21 julio 2009

Mi padre y viajar con los libros

No fui una niña viajera porque no lo era mi familia. Mis viajes tenían una distancia máxima de 10 kilómetros, los que iban desde la casa de mis padres en el campo hasta la de mis abuelos en el pueblo, y se hacían una vez al año para la feria.

Pero ya desde que aprendí a leer, mi materia favorita, no como materia aún, sino por las fotos que veía, era la geografía. Con cinco años mi enciclopedia Álvarez tenía una foto de una carretera mojada entre árboles y hablaba de viajes. No teníamos coche pero yo me veía sentada en el asiento trasero de un coche imaginario yendo por aquella carretera desconocida.

Con diez años vivía con mis abuelos en el pueblo. Cuando salía de la escuela por las tardes inventaba la excusa de que tenía que ir a estudiar a la biblioteca municipal, pero no iba allí a estudiar precisamente, sino a mirar libros de geografía, desde atlas a monográficos sobre algún país lejano. Entonces cada fotografía con junglas, tundras, sabanas me mantenía horas pegada al libro e iba memorizando los nombres de países y continentes como lugares a los que solamente podría viajar con mi imaginación, nombres que me resultaban y aún hoy me parecen míticos, inexistentes, lejanos e inaccesibles: Tanzania, Cachemira, Bohemia, Balcanes, Mar Muerto, Danubio, Moscú... y cientos de nombres más.

Mi primer viaje "largo" fue de Granada a Almería. Tenía diez años y fui allí para la jura de bandera del hermano de mi tío político. Fue cuando descubrí el mar, que solamente había visto en fotos y leído en relatos, novelas y libros de geografía. Si tuviera que expresar lo que sentí me veo aún allí en la orilla, ignorante de cualquier otra persona o cosa que hubiera a mi alrededor, con la mirada perdida en aquel inmenso azul, tan inmenso que todo lo que había imaginado no podía abarcarlo, con los brazos abiertos como queriendo abrazar su inmensidad y guardarla para mis recuerdos. Veía el horizonte curvo. Era cierto aquello que decían mis libros de que la Tierra era redonda y de que el mar y el cielo se funden allá a lo lejos, como me contaba mi padre -mi primer maestro-. Él me enseñaba aquellos lugares y me hablaba de ellos como si hubiera estado allí, igual que me hablaba del mar que nunca había visto.

Cuando de mayor empecé a viajar a otros países y otros continentes no podía creer que ciertos nombres míticos existieran de verdad, actuales y viejos a la vez. Me apasiona saberlo, verlo, tocarlo, recordarlo, fotografiarlo, compartirlo. Me gustaría regalarle a mi padre cada uno de esos nombres de lugares que voy visitando, con sus imágenes y su historia, para que él supiese también que existen. Cuando vuelvo de algún viaje enseguida le llevo las fotos y sé lo que siente cuando las mira despacio.

4 comentarios:

  1. De este viaje le puedes enseñar tantas fotos que mejor le regalas un álbum, así podrá repasarlas una y mil veces.

    Muy bonito post y que bonito tener padre¡¡

    ResponderEliminar
  2. Precisos post de amor paternal...

    ResponderEliminar
  3. Que post más bonito, Candela. Con tus fotos y comentarios, estoy segura de que tu padre comparte tus viajes.
    Pienso en la suerte que tienen los niños de hoy en día, que con Internet pueden llegar a los sitios a los que antes llegábamos con la ayuda de fotografías, atlas e imaginación.

    ResponderEliminar
  4. Ya tengo las fotos casi listas para llevárselas. Es que hay tantísimas, que llevo dos días quitando y poniendo.

    Sí, Patsy, ahora tienen más suerte, pero a veces creo que al tenerlo todo tan al alcance de la mano lo valoran menos. Creo que tenemos que encontrar una manera de hacérselo degustar.

    ResponderEliminar