11 julio 2009

El faro de Lastovo (I)

Todo el día se nos ha ido viajando. El primer tramo lo hemos hecho durante la mañana desde Zagreb hasta Split, por una buena autopista entre bosques y más bosques que parecen no tener fin. Desde que el primer día llegamos a Porec y hasta el centro de Dalmacia el país es una inmensa masa boscosa, de verde intenso. Cuando hemos llegado a la región dálmata hemos ido encontrando paulatinamente más claros y la vegetación se ha ido volviendo más mediterránea, de la que reconozco los olivos -de cultivo y silvestres-, encinas, jara, esparragueras y otras que me son muy familiares y no sé cómo se llaman.

También la temperatura ha ido aumentando hasta un máximo de 27 grados, mientras en la región de Istria y en la de Zagreb nos hemos movido en un intervalo de entre 15 y 20.

Al llegar a Split nos hemos dirigido hacia el puerto desde donde salen los ferries y catamaranes hacia otras regiones e islas croatas y también hacia puntos de Italia y Grecia. A las cinco y media de la tarde embarcamos con nuestro coche en el ferry que nos llevará a Lastovo (leído Lástovo) con una parada intermedia en Korčula (leído Kórchula). Nos esperan unas cinco horas de mar sorteando islas e islotes deshabitados.

Poco después de las diez el ferry atraca en el pequeño puerto de Ubli, en la isla de Lastovo. Nos quedan unos 10 kilómetros hasta el pueblo de Lastovo y otros diez hasta el faro. Menos de la mitad de esos 20 kilómetros es una estrecha carretera de montaña y el resto caminos de tierra. Está muy oscuro y no podemos ver más que el camino que recorremos y la vegetación más inmediata que lo bordea.

Cuando dejamos atrás Ubli todo se vuelve oscuro y solitario. Las niñas se divierten gastándose bromas para darse y darnos miedo: que si ahora encontrásemos alguien tirado en el camino, que si una mano desconocida se apoyase en las ventanillas del coche. Ríen, gritan, miran alrededor y se arrebujan en sus asientos.

Dejándonos llevar buena parte del tiempo por nuestra intuición y otra parte por las escasas indicaciones del camino, llegamos al faro casi a media noche. El farero –que tiene pinta de farero, pero que igual podría ser pescador o marinero- nos espera con una linterna de cabeza en la mano. Es un hombre de unos cincuenta años, muy moreno de piel y con canas en el pelo rizado y la barba. Solamente habla croata y chapurrea algunas palabras de inglés e italiano. Nos enseña nuestras habitaciones en la zona habitable del faro. Se trata de una vivienda de tres dormitorios, una cocina grande, un trastero y un baño. Desde fuera se ve una preciosa luna menguante e infinidad de estrellas. Allá muy abajo debe de estar el mar, pero se ve todo negro a excepción de algunas luces que iluminan una pequeña bahía en la que hay tres o cuatro veleros. No hay otros sonidos que los del mar, lejano y tranquilo, y el de los grillos.

La base del faro tiene dos viviendas, una es la nuestra, la otra está ocupada por otra familia de turistas. El farero vive con su pareja y un hijo adolescente en una casita independiente, de tejado rojo. Estamos deseando descansar y que llegue la mañana para poder ver cómo es todo a nuestro alrededor.

Dejo provisionalmente a un lado La regina dei castelli di carta y saco de la maleta Al faro y La niña del faro, que me recomendó Farala. Elijo el primero y mi hija se lleva el otro para leer en su habitación. Empiezo a leer mientras mi chica se va perdiendo en los brazos de Morfeo.

3 comentarios:

  1. Ay Candela! Qué viaje tan inolvidable - ¿qué se siente al dormir en un faro?? ¡Qué despertar!! Que sitio mágico... Qué recuerdos tendrán las niñas para toda la vida.
    Estoy disfrutando de este viaje como si fuera con vosotras.

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  2. HE leído hoy los dos posts. He comentado en el otro. ¡Seguid disfrutando (ahora en compañía de Mrs. Ramsay y flia)! Un besazo.

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  3. Patsy, tú sabes lo que es estar en un sitio que has soñado casi toda una vida. Cuando te acuestas te sitúas, se te va la mente afuera y te ves en ese lugar, y sabes que ahora no es una imaginación, que es real, realísimo.

    Encima de nuestras habitaciones estaba el faro, grande, imponente, con sus 170 años. Debajo, el mar. Y el faro como guía y aviso a los barcos. Y querer quedarte allí para leer, escribir, para vivir y para morir.

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