12 julio 2009

Faro de Lastovo (II)

Esta isla del Adriático llegó a tener 8.500 habitantes en el siglo XVIII siendo territorio italiano. Ahora no hay más de 800, que se duplican en la época estival. Son principalmente marineros y pescadores. La leyenda cuenta que por Lastovo pasó Ulises, abrigándose en la bahía de nombre Skrivena Luka (Puerto Escondido), justo la que tenemos a vista de faro y que podemos ver desde todas nuestras habitaciones.


Una imagen del faro, donde se puede ver el tejado rojo de la casita del farero y su familia. Al fondo a la derecha, Skrivena Luca. Se ve también el camino de tierra que nos trajo desde el puerto hasta el faro y un ramal que se dirige hacia la bahía.




Un despertar sin despertador, cuando nos hemos hartado de dormir. Si al acostarnos nos iluminaba la luna y se escuchaban los grillos y el sonido lejano del mar, al levantarnos el sol lucía en un cielo azul resplandeciente y el único ruido era el de las cigarras. Enseguida hemos salido para descubrir el exterior. Es impresionante. Estamos a una altura considerable sobre un mar de azul intenso que se vuelve turquesa claro cuando toca la orilla de la bahía y de los islotes cercanos. En un lugar como éste me gustaría pasar el resto de mi vida. Siempre me he imaginado una vejez solitaria, no porque desee estar sola sino porque creo que cualquiera se deprimiría en los sitios que a mí me suelen atraer, tan solitarios y silenciosos como éste, aunque siempre con el mar tan cercano que se pueda oler y escuchar.

Hemos ido hasta el pueblo para desayunar y comprar provisiones para nuestra estancia de dos días en el faro. El pueblo de Lastovo es pequeño pero muy bonito, allá sobre una colina, con sus calles estrechas, sus casas pequeñas de tejados rojos y sus iglesias.

Lastovo pueblo

Volvemos al faro y comenzamos a preparar la comida. Una guarda las compras, otra lava platos y vasos, otra corta a rodajas ese tomate -que huele tan bien- y hace daditos de ajo para aliñarlo. Preparamos espaguetti y los servimos con dos salsas, una a la ricotta y otra boloñesa. Para beber, agua, zumo y vino tinto del lugar que se vende a granel. Y de postre uvas.


Las niñas charlan fuera y las vemos desde la cocina-comedor

La tarde pasa volando, entre una pequeña siesta, lectura, estudio y aire libre. Más tarde, cuando el sol se está poniendo, mi chica y yo bajamos a dar un paseo. Descendemos por el camino zigzagueante hasta el mar. Entre pinos, olivos y maleza vemos troncos de árboles de gran porte y arbustos quemados. Parece ser que la isla ha sufrido sucesivos incendios a lo largo de los años y por lo que podemos intuir del último no hará más de cuatro o cinco años. La temperatura es muy agradable, con una brisa que huele a pinos y a mar. Aquí no hay playas porque la montaña termina en el mar con una gran pendiente. Solamente en algunos puntos de la bahía existen pequeñas playas de chinarro. Aquí cerca del faro hay una gran plataforma de cemento con una escalerilla de hierro desde la que se puede entrar al mar, que tendrá en ese punto una altura de unos cuatro o cinco metros. Sobre la plataforma hay redes para mariscos. Suponemos que son del farero.



Bajar fue un paseo agradable, pero subir fue un ejercicio de resistencia con esa pendiente tan fuerte que nos hizo sudar. Cuando hemos llegado a la casa, las niñas no nos han dejado entrar en la cocina. Si queríamos beber nos sacarían un vaso de agua, si queríamos alguna otra cosa se la tendríamos que pedir también, pero prohibido entrar. Nos hemos dado una ducha y cuando hemos terminado nos han hecho entrar, en el mismo momento en que nuestra canción “Por amor al arte” empezaba a sonar en el portátil. La mesa estaba servida con pan, aceite de oliva, queso, uvas, ensalada de tomate, dulces y en el centro una botellita azul con una vela dentro. Todo un regalazo de las peques el prepararnos la cena con tantos detalles.

Y después de la cena, las ganas de ellas por seguir ambientando la noche y nuestras ganas de irnos a la cama. Como en todo buen trato hemos cedido de aquí y hemos tomado de allá. A las once y pico de la noche la casa ya estaba en silencio y las luces apagadas.

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