir a llevarme algo a mi casa, pero antes pasaron a ver al abuelo que andaba algo tristón, decaído y sin fuerzas, pero no como para morirse. Estaba sentado en una mecedora pero quería acostarse. Mi padre lo ayudó a meterse en la cama, se mostró aliviado y se puso a mirar al techo y a saludar con una mano, sonriendo. Mi padre le preguntó: "¿A quién saluda, papá?". "A mi padre y a mi hermano" -contestó mi abuelo. Mis padres salieron hacia mi casa, con idea de volver de inmediato porque mi abuelo había visto muertos. Murió una hora después, mientras aún estaban en casa conmigo.

Ahora estaba acordándome de una amiga con la que hablaba no hace mucho de estas cosas. Al menos aquí -superstición o realidad- eso de que si estás a punto de palmarlas y ves a alguien muerto es la confirmación de que no te quedan dos telediarios, es una cosa de andar por casa. Todo el mundo tiene alguna anécdota para contar.

Esta amiga mía me decía que qué miedo, que no quiere ver a nadie muerto. "Son dos sustos, uno el de ver a un muerto y el otro el de que tú vas a ir detrás". Le digo: "No mujer, de los casos que conozco ningun futuro muerto ha puesto cara de miedo o de preocupación cuando le ha pasado, sino más bien de alegría o simpatía. Ten en cuenta que vienen a acompañarte para pasar al otro lado y que no vayas sola". Y ella me contesta: "Pues yo no quiero que me esperen ni que me acompañen. Ya me las apañaré sola y que luego me busquen por allí".

13 junio 2009

Turismo lésbico reproductivo

Cada día más en todo el mundo se asume una normalidad que ha sido negada durante siglos a lesbianas y gays, una comunidad mundial para la que han existido únicamente obligaciones -sociales, legales, tributarias, laborales, familiares- y muy pocos derechos reconocidos social o legalmente.

Las leyes de numerosos países están contribuyendo a otorgar los derechos antes inexistentes para la comunidad gay-lésbica y aumentan los países en los que se reconoce legalmente a la familia formada por personas del mismo sexo junto con sus hijos e hijas, biológicos o adoptados.

Las empresas turísticas y hosteleras hace varios años que se han dado cuenta de que estas personas -en solitario, en pareja o en familia- mueven dinero y demandan un turismo de calidad: cultural, de aventura o de placer.

Tras el reconocimiento legal en nuestro país de la maternidad de lesbianas mediante donación de óvulos de una a otra o mediante la adopción de ovocitos, la empresa turística Rainbow Tourism ofrece un paquete turístico que comprende hotel y asistencia médica para la reproducción asistida a lesbianas. La oferta consiste en el alojamiento en un hotel de lujo a pie de playa en Alicante y su provincia, y el tratamiento de fertilidad y reproductivo en cualquiera de las clínicas del Instituto Bernabeu.

El paquete va dirigido especialmente a mujeres de Alemania, Italia, Inglaterra, Suiza y Austria, países en los que las leyes en este campo son mucho más restrictivas que en España.

Los precios son variables, en función de las técnicas reproductivas que sean necesarias, que van desde los 1.000 euros para la inseminación artificial hasta los 7.500 de una ovodonación con semen, unos precios muy inferiores, según fuentes del Instituto Bernabeu, a los que existen en otros lugares de Europa y sobre todo de Estados Unidos.

Fuente: Cariátides

El último empujón

Como si de un parto se tratara, llega el último empujón con final feliz: ¡vacaciones!

Queda escribir las últimas actas, dar las últimas clases de recuperación, preparar cinco exámenes distintos, corregir veintitantos, las sesiones de evaluación, atender las posibles reclamaciones, rellenar informes individuales, colectivos y otros, hacer memorias, esbozo de horarios para el próximo curso, reuniones de departamento y claustro.

A la par hay que terminar de preparar la parte viajera de las vacaciones: planificar la atención en nuestra ausencia de casa, plantas y animales, renovar algún pasaporte, gestionar lo del permiso internacional de conducir, ropa, libros, cámara, portátil, medicinas, cargadores, documentos, maletas, despedidas...

Intensa quincena.

Después de un descanso "obligado" de varios años, vuelve el largo viaje de aventura y descubrimiento. Estoy que no me lo creo.

11 junio 2009

El misterioso atractivo de un faro

¿Nadie ha soñado alguna vez con pasar una noche en un faro?

Hace veintiún años tuve una novia intensa y efímera que quería que nos escapáramos del mundo y nos fuéramos a vivir a un faro. Sabía que me gustaban el mar, el silencio y la noche. Aunque nunca hasta entonces se me había ocurrido vivir o pernoctar en el interior de un faro, la idea me pareció tan atrayente que no la he olvidado desde entonces.

Mi cabeza en las nubes me decía sí, pero ganaron mis pies sobre la tierra. Ni siquiera tuve en consideración la propuesta ni me planteé qué requisitos había que cumplir para ser farera o huésped de farero, pero cuántas veces he imaginado estar rodeada de mar, viéndolo, escuchándolo y oliéndolo desde una estancia maciza de piedra de faro, con ventana o ventanuco, escribiendo, pensando, soñando o sin hacer nada más que estar, protegida por la piedra y hasta por el mar, por el que siento a la vez respeto, miedo y atracción.

Veintiún años después, en el mismo mes de aquel año, sin siquiera haberlo buscado jamás, estaré en un faro durante varias noches y varios días. Nunca le había contado a nadie ese sueño, ni siquiera a mi chica. Pero, como siempre, ella parece adivinar cualquier cosa que esconda mi cerebro. Habrá encontrado el viejo sueño y está a punto de hacerlo realidad.

08 junio 2009

Women in Art

El montaje de vídeo Women in Art fue realizado por Philip Scott Johnson (Eggman913) en 2007 en Missouri y recorre la historia del Arte a través de los rostros de la mujer.

La música es de Bach: Suite para violoncello nº 1, interpretada por Yo-Yo Ma.

El vídeo es una obra de arte digital que juega con la metamorfosis de todos los rostros de mujer que en ella aparecen.

No hay un centro claro del morphing, aunque la mirada se dirige con inquietud, serenidad u otras emociones (depende de quien lo mire) hacia esos ojos bajos, ausentes, directos, esquivos, temerosos o alegres de todas esas mujeres retratadas en distintos momentos de la historia.


07 junio 2009

Leyes, mujeres y sentencias

Un tema sobre el que he querido escribir hace tiempo, y que me resultará difícil meter en un solo post sin hacerlo tremendamente largo.

En estos días se ha escrito en varios medios sobre la sentencia que da la custodia de una niña a su padre y se la quita a la madre. No es porque sea una mala madre o una delincuente, ni porque la niña esté desatendida. Es porque la madre se separó del marido en Canarias, perdió su trabajo y se trasladó a Bujalance (Córdoba), tierra de su familia, con su hija (de 8 o 10 años según distintos medios), habiendo preguntado previamente a un juez si eso era posible y habiendo recibido el sí. Por no contar el caso entero dejo uno de los enlaces, del diario de Córdoba.

Por ser ecuánime he de decir que, salvo que haya detalles que desconozco, no me parece del todo apropiado que la madre aleje a la niña de su padre. Pero amén de esto, y en el peor de los casos de que ella haya transgredido alguna ley o algún principio ético, no me parece en absoluto apropiada la sentencia del juez de Guimar que castiga a la madre quitándole la custodia. Es una aberración.

Si lo que pretende el juez es castigar a la madre, flaco favor le está haciendo a la niña, que si en principio se ha visto separada de su padre, ahora se verá separada de su madre por sentencia judicial y de manera traumática, porque ambas -madre e hija- se han acuartelado en su domicilio para evitar que se lleven a la niña. La niña ha expresado que no quiere marcharse a vivir con su padre y la pareja de éste. ¿Qué más datos necesita el juez? ¿No se le podía haber ocurrido "castigar" a la madre de una manera que no perjudicase a la niña? No hace falta ser juez para saber que existen otras alternativas, legales y no traumáticas para la menor.

Muchos jueces no saben hacer su trabajo. El juez ha de ser imparcial y aplicar las leyes en vigor. Sin embargo tenemos jueces como Calamita, Serrano y algún otro por ahí que aplican antes que nada sus principios de "objeción de conciencia". Nada más que por hablar de esto deberían ser expulsados de la judicatura. No es misión de los jueces objetar según sus conciencias. Si las leyes en vigor no satisfacen su moral, que dejen de ser jueces y se dediquen a hacer política o apostolado, pero no a dictar sentencias en función de sus principios morales.

Como no quiero mezclar varios temas en éste, solamente hago esta reflexión y agrego que en cuestión de custodia de menores se están cometiendo auténticas barbaridades judiciales y legislativas. Una de ellas es la custodia compartida que ya se ha legalizado como opción estándar en alguna comunidad autónoma y parece que el criterio es continuar extendiéndola a todo el país. Es una BARBARIDAD, convertir a niños en maletas ambulantes sin domicilio, sin espacio propio. Engaña quien dice que el niño o la niña tendrán dos espacios propios. Eso es una mentira. Lo peor es que por castigar a las madres, que hasta ahora obtenían casi siempre la custodia, se han hecho unos arreglos que dañan a los niños y las niñas menores, con el beneplácito de los papás y ahora de las propias leyes. Se están transgrediendo todas las máximas de la psicología que demuestran que la separación entre un niño y su madre (biológica) es progresiva en lo que respecta a la necesidad afectiva, y suele prolongarse hasta la adolescencia, poco más o poco menos. Como está demostrado que un bebé, un niño o una niña en la primera infancia están afectivamente más cerca de su madre (biológica o no) que de su padre (biológico o no).

A pesar de todo y por fortuna el síndrome de abandono de la madre puede "repararse" con tiempo y paciencia, pero no es justo, natural ni lógico propiciarlo con sentencias y leyes absurdas.