29 junio 2009

El orgullo de pelear por el Derecho a la Dignidad

(Maikix, te tomo prestada la idea del Derecho a la Dignidad)

Nunca he ido a la celebración del famoso día del Orgullo Gay. Cuando empezó a celebrarse no me gustaba:

  • Que se llamase del orgullo "gay". Recuerdo aquellas primeras cabalgatas que veía en la tele, abarrotadas de hombres gays en plan macho-man o drag queen y detrás, como segundonas, cuatro lesbianas mal contadas, cuando las había.


  • Que se pretendiese dar una imagen de normalidad a través de una fiesta que me parecía esperpéntica. Los comentarios de la gente eran para pensar: eso es lo que reivindican, las bacanales, la procacidad, la orgía, el desenfreno, el exhibicionismo... y eso conllevaba la irresponsabilidad social, laboral, familiar... Yo sabía que detrás de aquella pantomima estaban hombres que trabajaban igual que otros hombres, vestían como otros hombres, se enamoraban como otros hombres, y me preguntaba por qué querían dar esa imagen distorsionada de sí mismos.

Al poco empezaron a unirse a la fiesta las lesbianas, mimetizando el estilo que los gays habían instaurado (me choca que las mujeres siempre acabemos imitando a los hombres, da igual que sean heteros que homos. En cierto modo lo considero una claudicación en nombre de la igualdad -¡que se igualen a nosotras si acaso!- y me rebelo). Era una fiesta de disfraces. Todo el mundo -ellas y ellos- actuando y con disfraz, a la manera como los gays habían ideado la visibilización.

Yo pensaba en otras maneras de hacerse visible. Yo ejercía otras maneras de hacerse visible. Eran otros tiempos y creo que el respeto -el poco o el mucho que hemos conseguido hoy día- no se ha debido a las fiestas del orgullo gay, sino a lo que hemos hecho en nuestro entorno miles de hombres y de mujeres, día a día, enfrentándonos a una sociedad que durante toda la historia nos miraba y nos hacía ver como esperpentos, como enfermos, como perversos. Demostrando que somos iguales y diferentes, como cualquier ser humano es igual o diferente a otro. Que no nos merma ni nos agrega nada nuevo el que amemos a una mujer, a un hombre, que nos gusten los calvos, las gordas, las rubias, los morenos... Que amar y hacer el amor entra en la esfera más privada de cada ser humano y que no daña ni en superficie ni en profundidad a otras personas con otros deseos y otras maneras de amar, ni a la sociedad en su conjunto. (No olvido que las batallas por la normalización y la visibilización se ganaron y se seguirán ganando no sólo por el esfuerzo individual sino porque además hemos tenido la capacidad de organizarnos y asociarnos para que se nos vea y se nos oiga con una voz más fuerte).

Fui la primera divorciada en mi pueblo natal y eso ya era noticia que corría de boca en boca. Para colmo el notición era que había dejado a mi marido porque me había enamorado de una mujer y que "tuve la cara dura y la desfachatez" de no esconderme ni de esconderla, ni en la familia, ni en el vecindario, ni entre mis amigos ni en mi trabajo, y que nos pusimos a vivir juntas en la misma casa que antes había compartido con mi marido (la que me tocó en el reparto). Y de eso hace más de 20 años.

Sí, si he de hablar de orgullo no diré que estaba orgullosa -ni avergonzada- de ser lesbiana, como no estuve orgullosa -ni avergonzada- antes de no serlo (o de no saberlo), pero sí me sentía orgullosa de estar en la avanzadilla que reivindicaba su normalidad con demostración práctica. Con toda la familia en contra, con los amigos missing como por arte de magia, con alguna que otra zancadilla donde menos la esperaba, denunciada en un juzgado para privarme de la custodia de mi hija por mis "perversiones lésbicas", pero con el espíritu de lucha y reivindicación por todo lo alto (con el apoyo de mi pareja, que ya había pasado por ahí antes que yo).

Cuando ella vino a vivir a casa, las puertas de los vecinos empezaron a cerrarse. La que venía siempre a pedirme algo que le faltaba para la comida, dejó de pedirme, dejó de saludarme. Ya ninguna vecina entraba en mi casa (pensarían que de pronto me habría vuelto una violadora de mujeres por lo menos). Cuando pasaba delante de un grupo de vecinos, miraba con el rabillo del ojo cómo me miraban y murmuraban.

Pero pensé: "Todo esto pasará". Tardó en normalizarse la cosa unos dos años, cuando se dieron cuenta de que mi casa era un hogar como otros hogares, que no se había convertido en Sodoma y Gomorra por arte de birlibirloque, que aquélla que habían conocido durante años era la misma persona con otra pareja y punto. Luego veía aquellas fiestas del orgullo gay que retransmitía la televisión y me daba la impresión de que todo el terreno ganado por una parte se iba al traste por la otra.

Desde que la visión de la sociedad empezó a cambiar, cuando empezó a entenderse la vida de una lesbiana como una vida normal, cuando la ley avaló esa normalidad igualando derechos, cuando en aquellas fiestas las mujeres empezaron a ser casi tan numerosas como los hombres, cuando se empezaron a crear eslóganes anuales que reclamaban derechos, entonces vi esa fiesta de otra forma.


A pesar de que ahora es otra cosa, aún no he ido a ninguna de esas fiestas. Porque he estado de viaje, porque la fiesta me quedaba lejos, porque no me apetecía o porque no me atren las aglomeraciones. Pero fuera de la fiesta sigo celebrando los derechos adquiridos y reivindicando los que todavía no llegaron. Y pienso (optimista de mí a pesar de lo que veo por el mundo) que un día creeré que ha dejado de tener sentido esa celebración-reivindicación. Ahora creo solamente que habría que cambiarle el nombre.

12 comentarios:

  1. A todo el mundo le da miedo la diferencia, hasta que pasado el tiempo comprueba que no es peligrosa. Supongo que es instinto de supervivencia.
    Otra cosa es que se acepte y respete esa diferencia.

    ResponderEliminar
  2. Me alegro de que vivas con una normalidad aplastante, que es como querría vivir yo también.

    ResponderEliminar
  3. Creo como tú que la fiesta del orgullo gay más que sumar, resta, se debería de hacer con los parámetros de dignada y seriedad que se exigen para las personas homosexuales, con la seriedad con que se lucha por eso derechos que se les ha negado de manera tan injusta durante tanto tiempo.
    No es necesario puyar a la bestia para que se enoje, soy mas de actuar con tranquilidad y con la seguridad de que lo que pido es justo.
    Un abrazo y mi admiración para ti por enfrentarte a una sociedad retrograda cuando esto realmente era una bomba!
    Un beso y que la estés pasando bien en Venecia!

    ResponderEliminar
  4. Te entiendo y estoy de acuerdo contigo, Cande, en casi todo.
    100% de acuerdo en que ha habido y sigue habiendo mucho protagonismo masculino en las manis del orgullo, aunque mira... eso también refleja, por desgracia, a la sociedad tal y como es.
    Parcialmente de acuerdo en que la imagen del colectivo puede no quedar bien parada ante un amplio sector de la sociedad, que quizá nos apoyaría más y mejor sin tanto disfraz, culos y tetas. Sin embargo... ¿acaso las marujas iletradas y rancios albañiles jubilados que echan pestes de las manis del orgullo a base de "Si Franco levantara cabeza..." son una imagen halagüeña y representativa de nuestra sociedad?
    Y de nuevo casi 100% de acuerdo en lo del día a día: la lucha no está en las calles sino en casa. Sólo que las manis también son necesarias... por desgracia es lo que hace que la prensa se active y los políticos de paso. Además de tocarse los huevos... hacen leyes de vez en cuando :-)
    Besosss.

    ResponderEliminar
  5. hola guapa, qué duro lo que cuentas... debió ser una prueba durísima: cuánto amor para sobrellevar tanto odio...

    yo si creo que hay que ir al orgullo, le pongamos el nombre que le pongamos... voy e iré siempre que pueda. mis razones, en mi último post!!

    ResponderEliminar
  6. Bueno, farala, sí que había amor, por supuesto, pero ante todo era mi/nuestra manera de reivindicación. A mí me sorprende el caso de algunas amigas cercanas que no se han perdido un orgullo pero en la vida cotidiana se esconden. Siempre he creído que se crea más morbo (del malo), más cotilleo y habladurías cuando la gente "sospecha" pero tú niegas que cuando te presentas al mundo con lo que eres y tienes. Cierto que hay que "pagar el peaje", pero solamente durante un tiempo no muy largo. De todas formas entiendo y respeto los miedos, muchas veces suficientemente justificados.

    ResponderEliminar
  7. Suscribo tooodo lo que has expuesto. Yo también llevo 22 años con mi pareja y desde el principio hemos compartido todo juntas. Vivir día a día es el mejor ejemplo.Al final comprenden que eres la misma persona. Da igual lo que cueste. (Tampoco olvido las luchas colectivas, ehhh que han sido muy muy importantes)

    ResponderEliminar
  8. Hola, Alson. Cuando escribí este post no lo hice en absoluto con la idea de dividir. Todo lo contrario, de armonizar y de aportar mi propia idea pasada y presente de las cosas.

    Lo peor que podemos hacer es dividirnos porque a unas nos gustan las fiestas, a otras los viajes, otras somos caseras, nos hemos apuntado a una asociación, predicamos con el ejemplo, escribimos artículos en la prensa o novelas...

    Nos equivocamos si nos dividimos, es como tirarse piedras en el propio tejado, o eso que siempre hemos dicho de que la diversidad es color y riqueza.

    Aplaudo cualquier reivindicación (mejor pacífica y festiva, si nos dejan) de los derechos humanos, en este caso los derechos LGTB. La variedad es suma, y juntas/juntos, conseguiremos lo que es justo tener, pero JUNTOS Y JUNTAS. He leído por ahí alguna burla (algunas veladas y otras abiertas) a quienes prefieren reivindicar de una manera en lugar de hacerlo de otra.

    Gracias, Alson, a ti también. Y vosotras a quienes otras a quienes no respondí directamente por escasez de tiempo "internético" en estos días de viaje.

    A Dintel: Ni idea de qué nombre, ya lo pensaré. Me choca que me pregunten si soy Gay. Con esa palabra no identifico a una mujer. Tal vez engloba, no lo sé.

    ResponderEliminar
  9. Candela, esto no es así. Las primeras manifestaciones del orgullo hace casi 40 años estaban LLENAS de lesbianas. De hecho, las principales impulsoras de la marea reivindicativa fuimos las mujeres; los chulazos y las carrozas no aparecieron, al menos en España, hasta el año 2000. En cuanto al nombre, tienes toda la razón porque la palabra "Orgullo" tiene un regusto... cómo decirlo, un poco desagrable, como de altanería y chulería. Es una mala traducción del inglés "pride", que yo personalmente no habría traducido jamás como "orgullo" sino como "DIGNIDAD".

    No es un mal nombre, "Día de la Dignidad LGBT", ¿no te parece?

    Un abrazo. Buena reflexión y me alegro de que puedas vivir con esa normalidad a pesar del zancadilleo.

    Ave

    ResponderEliminar
  10. Pues hablé, como puedes imaginar, desde lo que se veía en la televisión, ya que nunca estuve. Y lo que veía y lo que me contaba alguna amiga que fue no me atraía en absoluto. Hablo de 1989 a 1999. (Pero ¿hace tanto como 40 años que se celebran en España? Quizás te refieras a Estados Unidos. De allí no tengo referencias en cuanto a modo de celebrarlo y asistencia de mujeres). También tengo una reacción adversa a imitar lo masculino porque "es lo que ordena y manda". La mujer tiene unas cualidades y un potencial que muchas ni se lo creen.

    "Día de la Dignidad LGTB".... ¡genial! Eso es

    ResponderEliminar
  11. En España se celebran desde hace menos, es verdad, pero aun así: yo conozco el orgullo (por edad) desde el año 94 y te puedo asegurar que una inmensa mayoría de manifestantes en España han sido siempre mujeres :-) Y en EEUU es verdad que la celebración tiene más tradición, pero también allí las mujeres han tenido una presencia fundamental. De hecho, las lesbianas tuvieron un papel muy fuerte en la reivindicación LGBT desde el principio porque las que no las querían a su lado eran, curiosamente, muchas feministas :-S

    ¡Cuídate!

    ResponderEliminar