28 agosto 2009

Cartujos

Corrían los años 50. La vida en aquel monasterio cartujo se desarrollaba en un entorno de pobreza, ayuno, falta de sueño y silencio. De otoño a primavera se unía un elemento más: el frío extremo, apenas arropado por el tosco hábito de algodón.

19:30: Irse a dormir.
23:30: Levantarse y rezar en la celda.
24:00: Maitines y laudes en la gélida capilla, seguido de laudes en la celda.
3:00: Acostarse.
6:00: Levantarse.

Hasta las 19:30 el día transcurría entre oraciones, misas, trabajo y estudio. Una sola comida al día, servida en el refectorio. Durante la comida el monje podía solamente decir una frase para reclamar algo para el que tenía al lado ("olvidaron servirle pan", "necesita más agua"...). El instinto de supervivencia estimulaba la imaginación. Un monje que encontró una cría muerta de ratón en su sopa, sin poder exigir nada para sí mismo consiguió que le cambiasen en plato cuando dijo "A mi hermano no le pusieron una cría de ratón en la sopa".

La comunicación estaba absolutamente vetada en base al voto de silencio. Un monje podía sin embargo saludar a otro si se cruzaba con él. El saludo y la respuesta debían ser los reglamentarios y evocaban la muerte:

-Morir habemos.
-Ya lo sabemos.


Incumplir alguna de las reglas era motivo de expulsión inmediata.

¿Qué ser humano podía resistir tanto frío, hambre, interrupciones del sueño e incomunicación? ¡Aquellas reglas no podían crear otra cosa que seres infelices! Algunos escapaban del convento al inicio del noviciado y no volvían la vista atrás. Entre todos los motivos de deserción el más frecuente era la prohibición de comunicarse.

Pasé unos días allí en calidad de invitado. Al llegar me preguntaron si quería hacer la comida al estilo cartujo y respondí "Sí pero tres veces al día".


Como invitado pudo hablar con un viejo monje, al que se le permitió ex profeso romper durante unos minutos su voto de silencio. Había sido un tipo adinerado, pendenciero, jugador, tramposo y mujeriego. Ya con cierta edad decidió purgar sus pecados ingresando en la orden a modo de penitencia. "Vine aquí para sufrir. Lo que no podía imaginar era que aquí estaba mi felicidad".

"Aunque la orden de los cartujos es la que tiene monjes más longevos, sé que me habría muerto de pena en un sitio como aquél".

Así nos lo contaba mi viejo amigo.

Hablábamos en aquel contexto de los prejuicios sobre lo bueno y lo malo y sobre el respeto a las decisiones que toman las personas por su propia felicidad.

Por mi parte, si tuviera que llevar una vida de cartuja, lo pasaría realmente mal en todos los apartados de su programa, pero si he de destacar lo peor y lo menos malo: Lo más insufrible sería el frío. Lo menos el silencio.

10 comentarios:

  1. ¿Y para qué sirve un cura encerrado, incomunicado y mantenido aunque solo sea con crias de ratón?. Si realmente querían pagar por sus pecados, mejor se hubieran repartido por el mundo, ayudando al resto de hermanos del mundo que no llevan sotana. Un beso

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  2. Yo creo que cada uno de nosotros tiene su propio camino y, por lo tanto, muchos sentirán que vivir así es la vía para su desarrollo personal y espiritual. Yo no podría aguantar ni siquiera un par de días entre esas silenciosas paredes... pero entiendo que en ese medio se podrán entender cosas que de otra manera sería imposible. Un saludo

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  3. Hola! me gustaria que conocieras mi blog y si quieres tengamos un intercambio de links.

    Un saludito y felicidades por el blog =)

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  4. pues yo, que soy tan anárquica, lo que no soportaría es tener la vida tan "calculada" al milímetro y al segundímetro!!!

    me saltaría todas las reglas, sin dejar ninguna... jeje

    Abracines

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  5. Yo no puedo entender porqué si se supone que su objetivo es hacer el bien para sus semejantes, se aislan de ellos. Hace mucho que tengo la sospecha de que quienes ingresan en una orden religiosa en el fondo de todo lo que buscan es su propia salvación a travás de sus sacrificios y si eso es así, son profundamente egoístas. Igual y soy una mal pensada, pero qué quieres? no he conocido personalmente a nadie consagrado a una orden católica que me haga cambiar de idea.

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  6. O sea, que hasta en la penitencia fue insolidario y egoísta. Curioso.

    ¿Has visto una peli que se titula "El gran silencio" de Philip Gröning?

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  7. Me llama mucho la atención esa vida alejada de todos y todo. La considero relajante. ¡Si no fuera por los madrugones para rezar!Entiendo perfectamente el "ora et labora" e incluso el silencio. Ahora bien, las penurias y el frío...
    Gran experiencia la de alojarse en un monasterio.

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  8. A mí el egoísmo bien entendido no me parece mal. Si uno no se quiere bien, ¿quién le va a querer? Y en el fondo, hasta la caridad es egoísta, el que da quiere sentirse mejor persona.
    Coincido contigo en lo que llevaría mejor y peor.
    Un beso.

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  9. La vida comtemplativa le es propio a todas la religiones y credos, supongo que por algo será, mis conocimientos son demasiado limitados para juzgar sus beneficios a la humanidad o si le es más productiva una vida activa.

    Por lo que describes, creo que sería de las que salen huyendo a toda prisa, nada en ella me seduce lo más mínimo.

    Besos¡¡

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  10. He estado pensando en cada uno de vuestros comentarios, y muy especialmente en los que hablan de falta de utilidad, de egoísmo o de huida de quien se recluye y se aísla para purgar sus culpas. Me acordé de algunas personas que socialmente causan más daño que beneficio. Creo que lo mejor que pueden hacer por los demás, es encerrarse y tirar la llave.

    L'Avendetta. No vi la película. Supe de ella cuando me interesé por la vida de los cartujos tras aquella conversación. ¿La has visto? Estoy intentando encontrarla.

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