17 junio 2010

Amnesia selectiva

Quienes seguís mi blog Candolescente sabéis que trabajé de los 14 a los 16 años en un pequeño taller clandestino durante 9 horas diarias por las mañanas para poder ir al instituto de 4 a 9 por las tardes, y que cuando aún tenía 13 años una carta anónima me sumió en una profunda tristeza durante meses y dio al traste con mis estudios aquel curso. Del primer hecho guardo un recuerdo neutro, ni bueno ni malo. Estaba fuerte y decidí hacerlo porque quería demostrar y demostrarme que podía ser independiente y pelear por mis objetivos a pesar de las mil cortapisas que me imponía la vida (por decirlo genéricamente) por el hecho de haber nacido mujer. Del segundo hecho apenas he hablado a lo largo de mi vida con un puñado de personas muy cercanas, hasta que lo conté en el blog. Con mis padres nunca más salió el tema, tuve que demostrarles ciertas cosas y la suerte se puso de mi parte para poder hacerlo, varios meses después. Las pruebas me demostraron inocente... Inocente... qué horror. Era una mujer, una niña. Un niño no habría tenido que demostrar nada. De ese recuerdo guardo emociones fuertes, que no se irán, porque fue la primera vez que supe que alguien era capaz de urdir una mentira cruel y soez para hacerme daño gratuitamente, anónimamente, porque fue la primera vez que fui consciente de que no tenía vida íntima, cuando aquella carta timbrada llegó a casa dirigida a mí y la abrió mi madre, porque supe que no basta con suplicar que te crean para que te crean, porque supe lo que un hombre, incluso un adolescente, puede llegar a hacer al sentirse despechado por un "no, no bailo", porque supe que la vida de una niña era más difícil que la de un niño y presentí que, por paralelismo, también sería más difícil más adelante mi vida como mujer.

Fueron dos etapas muy duras, ya digo que una de ellas la conservo en el lugar de lo neutro, fue dura pero no traumatizante. La otra es una de las peores cosas que me han ocurrido en la vida, por todo lo que he dicho en el párrafo anterior, pero básicamente porque mis padres no me creyeron y durante mucho tiempo sentí que me hacían el vacío. Quizás esté equivocada y su seriedad lacónica solamente fuese la preocupación por aquellas letras mal mecanografiadas, pero yo lo viví en una soledad  y una angustia adolescente que no quiero ni puedo olvidar. Porque no olvidando se aprende.

Pero olvidar también puede ayudar a sobrevivir, aún así yo prefiero recordar para procesar la información y corregir o no mis actos futuros, en definitiva para aprender. Mis padres, sin embargo, prefirieron olvidar. Ni siquiera son conscientes de esa preferencia, y de eso estoy segura. Es más bien amnesia selectiva, involuntaria, un proceso por el que se entierra una vivencia cuyo recuerdo nos haría sentir terriblemente mal. Más tarde, con el tiempo, no duele, porque no puede doler lo que no ocurre ni ha ocurrido nunca. Sabia es la mente.


Ayer, durante la comida, hablábamos de mi sobrino, que ha decidido abandonar los estudios dos semanas antes de fin de curso. Coincidíamos en que debería ponerse a trabajar, porque ha sido un niño del todo-fácil, del ábrete boca y obtén lo que pides. Entonces mi padre me contó mi vida, pero en versión censurada:

- Cuando tú decidiste dejar de estudiar y ponerte a trabajar, te diste cuenta a los quince días de que trabajar sin cualificación, ser explotada, no era lo que querías y entonces me dijiste 'Papá, quiero volver a estudiar'. Dejaste el trabajo y te matriculaste en el instituto por las tardes.

- No, papá, ¿no te acuerdas? seguí trabajando, pero entraba mucho más temprano que las demás, para hacer la jornada completa, a las 5... y para luego estudiar por las tardes. Entré al taller en junio de 1973 y lo dejé en junio de 1975 cuando empecé el otro trabajo.

- ¡Eso es mentira!, ¿cómo puedes decir eso? ¿cómo habríamos permitido que una niña de 14 años saliera de casa a las 4 de la madrugada sola, por esas calles, a oscuras...? ¡No estuviste en aquel taller más de quince días, antes de matricularte en el instituto, luego te dedicaste a tus estudios nada más! -Mi padre alterado, gritando... No lo había visto nunca así, igual que si lo estuvieran acusando de un asesinato y tuviera que defenderse a toda costa.

- Mamá, tú que tienes buena memoria lo recordarás, ¿no? 

- No, no recuerdo nada -respondió mi madre, seria, lacónica y mirando al infinito. 

Deduje que habían olvidado (mi madre algo menos) porque aquello les dolió por mí, porque quizás no se lo perdonaran a sí mismos. Por eso les dije que para mí fue una buena experiencia, me fortaleció, aprendí y maduré, y que quizás yo me estuviera equivocando y fueran quince días. No quería hacerles daño. Ahí quedó la cosa... de momento.

Entonces mi padre me dijo: 

- Es que aquel año cuando decidiste dejar de estudiar, suspendiste varias asignaturas en junio, luego las aprobaste todas en septiembre, toda una proeza, pero claro, ese año te lo tomaste de vacaciones, seguramente con esa edad estarías más pendiente de tus amigas y de los chicos... 

- Aquel año, lo que ocurrió fue que pasé varios meses muy mal, por aquella carta.

Mis padres se miran fugazmente muy serios... "Aquella carta..." dice mi padre.

- Sí, estuve muy mal durante meses, hasta que se supo quién la había escrito y por qué.

- ¡No, hija, no! ¡No hagas falsos testimonios! - volvió a gritar mi padre- Aquel mismo día que se recibió la carta, fuimos tú y yo a hablar con el niño que te la escribió, que recuerdo que no estaba, que se había ido de vacaciones y ya lo dejamos. ¡A ti nunca te traté mal, nunca me enfadé contigo por eso! ¡No digas lo que no es cierto!

- Sí, eso fue en julio, cuando fuimos a hablar con el niño, el mismo día en que supe que había sido él. La carta la recibimos en noviembre.

No, no, no... Mi padre casi lloraba gritando no. La negación superlativa. Mi realidad desde mi vivencia y desde la suya eran dos verdades completamente distintas. Ambas eran verdad: la mía porque la viví y no la quise olvidar. La de ellos porque la vivieron y prefirieron olvidarla, transformarla, y pasó a formar parte de su verdad, con todas las de la ley.

Tenía que marcharme al trabajo. Balbuceé un "es que tengo muy mala memoria, sé que siempre me has protegido, papá, lo pasé mal y punto, no tiene nada que ver contigo ni con mamá", mientras me tragaba una lágrima, sonriendo.

Cuando llegué a casa por la noche ya dudaba de mi propio recuerdo ¿y si era yo la que lo había transformado por algún capricho de mi mente? Fui a buscar mi diario de entonces. Allí estaban los dos años trabajados en el taller y la referencia durante meses a mi soledad y mi pena por aquella carta. Hasta no hace mucho también estuvo ahí la carta misma, no quise tirarla, porque no quería olvidarla, pero la tiré hace cuatro años cuando mudé de casa y de vida.

Pensé que no tendría que haber dicho nada, me dije a mí misma "bocazas que has hecho sentir mal a tus padres", me sentí culpable. Hoy, después de muchas horas de reflexión, concluyo que tuvo que ocurrir y que algún sentido ha de tener que así fuera, seguramente para aprender que un hecho presenciado/vivido por dos personas puede arrojar testimonios totalmente incompatibles sin que ninguna de esas personas esté mintiendo.

20 comentarios:

  1. Sin la amnesia selectiva moriríamos mentalmente.

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  2. Mis sufrimientos se atenúan con el tiempo, como creo que pasa con los de casi todo el mundo. Cuando la memoria recupera esos momentos en los que tanto se padeció, el estómago no se anuda, sino que siente una punzada, que escuece pero que ya no hiere. Buscamos la felicidad para olvidar, la dicha contribuye al olvido, y la buscamos a veces sin saber dónde, aunque estemos seguras, de una manera inconsciente, de que tenemos una, que esa una exite. Respecto a lo que hiciste con tus padres te digo lo que antes dijo otro, que no hay placer sobre la tierra que iguale al placer de labrar la dicha ajena, por eso eres madre,te sientes madre y eres una estupenda madre y una magnífica hija.

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  3. No puedo agragar nada a lo que te dije ese día ni mucho menos a lo que te ha dicho jirafas excepto que me alegro que ya no te sientas una bocazas... no lo eres :)
    Besitos de las dos para las dos

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  4. A mi madre le pasa los mismo, ha olvidado todo lo que ha "querido" y se ha quedado con la versión que le interesa.

    Mi gran suerte es que tengo testigos, mi hermano los primeros años, que corrobora palabra por palabra mis testimonios y más tarde mi pareja.

    No eres una bocazas, no, no, no.
    Tú tienes derecho a tu versión, aunque
    para ellos sea mentira.
    Tienes derecho a decir lo que sientes, el mismo derecho tienes tú a hablar que ellos a no sufrir.
    No te sientas mal, esas cosas pasan de vez en cuando, por tranquila que parezca la convivencia, siempre hay momentos como estos.

    Yo prefiero vivir y aprender de lo que viví, pero cuando pueda, olvidar.
    Son muchas cosas, demasiadas, para querer no olvidarlas.

    Un beso

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  5. Siempre te leo, nunca te comento, ¡¡ pero como me llegas!!!

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  6. re-elaborar nuestros recuerdos es terapeutico. los manipulamos para sobrevivir. Lo unico que demuestra su obsesiva negación de los hechos que tu aportabas es el enorme esfuerzo que ha hecho por recordar un hecho traumático. tan traumatico el hecho y tan reelaborado su recuerdo que hasta te ha hecho dudar a ti. por eso acudiste a los papeles...

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  7. Y no solo olvidamos sino que transformamos, siempre a nuestro favor.
    Por eso son perfectos los diarios.
    Que el recuerdo no te haga desgraciada, sino que te de tu maravillosa dimensión.

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  8. Sobre un mismo acontecimiento puede haber tantas realidades como personas lo vivan, si a eso sumamos el paso del tiempo queda un recuerdo distinto y distorsionado de lo ocurrido.
    Perdona si me meto donde no debo, pero como nunca he sido de escribir diarios, ¿por qué guardas ese diario? ¿Qué sentido tiene después de tantos años que lo leas o lo consultes? ¿Por qué conservaste esa carta, que tanto daño te hizo, durante tanto tiempo?
    Por último, las culpas siempre fuera, nunca han sido buenas compañeras.

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  9. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  10. La vida es un espiral, nuestro caminar en ella es asi, los padres generalmente nos imponen su autoridad , pero cuando se hacen mayores pareces niños desvalidos y los errores cometidos con nosotros les borran del disco duro, se hacen dependientes de nosotros, como en su momento nosotros de ellos. Mi padre era el autoritario, pero ahora no se acuerda de como ha sido, lo peor es que condiciono mi yo, ahora soy consciente de que muchos actos de mi vida han sido consecuencia de este problema, por ejemplo, casarme por huir de casa, de un padre autoritario. Espero no cometer el mismo error con mis hijas.

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  11. Yo estoy absolutamente segura, sin embargo, de que es así: cada persona vive las cosas según su propio bagaje y sus propias expectativas. Una especie de simultaneidad de vivencias. Por esto es tan difícil la comunicación y por esta razón es tan indispensable la empatía, el ser capaz de ponernos en el lugar de los/as demás para entenderlas.


    Llevan razón tus padres y llevas razón tú. Con el tiempo nos damos cuenta que las mismas situaciones pudieron ser vividas de diversas maneras, incluso antagónicas.

    La peli Guantanamera, Gutierrez Alea y Juan Carlos Tabío, empieza justamente así: la memoria opuesta de dos ancianos ante un mismo acontecimiento. Bellísima peli, por cierto.

    Besos, Cande.

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  12. Contestando a siempre anónima, es verdad que sobre un mismo acontecimiento puede haber diferentes interpretaciones y podemos buscar en cada una de ellas mil excusas. Pero es un acto de ser muy cobarde decir, esto es lo que hay, cerrar la mente y convertir el corazón en una piedra. Así se rompe con lo más humano que tenemos, seamos lesbianas, heteros... la palabra, la capacidad de abrirnos a los demás y al mundo. Quien no necesita la expresión inclusive de lo doloroso es porque cierra su mente y su corazón a la posibilidad. La expresión es el desahogo del alma y nuestra mayor proeza. Quien no quiere oir, quien se cierra a la expresión se convierte en un ser de piedra. Más como Candela, quiero más gente que se digne a hablar a oir, a equivocarse, porque quien tiene boca se equivoca, pero dispuesta a perdonarse y a perdonar.
    Un saludo.

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  13. Fijate como el mismo olvido de ellos es una manera de hacerte sentir culpable... te fuiste sintiéndote un poco 'paranoica', dudando de tus recuerdos, cargando las culpas de siempre... son dinámicas familiares que funcionan por inercia y lo único que podemos hacer es observarlas para soltarlas y no dejar que nos metan de nuevo en esos circuitos corrompidos. Te mando un abrazo consciente...jaja

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  14. Isabel, ¿en mi comentario hablo de convertir corazones en piedras? En absoluto, pero si esa es la interpretación que haces solo tu puedes saber la causa que te ha llevado a ella.

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  15. PArece que tus padres no se acuerdan de lo que les resultó doloroso. La memoria es una artistaza!

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  16. ¡Que familiar me resulta todo! Ya no recuerdo esas cosas, pero formaron parte de mi crecimiento, en todos los sentidos. Si leo la historia del revés, lo hago con cuidadín y pregunto a mis hijos lo que sintieron antes de declarar mis sentimientos. Claro que existen diferencias entre nosotros, pero no tantas ni en el mismo sentido.(Puede que el matiz cultural y sociológico influya). No le arriendo la ganancia a nuestros padres, ni a sus circunstancias. En el fondo somos afortunadas. Un abrazo.

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  17. Con todos mis respetos, siempre anónima, el tema es que no es bueno dejar de enfrentarnos a lo que nos duela. Es de madurez, enfrentar las cosas y lo contrario es hacer piedra a los corazones. Quizas, la que ha interpretado seas tú, yo he leído. Si tu interpretación ha sido esa, tú sola puedes saber cual es la causa.
    Un saludo.

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  18. Isabel, haya paz, mujer. La paz también forma parte de la madurez, mi corazón petrificado pide paz.

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  19. Comparto contigo esa experiencia de haber escuchado por boca de otros mi propia vida y haberme sentido profundamente alienada. Es una sensación tan extraña... Yo me arrepentí profundamente de haber compartido mi vida con mis padres y mantuve silencio durante muchos años.

    No me parece justo que debas preocuparte tantísimo por si tus padres resultan dañados. Si eso ocurre, no es por ti, es por su manera de procesar la realidad y las emociones que les suscita. Pero tú... sólo comentabas algo que había ocurrido. De verdad te digo que, desde fuera, es terrible la manera en que trataban de imponerte una versión de tu propia realidad, haciendo que incluso llegaras a dudar de la misma (¿quién trabajó en el taller, madre mía?).

    Sé que la paz familiar es golosa, pero leyéndote me pregunto... ¿a qué precio? Y eso que yo me prostituyo por ella...

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