02 julio 2009

Tercer día



Después de tres días de viaje, ya se han asentado los pensamientos, ya nos hemos adaptado al ritmo de lo no cotidiano y ya podemos empezar a mirar alrededor con un tempo que nos facilita pensar, recordar, analizar y proyectar como si estuviéramos en casa.

Aún cuando era muy joven me gustaba el viaje lento. Preferí siempre hacerme con los sitios hasta llegar a conocer cada uno casi como si se tratara de mi ciudad. Renuncié a la cantidad a favor de la calidad. Nunca me atrajo la idea de esos viajes y cruceros en los que visitas no sé cuántas ciudades de no sé cuantos países. Visitas de unas pocas horas en las que te llevan a lo más típico. Luego a correr para llegar a lo más típico de otro. No llegas a encajar los lugares ni a recordarlos siquiera a no ser que te lleves una cámara o tengas una memoria de elefante.

Sabía que esta cuarta Venecia iba a ser nueva. Llevamos a mi hija pequeña y a la otra chiquilla. Eso es nuevo, porque casi nunca pude viajar con mis hijas. Con la mayor me habría gustado tanto, pero siempre tenía que dejarla atrás. Hay quien me dice que cómo se nos ocurre hacer este tipo de viaje con más personas, que esto es algo de dos, para nuestra intimidad. Que es nuestro tiempo. Nosotras estamos siempre juntas, desde la mañana a la noche, y la noche entera, siempre. No nos cansamos la una de la otra, pero tampoco nos molesta que a nuestro lado haya otra persona que respete nuestros silencios, nuestros trabajos, nuestras conversaciones o nuestra intimidad.

Esta mañana salimos a dar una vuelta por la Isla de San Giorgio, para ver qué había allí. Ya no recuerdo si estuve alguna vez en esa isla, pero lo bueno que tiene mi falta de memoria es -como dice un anuncio de la tele- que lo olvidado lo saboreo como nuevo. Las niñas muestran su curiosidad por las tallas del coro de la basílica, por los frescos, por las tradiciones religiosas, por el significado de algunas palabras italianas. Lo miran todo con los ojos bien abiertos, hacen fotos a lo que llama su atención, van casi siempre una junto a la otra, cuchichean, ríen, se divierten. Y nosotras estamos juntas un día más. Con ella he sentido por primera vez desde que la conocí que existía en el mundo una persona que se ajustaba a mí como un guante, como yo a ella. Ya hacía años que había tirado la toalla y que había pensado que la única manera de ser como soy sin presiones, sin adulteraciones, era vivir sola. Sin embargo ella existía en alguna parte... y yo sin sospecharlo.

Las Venecias 1 a 3 las visité sin saber italiano. Después, mi curiosidad por el idioma me llevó a aprenderlo concienzudamente, sin saber aún que Italia estaba a punto de convertirse en mi segunda tierra. Y conociendo el italiano oficial, ahora descubro que el dialecto veneciano está lleno de palabras españolas, como CALLE (que leen caie), en lugar de strada o via. Y muchas otras más. Eso me ha llevado a analizar (muy por encima todavía) qué lazos nos unieron en el pasado, la historia olvidada de aquellos libros que estudié de pequeña.

He recordado a personajes como George Sand (la fachada de la casa donde pasó unos años muestra su seudónimo y no su nombre real de mujer), a Vivaldi o a Casanova y sus amantes esculpidas sobre cada ventana de su casa, mujeres todas menos la cabeza esculpida en la ventana más alta, que es de un hombre. Para los venecianos Casanova no era un mujeriego sino un experto en el amor, sin distinción de sexo. A saber qué fue y cómo fue alguien tan lejano, si alguien tan actual como Berlusconi es para ellos "un tío majo" (lo que llega a nuestra prensa aquí se filtra).

He encontrado aquella torre inclinada de la segunda vez. Me han dicho su nombre (ya se me ha olvidado... ¿S Angelo?), la han sujetado a la tierra y allí sigue inclinada y firme a la vez.

Sigo pensando que la Venecia mágica, sorprendente y auténtica no es la que ve el común de los turistas, sino la que se descubre por casualidad, paseando la ciudad, entrando en callejones que parecían no tener ni gracia ni salida. Eso se ve cuando la vives sin grandes prisas ni grandes esperanzas... como la vida misma.


P.S. Me encantan las máscaras. Ésta la pesqué de su escaparate con la cámara de fotos.



Y la noche, cómo no.




5 comentarios:

  1. ¡Qué envidia! Creo que es una de las ciudades más bonitas del mundo... :-)

    ¡A disfrutar!

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  2. ¡Uf, cuánto tajo atasado tengo en este blog tuyo! He estado en un tris de omentar de forma ordnada, desde el asunto de la adolescencia hasta este tercer día en Venecia, pero estoy que me caigo de sueño y aún no hemos cenado, mis chuchos y yo, así que he de aplazar´mis comentarios para otro momento.
    Sólo decirte que me encantaría estar en Venecia ahora mismo, tumbada en la cama del hotel posteando, después de haber asado el día recorriendo esas calles y esas plazas a las que no llega el turisteo. Y que me encantará leer tus Crónicas venecianas.
    Disfrutad mucho, mucho.

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  3. qué crónica tan guapa, me recordó mi viaje a venecia y lo especial que fue para mí sentimentalmente. En una cosa coincido plenamente contigo, mi falta de memoria me permite vivir casi todo como si fuera nuevo, es una suerte inmensa (los despistes que arrastro ya no son tanta suerte, en fin)

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  4. Coincido contigo en lo de los viajes lentos y lo de la calidad sobre la cantidad.
    Hace más de 20 años que estuve en Venecia, y una de las cosas que más me gustó, también, fueron las máscaras.
    Creo que los viajes se disfrutan de otra manera con hijos, que no quiere decir menos ni peor, sobretodo cuando ya son mayorcitos.
    ¡A seguir disfrutando!

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  5. Esa máscara!!! es preciosaaaaaaaaaa .

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