24 junio 2009

El viejo y olvidado San Juan de por aquí


Coincidente con el solsticio de verano, San Juan es una de las fiestas mágicas más extendidas por todo el mundo, y en cada rincón tiene sus peculiares hechizos, sortilegios, supersticiones, rituales y festejos.

Desde hace días quería tener listas para esta noche fotografías que ilustrasen mis palabras, pero no he tenido tiempo de preparar nada. Hace veinte horas que me desperté, he tenido una reunión de cinco y he hecho unos 1.000 kilómetros en coche. Acabo de aparcar mi cuerpo -y lo que queda de mi mente- en este silencio casero. Cansada pero siempre amante de la noche, heme aquí.

Hablo de prácticas que se olvidaron hace muchos años, ya por los 70. No había una fiesta popular de San Juan propiamente dicha en toda la comarca. La celebración, los rituales, las mágicas interpretaciones, se quedaban en la esfera privada de un pequeño grupo familiar o de amigas (casi siempre era cosa de mujeres o chicas muy jóvenes, pero también algunas personas adultas).

A las doce de la noche quien tenía escopetas de caza disparaba los cartuchos que se habían rellenado con trocitos muy pequeños de papel, sal y pólvora. Estaba permitido que niños y niñas apretasen el gatillo (era un gustazo inmenso). El disparo hacía que la sal y los papelitos se incendiasen en el aire, muy, muy alto, como fuegos artificiales. A esa misma hora se preparaban también los sortilegios. Desde las doce y hasta la salida del sol se producían todos los milagros. Al amanecer se verificaban y se interpretaban. Todo estaba relacionado con el amor y con la muerte, y en algún caso se quedaba en algún misterio sin resolver ni asociar con nada en concreto.

El huevo

Exactamente a las doce de la noche se llenaba un vaso de cristal transparente con agua, casi hasta arriba. Se partía un huevo y se echaba el contenido –con cuidado de que no se rompiese la yema- dentro del vaso de agua. Se dejaba el vaso con su contenido al sereno (esto es al aire libre, por ejemplo en un balcón, el alféizar de una ventana abierta o un patio) y luego a dormir y esperar a que la noche hiciese su magia. Había que despertarse un poco antes de la salida del sol y no mirar el vaso hasta el momento exacto en que el sol apareciese en el horizonte. Entonces ¡oh maravilla! la yema del huevo se había cubierto de una capa blanca y de ella subía hasta el borde del vaso una suerte de telaraña con formas curiosas rematadas con bolitas de aire. Enseguida se reunían varias amigas, cada una con su vaso y sus figuras y se procedía a la interpretación. Se veía lo que se quería ver: un velo de novia, una montaña nevada, el dosel de la cuna de un bebé… Era “lo que te iba a pasar a lo largo de ese año”.

La cabeza sin sombra

Había que levantarse antes del alba y acercarse hasta un nacimiento de agua. Zambullías tu cabeza o la ponías bajo el chorro de agua pocos minutos antes de la salida del sol. Entonces salía el sol, te ponías de espaldas a él y mirabas tu sombra. Si tu sombra tenía cabeza, era motivo de felicidad porque ese año no te ibas a morir. Imaginad lo que te esperaba si la sombra de tu cuerpo aparecía sin cabeza…

Las agujas en el agua

También se hacía con un vaso de agua en cuyo fondo se ponían, paralelas y separadas dos agujas. El vaso con su contenido se colocaba al sereno. A la salida del sol, sin tocar el vaso, mirabas su fondo. Si las agujas estaban juntas significaba que en ese año conseguirías el amor de la persona en la que pensaste al poner las agujas la noche anterior.

Los cardos quemados

También estaba relacionada con el amor. Se recogían unos cardos en el campo. En el patio o en la calle se quemaban, a las doce de la noche, hasta que quedaban carbonizados (pero no convertidos en cenizas). Luego se lanzaban al tejado y te ibas a dormir. Al alba había que subir al tejado (no siempre era muy difícil) y ver cómo estaban esos cardos quemados. Si habían retoñado (al menso en parte tenían que estar verdes) era señal de que ese año, él o ella se rendiría a tus pies.

Recuerdo algunos más, pero mis párpados se han puesto en huelga.

Cualquiera que sea la forma de celebrar el solsticio de verano en vuestra ciudad, vuestro pueblo o vuestra casa, cualquiera que sea la manera como entendáis la magia ¡disfrutadla!.

Ah, y a los monstruos que disfrutan la fiesta torturando con dardos a un toro, que por lo menos les pongan un buen par de cuernos este año.

4 comentarios:

  1. Sí, son bonitas esas tradiciones. Pero soy tan, pero TAN atea, que me resultan completamente ajenas.
    Besosss.

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  2. En Asturias, se dice que en la noche del 23 al 24 es cuando las xanas salen a lavarse el pelo a las fuentes y es la única noche en que se las puede ver (una xana es un hada del bosque). Si eres capaz de ver una xana antes de que amanezca el día de San Juan tendrás la felicidad eterna. Por eso no existe la felicidad eterna, porque nadie las ha visto.

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  3. A mí me pasa un poco como a Olga. He sido una descreída desde muy pequeña, así que nunca arraigaron en mí estas tradiciones.
    Pero sí es una fiesta grande en Cataluña San Juan, con sus verbenas y, sobretodo, con sus petardos, que no te dejan dormir. Me gusta esta fiesta por ser el solsticio de verano, por ser la noche más larga, porque de jovencita, junto a la de fin de año, era la noche que te dejaban salir... Pero hace mucho tiempo ya de eso, y ahora quienes salen son mis hijos.

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  4. Yo tampoco creo en esas cosas, pero me encanta traer al día de hoy las viejas canciones, los juegos, las tradiciones que se olvidaron.

    Todas esas cosas eran tradiciones, pero aparte de los disparos con sal, papeles y pólvora, eran juegos de niñas.

    Tradiciones y juegos explican muchas cosas de una generación: las niñas veían príncipes azules, novias y bebés. Los mayores, la vida o la muerte.

    (Yo hice una vez lo del huevo... pero quién me iba a levantar al alba a mí! Después de tres horas de sol en la ventana, estaba un poquillo pocho el invento)

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