02 septiembre 2009

Lo encontré en Internet, cambiado, pero es mío

Me acordaba hoy de un viejo relato que escribí hace un buen puñado de años, al final de aquella larga convivencia que tocaba a su fin, un año después de que ella se hubiese vuelto diferente, insegura, absorbente, vigilante, asfixiante. Sentía que me había perdido yo entera en aquella historia y ni en los sueños me encontraba. Soñaba con encontrarme y luego irme al mar y fundirme con él.

Tuve una página web en la que publiqué ese y otros relatos. Un día la eliminé y todo aquello se perdió.

No tenía ganas de buscar viejos papeles o disquetes, así que puse el título en Google y lo encontré. Alguien lo publicaba como suyo, o al menos no decía de quién era. Lo había convertido en un relato de mujer y hombre, había modificado algunas frases e introducido algunas faltas de ortografía.

Eso me ha llevado a buscarlo con frenesí en viejas carpetas. Lo he encontrado. Es de las pocas cosas escritas por mí que tiene depósito legal.

No soy una escritora ni siquiera un mal proyecto de escritora. El único valor de aquel relato es, para mí, recordar cómo una relación perfecta puede derivar de un momento a otro en una pesadilla, y de cómo la única salida que mi cabeza encontraba era salir corriendo y desaparecer.

Recordaba ahora que este relato lo escribí a mano una noche mientras ella dormía. Se levantó y quiso saber lo que estaba escribiendo. No quería que lo viese pero me arrebató los papeles y tuve que forcejear con ella para recuperarlos. Nunca lo leyó.

Éste es el original.


Dos sueños de Mar

Salió del apartamento sin hacer ruido, con el bolso colgado del hombro y los zapatos en una mano. Ya fuera, en el pasillo, se calzó y bajó las escaleras a toda prisa. La noche estaba muy oscura y seguía lloviendo. Atravesó el área arbolada que separaba el edificio donde vivía de la calle Zorita, por donde ahora no transitaban más que algunos vehículos a toda velocidad, saltándose los semáforos. Gente joven que regresaba de la movida o que cambiaba de lugar, porque aún no habían dado las dos de la madrugada. Intentaba aprovechar los salientes de los balcones para protegerse de aquella lluvia menuda pero constante, que le dejaba en los mechones de cabello que caían sobre su cara unas diminutas perlas de agua, brillantes bajo el neón de las farolas.

Había recorrido de sur a norte buena parte de la ciudad y ahora escuchaba sus propios pasos sobre el pavimento de adoquín del casco antiguo. Algunas luces permanecían encendidas dentro de las casas y se filtraban por los visillos al exterior. Se preguntaba si cualquiera de aquellas personas abriría su puerta a una fugitiva, encendería la estufa de leña para que se calentara y secara su ropa y sus zapatos y le daría un vaso de leche caliente sin someterla a un interrogatorio. No. Nadie lo haría.

Pensaba en la relatividad del tiempo y el espacio, en cómo se puede llegar tan lejos cuando no hay una meta fija. Intuía que debería viajar en ambas dimensiones hasta que la angustia cesara, hasta dejar de escuchar ecos de reproche, o de ver cómo unos ojos la perseguían hasta los más profundos pensamientos.

Mar había hecho que aquella noche ella durmiera profundamente, para poder escapar sin ser seguida. El sueño de Lucía era como el de un perro guardián, atento a cada leve sonido, perturbable incluso con los presentimientos. Ella abría los ojos y allí estaban los suyos, también abiertos y mirándola con el ceño fruncido, como preguntándole por qué te has despertado, en quién piensas, qué vas a hacer. Se levantaba, se asomaba al balcón a fumar un cigarrillo para escapar de la congoja que fluía de aquellos ojos interrogantes y entonces Lucía la llamaba: “Mar, no puedo dormir si no estás aquí.” Volvía a la cama, la abrazaba y besaba su espalda, pero Lucía le hablaba, le preguntaba sin cesar qué estaba ocurriendo con su relación, con tantos años de convivencia. Mar no comprendía la causa de aquellas preguntas y lamentos. Nada había cambiado excepto que ella ahora comenzaba a arrebujarse con alguna frecuencia -como en una manta tibia- en su propia intimidad, como le gustaba hacer de pequeña y de adolescente, antes de conocerse. Los amigos comunes habían venido de la mano de Lucía como parte de la dote y los propios se habían ido diluyendo en el tiempo, al igual que se diluía su propio pensamiento, su carácter, sus ideas, sus reflexiones, entre la gente que la rodeaba, reía con sus bromas y agradecía el sabor de sus comidas. Contactos artificiales que su propia pasividad y el temor a perder a Lucía habían propiciado. Se había perdido a sí misma y ahora se buscaba en el silencio.

Durante el día también la observaba, vigilaba sus movimientos, evaluaba y juzgaba cómo atendía el teléfono, qué tono de voz usaba para cada interlocutor, cuántos minutos exactos duraba una llamada, con qué frecuencia hablaba con alguien concreto. Cuando estaba fuera, ocupándose de su trabajo, también la espiaba con llamadas de escasa duración y sin motivo convincente, quería saber si la línea estaba ocupada o si ella había salido de casa. Siempre le decía: “Sólo llamé para decirte que te quiero”, pero Mar no sabía devolverle una frase con igual significado, porque ya no estaba segura de si la amaba; no podía imaginar la vida sin ella, sin su orden y su memoria, sin su voz, sin su recuerdo, ni podía soportar su omnipresencia obsesiva de los últimos meses.

Aquella noche, poco después de la cena, mientras Mar recogía la cocina, sentía los ojos de Lucía clavados en su espalda desde el pasillo oscuro y no pudo evitar angustiarse como cuando las monjas del colegio le decían, mostrándole el ojo inscrito en el triángulo, que en todo momento era observada, escrutada, enjuiciada, en sus momentos más íntimos, en sus más insignificantes pensamientos, hasta el punto de ruborizarse cuando debía ir al baño, desnudarse o tan siquiera pensar en acariciar su propio cuerpo. Eludir al triángulo invisible la obsesionaba. Hubiera querido tener un pincel mágico que volviese opaco para ese único ojo el aire que la circundaba. Por eso, aquella noche, mientras notaba los dos de Lucía presionando su nuca, espiando su silencio, deseó con todas sus fuerzas cerrarlos, hacerlos dormir y al mismo tiempo dejar de arrastrarlos como dos bolas de plomo agarradas a ella con cadenas, y así lo hizo. Tan sólo quería tener el tiempo suficiente para escapar sin ser seguida.

Se sentía sólo moderadamente libre, porque de vez en cuando volvía la cabeza al escuchar pasos que se aproximaban por detrás y sin embargo la desazón que le producía imaginar a Lucía cuando despertara sola, la llamara, la buscara por todas las habitaciones, gritara angustiada, llorara sentada en el borde de la cama al comprobar que ella se había marchado, hacía que acelerara su paso en busca de un hueco insondable en donde guarecerse, o unos brazos que la acunaran y le dijeran que todo había sido una pesadilla, o un baño tibio donde sumergirse por completo, con la cabeza entre las rodillas, escuchando únicamente algunas burbujas de aire que rozaran sus mejillas.

Frente a ella estaba la estación de ferrocarril, con sus neones desvaídos y su sala de espera casi desierta. Aquí y allá, en los bancos, dormitaban algunos viajeros que hacían escala o habían llegado demasiado pronto. Miró la hora del tren que saldría primero y sólo faltaban cuarenta y cinco minutos. Lucía estaba dormida y Mar aún podría escapar. Sacó del bolso una tarjeta de crédito y compró un billete de ida hasta el final de trayecto. Un empleado medio dormido resucitó al verla y la atendió con una sonrisa que ella le devolvió.

La lluvia persistía, pero no se advertía su tintineo al otro lado del cristal de la ventanilla, tan sólo podían verse las gotas romperse y abrirse como estrellas, y luego alargarse resbalando en diagonal. Cinco asientos vacíos eran sus mudos compañeros de viaje. Mar se quitó el chaquetón todavía húmedo y se cubrió con él, la cabeza apoyada en el ángulo que formaba el respaldo tapizado con la noche de agua y cristal. El sueño venía como en oleadas cada vez más cercanas. Podía escucharlo superponiéndose, hasta dominarlo, al repiqueteo metálico de las ruedas sobre los raíles.

Otra vez volvía a caminar por la arena ardiente, donde se hundía a cada paso, tras haber visitado una biblioteca repleta de libros viejos y nuevos, delgados o voluminosos, con cubiertas de cuero o papel. Cada título era el nombre de un ser humano. Buscó el suyo y no lo encontró. Pidió ayuda a un empleado que revolvió centenares de anaqueles sin éxito. “Lo siento, usted no está” le dijo mientras le entregaba unas botas con las que debía hacer la travesía hacia algún lugar ignoto. Ese calzado agarrotaba los dedos de sus pies, estrangulaba sus tobillos. Estaba sola en aquel desierto infinito; sin embargo mil pares de ojos inexorables se alzaban detrás de otras tantas dunas para frustrar sus intentos de descalzarse cuando ya el dolor se hacía insoportable. Mar preguntaba a los ojos de las dunas por qué, y mil voces en una sola le contestaban: “Lo dicen nuestros antepasados y a éstos se lo dijeron los suyos”. No cabía rebelarse. Se ayudaba de las manos para trepar a gatas por las montañas de arena. Desde un alto y a lo lejos pudo ver la inmensa llanura azul de un océano al que no creía poder llegar, pero que le gritaba con su ruido abisal: “Camina hasta que dejes de sentir el dolor en tus pies”.

Un fuerte pitido la despertó cuando una luz muy tenue coloreaba el cielo de un blanco soñoliento. Mar se pasó ambas manos por el rostro, desde el centro de la frente hasta las orejas, el pelo y la nuca. Miró sus dedos empapados de sudor y luego descubrió a una mujer que estaba sentada frente a ella, en una simetría casi perfecta con su propio cuerpo. No sabía cuándo había entrado en el compartimento, aunque tenía la sensación de que había estado allí antes que ella misma, mucho antes, años tal vez, siglos. La miraba, pero ella sabía que esos ojos no eran inquisidores como los de Lucía, ni fanáticos como los de las dunas. Emanaba de ellos el color azul, verde y tostado de la tierra, serenidad, determinación, seguridad, recogimiento, silencio. Le seducía fundir su mirada con aquellos ojos, mantenerla y hablar, sonreír o llorar sin mover los labios. No sabía si aquella parada era el fin del trayecto, pero estaba segura de que era el final de su viaje.

-¿Hemos llegado? -preguntó Mar.

-Yo he llegado -le contestó casi en un susurro- Tú también, si quieres seguirme.

Mar se prendió de aquella mano que la desconocida le tendía y ambas descendieron del vagón en silencio y mirando hacia delante. Un aire tibio y húmedo refrescó sus mejillas y acabó de despertarla. Recorrieron varias calles cuesta abajo. El mar se olía cercano. Veía como en una película en blanco y negro a Lucía que la buscaba, a la mujer-niña llorando de impotencia e incredulidad que llamaba a los vecinos, a los amigos, a las familias de ambas y les contaba que Mar se había marchado, la había abandonado sin razón alguna, que desde hacía tiempo la venía observando y la notaba extraña. Los veía hablando entre ellos, compungidos, llamando a la policía y a los hospitales, tratando de dar con su rastro, preguntándose todos en una sola voz quién la estuvo esperando mientras Lucía dormía narcotizada, si era una huida, una búsqueda o ambas cosas a la vez, si la había traicionado o se había vuelto loca.

Se descalzaron para andar por la playa y caminaron hasta las rocas, donde el viento resonaba y levantaba oleadas de arena fina.

-¿Tú de qué huyes? -le preguntó Mar.

-Huyo del dolor, ya casi no lo siento.

-Yo debo caminar hasta dejar de sentirlo. Eso dice mi sueño.

-La voz de mi sueño -el tuyo- me susurra un poema de Whitman: “Tú, mar, también a ti me abandono, adivino lo que quieres decirme. Contemplo desde la playa tus encorvados dedos invitándome, creo que te niegas a marcharte sin haberme tocado. Demos juntos un paseo. Me desnudo. Llévame hasta donde la tierra se pierde de vista. Tómame suavemente, méceme en un sueño ondulante. Salpícame de amorosa humedad, te recompensaré”.

Las olas se enredaban en los pies, las manos con el cabello, la ropa con las rocas, el viento con la piel. Mar y la desconocida eran un sólo cuerpo que viajaba hacia la bola anaranjada del amanecer, una meciéndose sobre Mar, en el mar; Mar escuchando las burbujas de aire que subían por sus mejillas.

12 comentarios:

  1. Desde luego, la gente tiene un morro que se lo pisa. Menos mal que encontraste el original, y que lo has colgado, para disipar cualquier duda sobre su autoría.
    En cuanto al relato, me ha gustado mucho. Mucho.

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  2. Pues eso de que no eres escritora te lo creerás tú... ¿vas a hacer algo para que esa persona deje de saludar con sombrero ajeno? El relato me ha encantado, es muy bueno pero además es que me siento identificada. Yo también tuve una "Lucía" en mi vida... ¡cuanto cuesta limpiarse de una presencia así! Un beso

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  3. Qué casualidad. Escribía yo hoy también sobre los plagios.

    De lo de Lucía no digo nada, que luego me llaman inmadura por acordarme de mi ex.

    p.s. ¿sería posible cambiar el modo de firma del blog permitiendo comentarios que no fueran de Blogger? Es que es un rollo cada vez que tengo que dejarte un comentario.

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  4. Angustioso y claustrofóbico relato... lo haces vivir y da miedo estar con alguien así.. deberías publicar quien y donde te han plagiado. Últimamente sólo oigo esto en los blog y no es un buena praxis...deberíamos denunciarlos siempre... saludos.. y a seguir escribiendo...

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  5. Opino como Pena... ¿cuál es la definición de escritora, con la que no te identificas? El relato es impecable, me he metido en él llevada por tus palabras, y he sentido tus sentimientos.
    Si no quieres decir dónde lo has encontrado, no importa, lo reconoceré si lo leo en otra parte.
    Magnífico.

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  6. Me hace feliz que os guste el relato.

    No me siento escritora. Para mí es muy importante leer lo que me produce la emoción que se intenta transmitir. Fue a finales de los 90 cuando nada menos que dos escritores consagrados me dieron a entender que eso yo no lo sabía hacer (que tendría que estudiar para aprender cómo). Aún así siempre he tenido la necesidad de expresarme con la escritura. Luego lo guardo en algún cajón o lo tiro.

    Mi Lucía, mi querida Lucía, tuvo un año "para echarle de comer aparte". Toda esa mierda que los miedos producen.

    En lo que respecta a la autoría, me ha molestado más verlo cambiado y ensuciado gramaticalmente que no ver escrito mi nombre o pseudónimo. Sé quién lo copió pero no lo exhibe como suyo ni como ajeno. El enlace hace referencia a una ubicación anterior del relato que ya no es accesible (un foro que yo desconocía).

    *L'Avendetta: He agregado la posibilidad OpenId. Si aún así te va mal agregaré la de comentarios anónimos. No me quiero perder los tuyos!

    Besos a todas

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  7. ¿Los dos escritores consagrados por casualidad eran hombres?

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  8. * burka: Pues sí... no había pensado en ello.

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  9. Que no eres escritora dices... ya!.

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  10. qué bueno el relato, gracias por compartirlo. Lo del plagio es como una epidemia, qué mal rollo. Ah y que los dos escritores consagrados fueran hombres y encima consagrados mosquea bastante ¿no?

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  11. QUé chulo el relato. Y qué fuerte lo del plagio. La gente no tiene vergüenza.

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  12. Precioso el relato, Candela. Si saber transmitir sentimientos como tú lo haces no es ser escritora...
    En cuanto al plagio - vaya morro que le echa la gente.

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