31 agosto 2010

¿Por qué hablan en voz baja los ingleses?


Cuando era pequeña era raro ver por el pueblo a personas extranjeras, tanto que cuando veíamos a personas muy rubias y que hablaban bajito entre ellas salíamos corriendo diciéndoles a todos cuantos encontrábamos a nuestro paso “¡Ingleses, hemos visto ingleses”! Daba igual de qué nacionalidad fueran. Como los españoles somos gallegos en la América latina, los extranjeros eran ingleses en mi pueblecito granadino.

En mi pueblo no había personas rubias, solamente algún bebé a quien, apenas cumplía tres o cuatro años, se le iba cambiando el color del cabello hasta volverse castaño. Los rubios y las rubias adolescentes y adultos de mi pueblo tenían la piel blanca, los ojos de cualquier color y el pelo castaño, por más que las madres se lo hubiesen aclarado durante años con camomila pretendiendo conservar aquel tono rubio-inglés que tuvieron en la primera infancia.

Hablar bajito, esa era otra característica de los “ingleses” que alguna vez caían por mi pueblo, seguramente por azar. Cuando chapurreaban alguna pregunta en español a los lugareños o lugareñas pidiendo información para llegar a algún sitio, lo hacían en voz baja, dulce, melodiosa. Entonces, como eran ingleses y no iban a entender bien las respuestas, se les gritaba. Sí, mucho más alto de lo que la gente ya de por sí hablaba en el pueblo. Se le daban las indicaciones gritando y gesticulando a partes iguales: “USTÉ VE LA PRIMERA CALLE ¿NO? PO EZA NO. LA DE DEPUÉ TAMPOCO. LA OTRA YA ZI. ALLI USTÉ PREGUNTE A OTRO QUE YA LE DIRÁ PA MAYOR CERTECIDÁ" (Esa última palabra no se usaba en el pueblo, era por demostrar culturón). Así, a voces, podrían entender perfectamente idioma, dialecto y argot.

Me preguntaba yo por aquellos tiempos por qué hablaban tan bajito los extranjeros, incluso aquellos niños y aquellas niñas, todos delgados y rubios. El caso era que me gustaba escuchar esas voces. Yo misma nunca hablaba en voz demasiado alta, a pesar de que en mi familia se hablaba “como Dios manda”, pero mis padres y el resto de mi familia solían excusarse en mi lugar argumentando eso de “es muy tímida”. Primera conclusión que saqué de mis investigaciones: los “ingleses”, aparte de delgados y rubios, son tímidos.

Con nueve o diez años averigüé que había otras nacionalidades. También el turismo se fue extendiendo breve pero progresivamente por el pueblo, llegando incluso a ver a un chico negro una vez. Fue un notición cuando fui a contar a todo el mundo que acababa de ver a un hombre negro. ¿Dónde? Por allí. Y allá que iba la gente a ver aquella novedad. ¡Como en las películas! decían. Nos sentíamos ya tan cosmopolitas… Ya supe que había extranjeros rubios, castaños, morenos y hasta negros, casi siempre delgados. Pero eso sí, los forasteros –como llamaban en el pueblo a los extranjeros- siempre hablaban en voz baja. No podía ser que tanta gente fuese tímida. Tendría que ver con la constitución de las cuerdas vocales, quizás menos desarrolladas que las nuestras. Esa fue la aproximación a la segunda conclusión de mis investigaciones así como a principios de la adolescencia.

Pero la respuesta final –eso creí yo- la obtuve una noche de verano cuando estaba toda la familia –padre, madre, tíos, tías, abuelo, abuela y yo misma- sentados en el patio de mi abuela alrededor de una mesa comiendo pimientos fritos y gazpacho. Allí mi tío dijo la frase: “La gente que habla bajo es porque tiene algo que ocultar”. Así pasé algunos años, considerando que la gente de mi pueblo, la gente andaluza y en general la gente española, era gente sana, que hablaba a voz en grito para que los demás supiesen que en su vida no había secretos, contubernios o intrigas.

Quién sabe si no es esa la explicación de base que tiene el hecho de que la gente de aquí hable tan alto, que cuando te sientas a tomar algo en una terraza te tengas que enterar sin querer de que el de la mesa de al lado hizo la mili en Zaragoza, de que a su suegra la hayan operado de hemorroides y de que el niño quiera un helado de vainilla. Gente sana que no tiene nada que ocultar. Que esa especie de convencimiento tan extendido, se haya ido convirtiendo en costumbre sin ni siquiera reparar en por qué se hace. Cuando viajé a Suecia, en un restaurante estábamos sentados dos italianos y una italiana, otro español y yo. El restaurante era grande y lleno de gente, pero no se oía una mosca, excepto de nuestra mesa. La gente nos miraba con cara de fastidio. Un italiano dijo otra frase clave: "Estos son unos reprimidos, viva la alegría hispano italiana". Ea, otra conclusión es que la gente que habla bajo está aburrida, deprimida o reprimida.

Para mí que hace falta ir cambiando el chip, porque estamos en el segundo país más ruidoso del mundo y una de las fuentes de contaminación acústica más importantes es la voz humana, el grito para más señas.

26 agosto 2010

Desarmadas hasta los dientes

Para prevenir la irrupción de ectoplastas de diversas especies y nacionalidades, hace años que pusimos una alarma en casa. Al principio no nos acordábamos y nos metíamos en zonas vigiladas, con lo que la alarma saltaba día sí día no. Pero ya controlamos bien.

Por si acaso hubiera durante nuestras horas de sueño una alarma no provocada por nosotras mismas y con el ánimo de asustar al presunto ectoplasta o de, en caso extremo, hacerme el harakiri, guardé un cuchillito en algún sitio del dormitorio. Pequeñajo, inocente, pero cuchillo al fin y al cabo.

Pues bien, anoche, como a las cuatro de la madrugada salta la alarma. Salgo en pelotas del dormitorio, controlo que la niña está en la cama. Pepa sigue durmiendo a pierna suelta a pesar del ruido ensordecedor que va adquiriendo la sirena.




Si las tres estábamos durmiendo...

tachán...

¿quién había entrado?



Subo la escalera desarmada (iba yo a caer en lo de coger mi arma defensiva, ja!), sin encender la luz -por no darle pistas al intruso o intrusa- y pi-pi-pi desconecto la alarma.

En esto que, ya en silencio, oigo abajo la voz de una mujer desde el control de alarmas, que me pide la contraseña. Bajo la escalera corriendo otra vez y no me acuerdo de cuál es la palabra clave que tengo que decir en caso de peligro o en caso de "no pasa nada". Le digo que espere a que me acuerde y mientras tanto cierro las puertas de las habitaciones para que no se oiga en el edificio la voz de la controladora, que sale altísima del altavoz. Me acuerdo de la palabra clave de "no pasa nada" y se la digo.

-Piiiiiiiiii.... ES QUE HA SALTADO LA ALARMA DEL BAÑO DE ARRIBA ¿OCURRE ALGO? Piiiiiii

-¿Del baño? Ostras, no sabía qué parte había saltado. Un momento, que controlo.

-Piiiiiiiiii.... OK, ESPERO Piiiiiiiii.

No es el baño que tiene emparedada a la ectoplasta.

Subo la escalera corriendo. Miro desde el pasillo la puerta del baño, que está cerrada. Ummmmm... Coño... ¿Quién abre la puerta? ¿Y si me encuentro a un tío ahí que haya entrado por la ventana de la terraza? Me asomo al hueco de la escalera y grito.

-¡Pepaaaaaaaaaa!

-Piiiiiiiiii... SÍ, DÍGAME... Piiiiiiiiiii

-No, no es a usted. ¡Pepaaaaaaaaaa!

Y Pepa sale del dormitorio, desarmada de arma y ropa, como yo. La veo abajo desnuda y con venillas rojas en los ojos semicerrados.

-¿Qué pasa?

-¡Que subas!

-¿Para qué?

-¡La alarma! ¡Sube!

Y ella sube, armada de valor (que se le supone, como en la mili). Se lo explico en voz baja.

-Mira, ha saltado la alarma del baño. La puerta está cerrada. Me cago de susto. Una abre y la otra espera escondida por si hay que defenderse.

Yo me escondo, ella abre, y allí, en el alféizar de la ventana, están Paquito y Lalo. Se nos había olvidado cerrarla. Misterio resuelto. Pepa baja y se duerme antes de apoyar la cabeza en la almohada. Yo hablo con la controladora.


-¡Oigaaa!

-Piiiiiiiiiii... SÍ, DÍGAME Piiiiiiiiiii

-Que han sido los gatos. Muchas gracias.

-Piiiiiiiiiii... DE NADA. BUENAS NOCHES. Clic!

Cerrado por vacaciones

Por fin se termina agosto, un mes con una cosa buena y muchas malas. La buena es que puedo dormir cuando y cuanto quiera.

Agosto es un mes temible. Da lo mismo que necesites un abogado, un médico, un fontanero o el remache para un cinturón. Cerrado por vacaciones. Si te decides a viajar te tienes que concienciar a hacerlo en masa, a pagar mucho más por mucho menos, a esperar durante horas a que te sirvan en un restaurante el pescado con aceite refrito, a reservar con meses de antelación si quieres encontrar un hotel o apartamento medianamente confortable y cerca de algo, de los museos, del mar o de la montaña que quieras visitar. ¿Para cuándo habrá una mente pensante a la que se le ocurra cómo escalonar las vacaciones de la gente a lo largo del año y que el mundo prosiga su marcha sea el mes que sea? Claro, todo depende de "los niños" y sus vacaciones escolares. ¿No puede servir de "pista"?

Nosotras llevamos un mes "de médicos". Es un decir. En el caso de Pepa, lo suyo va por la Seguridad Social. Se pide y se obtiene cita a través de internet con el médico de familia (creo que lo de "cabecera" lo cambiaron por razones obvias). En su caso es una médica. Acude a la cita y está la suplente.


- Mire que llevo ya varios meses de bajón por la muerte de mi padre, por (...) y por (...), porque mi madre se ha quedado con mi parte de su herencia, porque... bla bla... y ya creo que no puedo tirar por mí sola. Creo que necesito ayuda de la medicina, tal vez con un medicamento... Querría que me diese un volante para psiquiatría...

- ¿Cóoooomoooo? ¿Un psiquiatra? ¿Está usted loca? ¿Cree que se le puede dar un volante para el psiquiatra así como así? Yo le mando un antidepresivo y luego ya me cuenta a los 15 días.

- Pero... creo que es cuando empiezan a hacer efecto. Como a los 15 o 20 días ¿no?

- ¡Pues vuelva en un mes!

Así quedó zanjada la pretendida cita con un(a) profesional de la psiquiatría.

- Por otra parte -dice Pepa- querría hacerme un control ginecológico, pues hace más de tres años que no me lo hago. ¿Un volante para ginecología?

- No, no. Ni hablar de eso. La citología se la hacemos aquí en ambulatorio sin necesidad de ginecólogo alguno. Pero de eso hablaremos cuando venga dentro de un mes.

Y eso por contar lo de la Seguridad Social. Lo mío va con Adeslas. Mi médico habitual está de vacaciones y el anterior también, y mi dermatólogo, mi ginecóloga y mi internista. Me he tirado todo el mes telefoneando para pedir una cita -soy de las que piensan que las urgencias sólo deberían utilizarse para lo realmente urgente y no colapsarlas por un moco y dos toses- al centro de salud de Adeslas, que en agosto solamente funciona por las mañanas. Creo que tienen la consigna de no atender las llamadas telefónicas, porque 4 o 5 llamadas diarias sin responder, mosquea... Al final me he presentado allí y he dicho: Quiero un médico o médica pero YA. ¿De qué especialidad? Me da igual, con que tenga el título de medicina...

En nada empieza septiembre. Con él la masa y el bullicio cambian de lugar. Las playas se vacían y las ciudades se llenan. Medicina, enseñanza, abogacía, juzgados, tiendas de repuestos, talleres mecánicos... reanudan su actividad. Las colas para llegar a la playa se transforman en colas para llegar al trabajo. Las pocas veces que se me ocurrió ir en agosto a la costa a pasar unos días de vacaciones me hacía gracia comprobar que mis vecinos de todos los días eran mis vecinos en el apartamento de verano. Toda la gente con las mismas prisas y agobios de los meses laborales, pero con uniforme diferente y, eso sí, mucho más morena.

21 agosto 2010

Flight or fight - Huye o lucha

Fue la clásica respuesta "lucha o vuela".
La próxima vez intenta volar.


Imagen obtenida en internet de Drunkablog


"Flight or fight" es el mecanismo del que hablan los expertos en el cerebro humano cuando se refieren a la amígdala, el núcleo cerebral, la más primitiva de sus capas, que debería activarse en situaciones de peligro inminente. La amígdala nos impulsa a huir o a luchar, según el resultado obtenido de un velocísimo análisis de la situación y de las posibilidades que tendremos de sobrevivir si optamos por la lucha o por la huída.

Mientras la amígdala está activada se desactivan las capas más externas del cerebro: las que rigen otras funciones corporales como la sexualidad, el apetito, la reflexión, el análisis o la digestión. Por eso, cuando durante mucho tiempo tenemos activa la amígdala, es decir, vivimos en una sensación prolongada de riesgo vital -generalmente más imaginaria que real- empezamos a sufrir problemas de salud, como desarreglos hormonales, digestiones pesadas, falta de concentración en el trabajo y respuestas agresivas a situaciones cotidianas carentes de peligro.

Vivimos con demasiada crispación. Desempleo, falta de educación en sencillos valores de convivencia, baja tolerancia a la frustración y -añado de mi cosecha- una mal entendida protección al menor y una casi total ausencia de respeto a las personas ancianas.

Me pregunto qué mecanismos se activaron en cada una de esas personas tras el leve incidente de tráfico que terminó con una mujer muerta en Madrid. La mujer -según una testigo- insultó al anciano. El anciano se "defendió" de la mujer disparándole en la cara y se "defendió" del resto de los presentes, incluso transeúntes, a tiro limpio. Para acabar de "defenderse" volvió y remató a la mujer con otro disparo. El marido de la mujer huyó y salvó la vida... Sin más conocimiento de causa que el que he extraído de las noticias publicadas al respecto, creo que el marido fue el único que utilizó bien el cerebro.

Aquí dejo el vídeo del programa de TV3 "A la carta". Bueno para pensar.




Y si no se ve el vídeo aquí, prueba AQUÍ.

20 agosto 2010

Ectoplasta. El desenlace

Quien llegue hasta aquí, que no se pierda los comentarios-desenlaces del post anterior. Son pocos pero divertidísimos.

Durante la semana que tardó Manolo en venir, ni que decir tiene que mantuvimos nuestras medidas de seguridad y que además coloqué una lámpara en la escalera de bajada. De haberse materializado la ectoplasta no podía ser lo mismo verla en todo su esplendor que desdibujada en las sombras, como aquella primera vez.

Aparte de eso, cuando intuía su cercanía, bajaba al sótano para ver si tenía allí su tractor -un todoterreno oscuro como ella, con el que invade parte de mi plaza de garaje-. Varias veces llamé a su puerta -la de verdad- para avisarle de la inminente visita de Manolo, pero nunca abrió. Le dejé varias notas debajo de aquella puerta pidiéndole que me confirmase que tal día y a tal hora se encontraría en casa o, de otro modo, que me dijese cuándo. Como se acercaba el día D y la hora H, pensé que quizás mejor dejarle las notas debajo de la puerta enana. Resultado: cero.

Manolo: No puedo quitar esa puerta, porque nos metemos de patitas en su casa.

C: Ella está ahí, la intuyo, pero si no se materializa pasaremos a la alternativa B: Hacer un muro de ladrillo y cemento justo a este lado de la puerta enana, aunque se pierda un trozo de mi cuarto de baño.

Manolo: Sí, esa es la única solución, pero tiene mu malafollá la cosa, con lo fácil que sería... Y además, ¿para qué quiere la tía tener una puerta en su piso que, si la abre, se da de narices con un muro?

C: Por joder.

Manolo: ¿No tiene otra manera más agradable de hacerlo?

C: No.

Manolo: ¿Te tiene manía por algo?

C: Sí, por frustrarles un timo.

Dejo a Manolo con sus ladrillos y mezclando su cubeta de cemento y me subo arriba. Al cabo de unos minutos Manolo grita:

¡Candelaaaaa, hay una señora en el baño!

Bajo corriendo y la veo allí en mitad, dando instrucciones. "No puede hacer el muro tan cercano a la puerta, porque esa parte del cuarto de baño desde la puerta a medio metro más allá me pertenece. Fue un trozo de piso que yo le cedí a mi hermana cuando construían el edificio".

Manolo la mira con la boca abierta, con la paleta en una mano y un ladrillo en la otra. Rompo el hechizo y le digo a Manolo: "Procede como estaba previsto, ni puto caso". Manolo, que no sabe que está tratanto con una ectoplasta, intenta convencerla de que lo más adecuado para ambas es que se retire la puerta y que se haga un muro en su lugar. Le promete que le dejará su parte bien enyesada y pulida y que, incluso, se la pintará. La ecto se da la vuelta con un coletazo de dignidad y desaparece en el más allá. Eso significa NO.

¡Ostia, se me ha secado el cemento!, se lamenta Manolo, tirando en un saco la pasta endurecida y procediendo a hacer otra nueva. Vuelvo a mis cosas y al rato oigo un rifirrafe en el baño. Bajo.

"¡Quiero la parte de la manivela que da a ese cuarto de baño!", le ordena la ectoplasta. "Pero si quito esa parte, la manivela se cae del otro lado", le contesta Manolo. "¿Está usted sordo? Repito ¡quiero YA esa parte de la manivela!". Manolo deja lo que está haciendo, se pasa al más allá y desatornilla la manivela. Le entrega "mi parte" y la suya se queda en tenguerengue. Se cierra la puerta enana y la ectoplasta se queda al otro lado. Manolo tira de nuevo la cubeta de cemento seco, prepara otra y se dispone a partir ladrillos y levantar el muro dentro de mi cuarto de baño. Voy viendo subir el tabique y por dentro me voy cagando en to lo cagable. ¿Se puede ser más gilipollas? Se ha quedado con una puerta enana en su pasillo, con un agujero en lugar de la manivela, y todo por joder de la única manera en que puede hacerlo. Pero ¡por fin tendré algo de intimidad!

Cuando el muro se alzaba como metro y medio (lo sé porque era casi tan alto como yo), de la otra parte asoma el flequillo de la ectoplasta. "Lo he pensado mejor, quite la puerta y haga el tabique en su lugar". ¡Bingo!


Martillazos y cascajo al saco. Unas horas más tarde, estaba resuelto el problema de la puerta enana. Manolo tuvo la precaución de anular el interruptor de la luz que había en el más allá. La ectoplasta siguió ejerciendo de tal, pero eso ya forma parte de otras historias.

19 agosto 2010

Historias de la ectoplasta y su hermana. Capítulo III

La maldita puerta enana estaba todavía en mi baño. La anterior propietaria no había cumplido su parte del contrato por el que la habría tapiado antes de la escritura. Me dijo que no encontraba albañil y le propuse mandarle al mío, Manolo "el manitas". Le presupuestó 50 euros y le pareció un robo a mano armada. Después de aquello la donna desapareció.

La escalera que da a la planta inferior, donde está ese baño, no tenía luz todavía. Mis hijas y yo bajábamos por la noche a tientas, sin hacer ruido y con la mirada fija en el fondo oscuro del pasillo. Cualquier ruido nos hacía dar un respingo. Además de ser fea y mala, a fuerza de tener malafollá la ectoplasta tiene impreso un gesto invariable, como las arrugas de expresión de la gente normal, sólo que a ella se le ha levantado el labio superior y enseña los dientes, lo que le da un aspecto de que hueles a mierda y de que, a pesar de eso, te quiere morder. Y luego esa fea costumbre de materializarse en mi casa...

Si a media noche había que ir a ese baño, primero encendíamos la luz, asomábamos la nariz y mirábamos la puerta misteriosa. La jodida puerta se abría hacia el lado ecto-plasmático y era por allí por donde tenía el pestillo.

Al segundo día de vivir aquí y en espera de que pudiese venir "el manitas" a tapiar la puerta decidí poner algún sistema de seguridad. Bajé a comprar una cuerda fina de plástico con núcleo de acero. Até fuertemente un extremo a la manivela de la puerta enana y el otro a la base de la taza del váter, que está en el extremo opuesto. Para conseguir abrirla tendría que arrancar el váter del suelo.

Como la manivela tenía la manilla plana, le puse encima unos granos de pienso de los gatos para saber si en algún momento la ectoplasta hacía el intento de entrar cuando dormíamos o habíamos salido de casa. Pero incluso con esas medidas de seguridad, se presentía una presencia al otro lado de la puerta enana, unas veces en forma de aliento, otras por el roce de la bata y las más porque de pronto nos apagaba la luz. Y es que mi baño tenía dos interruptores conmutadores, uno en mi pasillo y el otro en la mansión ectoplasmática. Las funciones corporales se congelaban en nuestros cuerpos.

En mi mente había muchas preguntas, la primera era ¿Conseguiré ponerme de acuerdo con el ente para quitar la puerta y poner ladrillos en su lugar? Sin acuerdo aquella puerta era intocable, un acceso abierto al más allá.


El desenlace está en vuestra mente... Dejadla hablar libremente.

Historias del ectoplasma y su hermana. Capítulo II

El ectoplasma nos prohibió volver a entrar al piso, bajo amenaza de llamar a la policía, hasta que no estuviera firmada la escritura *. Ya estaba todo arreglado, puertas nuevas, pintura, arreglos de obra, descalcificador, toldos y aire acondicionado. 30.000 euros entregados como señal, 300 euros que le di a la hermana de la ecto para que saldara su deuda con la comunidad... ¿Escritura? Me sentía a las puertas de ser víctima de un timo cuando supe que ni a la ecto ni a la hermana se les conocía oficio pero gastaban coches ostentosos, ropa exclusiva, mobiliario de Roche Bobois y recursos para eludir sus numerosos requerimientos judiciales de pago de deudas.

Cuando nos echó la cosa, faltaban dos días para firmar la escritura y yo no sabía ni en qué notaría ni a qué hora se iba a hacer y lo último que había sabido de la dueña es que no podía conseguir no sé qué documentos indispensables. Hacía más de una semana que la llamaba en vano. Primero respondía al teléfono con evasivas tipo “luego te llamo” para más tarde dejar de responder. A final de mes tenía que entregar el piso donde vivía y ya me veía con el hatillo y la niña en la puñetera calle.

Hablé con un abogado de mi confianza y le propuse darle un poder notarial para hacer todas las gestiones relacionadas con la compra del piso nuevo: localizar a la propietaria prófuga, comprobar que todo se llevaba a cabo correctamente y firmar en mi nombre la escritura, en el caso de que ese acto tuviera lugar.

Mis llamadas no las atendía pero el teléfono del abogado le era desconocido y contestó. Cuando escuchó aquello de “soy fulano de tal, abogado, y represento a fulana de cual en el tema de la compraventa de su piso xyz”, le respondió algo y colgó. Se tomó un minuto para transformarse de adorable pija rubia en Regan McNeil y después marcar mi número, minuto que aprovechó el abogado para llamarme y decirme: “Te va a llamar, no te asustes aunque la tía acojona”.

Estaba segura de que mientras me gritaba se le atornillaba y desatornillaba la cabeza y echaba espuma por la boca. Lo más bonito de toda la retahíla de cosas que berreó, sin puntos ni comas, fue “hijadelagranputa”. Luego colgó.

Dieciete días más tarde de lo previsto se firmó la escritura sin mi presencia. Tenía un solo día para hacer la mudanza antes de entregar mi piso anterior. Todo se hizo. Me revolqué en el suelo, abracé y besé los pilares y alcé los brazos hacia mi trozo de cielo frente a la carcajadas de Maya. Sí, todo eso era ya mío. Ni cien ectoplasmas con hermanas habrían podido con nosotras.

Pero en mi cuarto de baño estaba aún, como una amenaza, la puerta enana.

* Después supe que, ley en mano, yo sí habría podido llamar a la policía por allanamiento de morada de la ectoplasma.

18 agosto 2010

Historias del ectoplasma y su hermana. Capítulo I

Cuando decidí cambiar mi escenario vital puse en venta mi casa y casi simultáneamente encontré la actual, hice el contrato privado de compraventa y pagué la señal. La escritura se haría en un plazo de tres meses, pero la vivienda estaba desocupada y la propietaria me dio las llaves por si quería ir pintando, cambiando puertas o haciendo obras de mejora antes de escriturar.

Había una minipuerta que comunicaba con el piso anexo. En él vivía la hermana de la propietaria del mío, tan bien avenidas las dos que en vez de ir a visitarse por la escalera lo hacían por esa puerta enana que se encontraba en mi cuarto de baño.

Ya había hecho cambiar las puertas, colocado el aire acondicionado y pintado las paredes de mi futura nueva casa. Por fin sin albañiles ni pintores pululando por ahí, una mañana me puse a arreglar unas baldas del armario en lo que hoy es mi estudio, subida a una escalera. De pronto entreveo, en medio de la oscuridad del pasillo, una especie de ectoplasma alto, oscuro, delgado y con bata de flores que me mira fijamente. Doy tal respingo que se me cae el martillo en el pie y no me duele. Digo hola como habría podido decir socorro, bajito, bajito. ¡Fuera de la casa de mi hermana! me grita con su voz ectoplasmática, pastosa y ronca. Salto de la escalera, paso junto al ectoplasma -o lo atravieso- y corro a buscar a mi hija pequeña que está en la terraza. La cosa debió de seguirme porque unos segundos después encuentro a la niña con la boca abierta mirando algo que había detrás de mí.

16 agosto 2010

Editado con fotos: Cosas así les pasan a fumadoras educadas

Editado para colocar las fotos que hizo Tantaria y que acaban de llegarme al correo

Más o menos. La figura verde con cuadrado amarillo es Pepa y su bolsa de patatas.

Subimos al coche Mercedes, Tantaria, Pepa y yo y nos encaminamos hacia el pueblo donde teníamos la cita estelar. Una hora y cuarto es el tiempo que se tarda en llegar. Como sabemos que Tantaria no solo no fuma sino que además le horroriza el humo del tabaco, ni a Mercedes ni a mí se nos ocurre fumar en el coche. Pepa no es fumadora, pero en contadas ocasiones le apetece un cigarrillo, sobre todo cuando no la dejan. A la media hora de trayecto, un atasco descomunal, de ese que ves kilómetros de carretera delante de ti y ningún coche avanza allá a lo lejos. La gente sale de los coches a ventilarse y estirar las piernas. Mercedes y yo decidimos aprovechar para fumarnos un cigarrillo en el minúsculo arcén, junto al coche. Pepa dice que hasta a ella le están entrando ganas de fumar y se sale con nosotras con un cigarrillo y una bolsa de patatas fritas. Por si acaso hay que mover el coche dos metros, que es lo máximo que se puede avanzar cada diez minutos, Tantaria se pone al volante.

Ese fue el momento crucial, el de Tantaria al volante. La cola de coches se empieza a mover ligeramente, 10 metros, 20, 100, 200... Mi coche se va alejando y vemos que toda la cola de coches realmente se pone en marcha, lenta, pero continua. Tiramos los cigarros y echamos a correr por el arcén, pero no lo suficiente como para acercarnos al coche. Alguna vez lo tuvimos cerca, a 50 metros por el carril de la izquierda. Cuando estábamos a punto de alcanzarlo, otra avanzadilla de 200 metros. Mercedes iba la primera, con cara de preocupación. Parecíamos linces las dos. La limitación de velocidad era 60 km/h y Mercedes gritaba "Nos va a caer un puro como nos pille el radar". Yo miraba hacia atrás a Pepa, que se iba quedando lejana... lejana... cada vez más, caminando a velocidad de paseo bajo la luna y comiendo patatas fritas. El coche cada vez más lejos, ya no lo veíamos. No se podía apartar al arcén porque eso era casi inexistente, ni había salidas a menos de tres kilómetros. Los coches pasaban rozándonos el culo y a Mercedes se le ocurrió coger, para hacernos más visibles, una señal de obras que había por allí, pero no la pudo desatornillar del quitamiedos. Nos pitaban, soltaban carcajadas por las ventanillas. Nuestra dignidad tirada por el arcén izquierdo de una autovía y Tantaria se llevaba nuestros chalecos de seguridad, móviles y bebidas. Nos habíamos quedado con lo puesto y un encendedor. La flema de Pepa no nos dejaba avanzar a buena velocidad. Frenábamos un poco, la esperábamos, no la íbamos a dejar tirada en medio de la autovía, porque aunque llegáramos a alcanzar el coche, luego habría que esperarla y no había modo de hacerlo sin detener toda una fila kilométrica de coches.

Con la lengua fuera Mercedes y yo llegamos cerca del coche, a unos 100 metros. Allí dentro estaba Tantaria, con el móvil sacado y haciéndonos fotos, tronchada de risa. No sé los kilómetros que pudimos correr al solazo de las 7 de la tarde cuando por fin Mercedes y yo conseguimos alcanzar al coche. Por un momento Mercedes hizo amago de subirse, luego dudó al ver que Pepa era un punto en el arcén, pero luego lo decidió mejor y se subió. Por suerte hubo un nuevo parón del tráfico, que permitió que Pepa nos alcanzase y se subiera al coche, relajada y harta de patatas fritas. Mi camiseta empapada, mi corazón a 180 y yo misma, nos pusimos al volante. Por fin.


En el círculo rojo, Mercedes se va acercando al coche. Detrás voy yo, pero apenas se ve. Pepa está "en otro plano".


Ampliación de la foto anterior: Mercedes a tres coches de la meta

Yo, con el paquete de tabaco y el encendedor triturados en la mano derecha, derrengada pero feliz de haber conseguido llegar. ¡Menos mal que llevaba las gafas puestas cuando Tantaria me "robó" el coche!

La mano en la puerta es de Mercedes: "Lo siento por Pepa pero yo me meto".

Conclusión: En el próximo atasco le toca correr a Tantaria.

P.D. Me duele todo el cuerpo

15 agosto 2010

Risas y lágrimas de agua y de fuego

A las horas que son no tengo el cuerpo para contar los buenos momentos que he tenido en los dos últimos días, pero contaré algunos: Hemos conocido a cinco chicas ¡de golpe! Tantaria, Nocheinfinita, Quiz y dos más que no son blogueras, una que yo sepa, la otra que no lo es "todavía". Vinieron acudiendo a la llamada de una noche de estrellas fugaces. Nosotras dos, anfitrionas, hicimos lo que pudimos y más (por lo de "más", lease el post de las fumadoras educadas). Hasta compramos un frigorífico para tener por lo menos cubitos de hielo, porque allí donde el señor perdió la gorra, aunque lo hubiéramos ido a comprar, nos lo habríamos tenido que beber por el camino.

Hicimos coincidir la lluvia de estrellas de la noche del 13 con la inauguración oficial de la cueva. Barbacoa de carnes -y verduras para las cuasi vegetarianas y omnívoras-, bebidas -incluidas el agua del grifo, la de Lanjarón y la de Valencia (¡qué rica!)-. Nos trajeron preciosos regalos de Madrid, Valencia y el Tibet. Pasaron a saludarnos las vecinas, a las que invitamos a tomar unas viandas y una copita, pero ambas rehusaron: una acababa de "apañarse con su cuñada" (entendí por el contexto que había cenado ya con ella) y la otra estaba operada de la vesícula. Escuchamos música, nos hicimos fotos, rompimos el hielo. ¿Qué hielo? El que dije antes, casi que no hubo del otro. Bueno, un poquito sí o me dio esa impresión. En total éramos nueve mujeres, entre ellas Lex y Mercedes. Para una no fue buena noche: ¡le dijeron 3 veces no, con lo bien que digirió los dos primeros! (contó mal, jaja) Por último acabamos en el techo de la cueva, cuatro sobre una manta, dos sobre otra, una tirada entre dos coches (aparcados en el tejado), una itinerante. Otra más se quedó sufriendo las negaciones en la soledad del porche y pasando de San Lorenzo y las p...(piii) lágrimas de los c...(piii).


La luna acabó por descubrirse


Bueno, he de decir, en honor a la verdad, que la tarde se nos plantó en lo alto bastante gris, por lo que habíamos decidido que las estrellas seríamos nosotras, llovidas para la ocasión de distintas partes de nuestro universo blogueril o asimilado, brillantes y fugaces, casi todas en la misma dirección, cada una distinta de las demás. Las lágrimas de San Lorenzo primero fueron de agua, agua de verdad caída del cielo, breve y fugaz. Más tarde ese mismo cielo comenzó a dejar grandes claros, y fue cuando cogimos camino y mantas y nos fuimos al monte (tejado) a ver cuántas de fuego podíamos avistar. Algunas llevaban un objetivo mínimo: Que me dé para mis tres deseos. A mí para mis cuatro. A mí las que vengan. Yo me conformo con una... Casi piso a Quiz que, vestida de oscuro, se camufló entre la manta y el negro de la noche. Pau y yo fuimos las ganadoras con 8 y 9 estrellas fugaces en nuestro haber, respectivamente. Sobre una manta para dos estábamos mucho más centradas que las otras (demasiadas para una manta, se chinchaban, no se estaban quietas y además una estaba puesta del revés, mirando hacia donde no se veía nada). Poco a poco, cubiertos los objetivos mínimos individuales, nos fuimos retirando al porche y más tarde a nuestros aposentos. Esta última parte es privada y no puedo contarla (porque no me la sé).

Hoy las trogloditas (éramos cinco) hemos desayunado tres veces: Primero café con leche y tostadas, después sandía y por último cervezas con rebanadas de pan, queso y chorizo. Luego hemos ido a comer (¡!) a un mesón todas juntas, trogloditas y urbanas. Allí hemos pasado buena parte de la tarde, comidas y bien bebidas, habladas y escuchadas, más reídas y menos reídas. Y también en ese punto nos hemos despedido. Quiz, Nocheinfinita, M y Pau se quedarían un poco más en el pueblo. Lex (también llamada Marca Pola, recién llegada de Nepal, tenía que irse a preparar el próximo viaje a Nueva Zelanda), se marchó sola. Tantaria, Pepa, Mercedes y yo, nos subimos a mi coche y nos vinimos a casa. Pepa, Mercedes y yo teníamos ya acordado (con el voto negativo de Tantaria) que si había atasco y nos entraban ganas de fumar, sería una sola la que iba a correr detrás del coche.


De regreso a casa

Noche, Quiz, Tantaria, M. y Pau: Gracias por dejarnos compartir con vosotras esta lluvia de estrellas con vuestra espontaneidad, buen carácter y sentido del humor. Pau, has sido todo un descubrimiento.




P.S. Dice Tantaria que lo que tengo en el brazo es el epicóndilo (la que he liado para que no se me olvide la palabrita) de no sé qué. Vamos que es algo que tiene que estar ahí pero a mí me parece que me ha nacido de golpe. En el brazo derecho no debo tenerlo todavía :/

13 agosto 2010

Lo que hace por ti un aplauso, un abucheo, una orientación o nada


Estoy segurísima de que escribí este post en otra ocasión. Además recuerdo el comentario que hizo Marcela, pero hoy he ido a buscarlo porque necesitaba algo de él y no lo he encontrado. De modo que volveré a contar aquel experimento. Tiene mucho que ver con mi post anterior Cuando no sabes por qué un día ya no existes y sobre la desorientación que produce el sentir que se nos ignora.

Éramos un grupo de unos veinte profesores y profesoras que asistíamos a un curso sobre inteligencia emocional. Junto con otros dos, uno para prevenir el estrés en el profesorado y otro de teatro, son los tres cursos para profesores de los que más he aprendido como persona... y l@s profes somos personas, aunque se olvide con frecuencia.

Aquel curso sobre inteligencia emocional estaba impartido por un psicólogo del que tomé nota por si alguna vez tenía necesidad de él y se llama Paco Morales. Uno de los muchos experimentos que hicimos en aquellos días no supimos qué objeto tenía, fue un misterio mientras lo realizábamos, sólo teníamos instrucciones sobre cómo actuar, pero las conclusiones que obtuvimos al final fueron claras y unánimes.

Cuatro profesores tenían que salir fuera del aula donde hacíamos el curso. Los demás nos quedábamos dentro y recibíamos instrucciones del psicólogo. Hicimos según nos dijo.

Hizo como 15 o 20 bolas de papel y buscó la papelera antes de llamar sucesivamente a los "conejillos de indias" que se habían quedado fuera.

Primero

Hizo pasar al primero de los que estaban fuera. Tenía que visualizar el lugar en donde se encontraba la papelera, a unos tres metros de distancia. Después le vendaría los ojos y tendría que encestar a ciegas el máximo número posible de bolas. A ese primero el público (los demás que estábamos allí) tendría que orientarlo, si acertaba con un ¡bien!, si erraba con ¡un poco más a la derecha! ¡uyyyy!, ¡casiiii!

Terminado el recuento de bolas encestadas, se le hizo salir fuera de nuevo y se hizo pasar al siguiente.

Segundo

Tenía que hacer lo mismo que el primero, pero en este caso, hiciera lo que hiciera teníamos que abuchearlo en cada tirada, acertara o no. ¡Buuuuhhh!, ¡qué mal!, ¡no das ni una!... Cómo se esmeraba el chico. Si tiraba a la derecha, a la siguiente desviaba el tiro a la izquierda, pero parecía que no daba ni una.

Tercero

A ese había que aplaudirle las tiradas, acertara o no. ¡Qué entusiasmo en el público! ¡Qué chulería se le puso al tirador! Ya las tiraba incluso de espaldas o haciendo saltos mortales. El resultado era siempre el mismo: la aclamación y el fervor popular.

Cuarto

Pasó el cuarto, se le explicó lo que tenía que hacer, encestar con los ojos vendados. Mientras tiraba sus bolas el resto de quienes estábamos allí de público tenía que permanecer en absoluto silencio. Ni una palabra, ni un ánimo, ni una orientación, ni un abucheo. Silencio absoluto.

Tiró la primera bola. Silencio. Imaginamos que cuando estuvo fuera del aula habría oído los gritos que dedicábamos a sus anteriores compañeros en el experimento.

Tiró la segunda bola. Silencio.

A la quinta o sexta bola estaba visiblemente nervioso. Ya empezó a preguntar ¿Pasa algo? ¿Estáis ahí? ¿Pero qué pasa? Al terminar sus tiradas y quitarle la venda, casi lloraba. Tardó bastante en recuperarse.

Resultados

Cuando el último terminó, pasaron todos adentro. Ya se había hecho el recuento de bolas acertadas para cada uno. El psicólogo puso los resultados en la pizarra.

¿En qué orden quedaron?

El de mayor número de aciertos fue el primero, seguido a buena distancia del segundo y el tercero, que estaban casi empatados. El gran perdedor fue el cuarto, el ignorado. Después había que sacar conclusiones del experimento.

En especial para Chris

Cuando no sabes por qué un día ya no existes

"Yo, por principio, no como pizza".
Frase memorable pronunciada por un individuo de grandes principios (2001)


Si tienes una bronca con alguien y de ahí en adelante deja de saludarte o cambia de acera cuando te ve, se comprende. Lo mismo si le has hecho la pascua, sin querer o queriendo. Puede que incluso si te disculpas por una metedura de pata ya nunca más te vuelva a dar cuartelillo, que hay gente que tiene muy mal perdonar. Hasta ahí, mal que bien, se entienden las cosas.

Pero cuando alguien de buenas a primeras te hace sentir invisible sin que sepas el motivo y -lo peor de todo- cerrando puertas a la posibilidad de preguntar si es que pasa algo, se te crea una zozobra que muchas veces no debería tener razón de ser. En casos así quien posee una buena inteligencia emocional opina que lo mejor es dejar de zozobrar, olvidarse del desprecio, no pensar en ello, en el fondo sus razones creerá tener, tiene derecho a ignorarte, con lo que tú no tienes obligación alguna de darle vueltas a la cabeza. Pero no todo el mundo goza de suficiente asertividad (de base o por determinadas circunstancias), con lo que a veces ese sentir que te ignoran sin saber por qué puede resultar un hueso duro de roer.

¿Qué causas pueden llevar a una persona a rechazar a otra de esa manera, de un día para otro, sin palabras? Creo que tantas como personas haya que se comportan así, incluso porque "por principios" no le gustan los (da igual qué... budistas, periodistas, géminis, omnívoros, vegetarianos u ornitólogos) y acaba de descubrir que fulana(o) lo es. Aunque lo más común es que "nos haya dado la impresión" de que nos ha mirado mal, que su sonrisa tenía doble intención, que aquel comentario iba por donde iba, que se la tiene muy creída, que busca popularidad o mil "impresiones" más.

Claro, al principio no caes. Bienpensante que eres, crees que no se habrá dado cuenta de tu saludo, que no habrá escuchado últimamente tus llamadas telefónicas, que no te vio porque se le cayó al suelo accidentalmente el bolígrafo a la vez que pasabas o que tus e-mails acaban en la carpeta de correo no deseado. Hasta que al final no te queda otra que reconocer que te ha puesto las cruces.

Es curioso que esas cosas ocurran con frecuencia con personas a las que si algo les has hecho ha sido bueno. El rechazo, el "no te conozco", con mucha frecuencia va en relación directamente proporcional a lo bueno que un día hiciste por esa persona. Como si admitir eso que recibieron les produjera un grave malestar, un sentimiento de deuda eterna, como si de un momento a otro les fueras a pedir una compensación, como si te viesen en un insoportable plano de superioridad o como si se avergonzaran de antemano de que tú, hipotéticamente, un día, fueses por el mundo contando que le sacaste las castañas del fuego o que le regalaste cuando los necesitó los únicos 100 euros que tenías ahorrados. (Hay quien, incluso, en casos como estos, prefiere sembrar cizaña en vez de ignorar, o las dos cosas a la vez, que en todo hay grados).

¿Qué haces en esos casos cuando eres el sujeto pasivo?

¿Alguna vez pensaste/creíste/supiste algo malo de alguien que te llevó a ignorarlo/perjudicarlo y que con el tiempo resultó ser falso?

12 agosto 2010

Limpiar cobres, cantar, dúos y tríos

Por más vueltas que le habíamos dado a la manera de tener bebidas frescas para la noche de las estrellas, no habíamos dado con la solución. Tenemos tan metido en la cabeza lo de ajustarnos el cinturón que, además de perder peso para poder usarlos y ajustarlos, no nos salían las cuentas. Pero de pronto nos echamos al monte ¡a comprar un frigo! En algunas tiendas tardarían días en llevárnoslo, en otras hasta septiembre nada que hacer, pero me acordé de unos amigos -por eso hay que tenerlos hasta en las tiendas de electrodomésticos- y les dije que mandaran uno majo y barato que tuvieran en almacén. Al día siguiente, o sea ayer, nos lo llevaron.

Con la lección de tetris que nos dio Farala, conseguimos meter en mi coche una mesa grande de terraza, seis sillas de plástico -no plegables-, una Pepa, una Mercedes y una servidora. Y allá que nos fuimos para el pueblo, Mercedes en la parte de atrás del coche, con un solo asiento estrecho como el de un bebé y el tablero de la mesa como sombrilla.

Llegamos, esperamos tomando zumos de naranja en un bar mientras llegaba la furgoneta con el frigorífico y, cuando llegó, nos fuimos para la cueva. Lo montaron y se fueron. El empleado de la tienda nos miraba con cara de "estas tres, peladas, con un buen coche y una cueva, son rarillas".

Cuando se marchó, Pepa se puso a quitar el moho que se había puesto en las paredes después de muchos días cerrada, en tanto que Mercedes y yo nos pusimos a limpiar los cobres, como mujeres de antaño, buscando las canciones apropiadas. A Mercedes la de la bien pagá no le parecía apropiada para limpiar el cobre, ni nos pusimos de acuerdo sobre si el novio era torero, bombero o barbero, o si los niños tenían la cabeza como un tambor o como un farol.


video


Nos entró frío. En la calle ayer no podía soportarse el calor, pero dentro tuvimos que poner la calefacción y aún así al rato de limpiar el cobre, a Mercedes y a mí se nos helaron los cuerpos. Me fui a la cama a meterme debajo del nórdico. Al rato se vino Mercedes.


Cuando Pepa terminó de desenmohecer y de grabarnos con su móvil, se agregó al grupo, helada también ella. Y el dúo fue un trío. Hasta que por fin se nos calentaron los cuerpos.



No se nos ocurrió otra cosa que irnos a la cama que hay justo frente a la puerta de entrada, que estaba de par en par, con vistas a la calle. Lo único que faltaba es que se acercara Josefa (la vecina) a pedir sal.

Una jornada divina y divertida, hasta que a la vuelta Pepa empezó a no poder respirar bien. Ya por la noche estaba agobiada buscando el Ventolín. Nunca le había pasado tener un brote de asma desde que nos conocemos, a pesar de que estamos rodeadas de gatos y olivos. Esta mañana ha encontrado la respuesta en internet: el polvo del moho es terrible para quien padece asma. De todas formas se lo quité con mis métodos caseros intuitivos (eso es lo que quiero creer, aunque seguramente se le quitó porque el sueño pudo más que la falta de aire), y se durmió como un angelito.

¡Este post te lo dedico a ti, nuestra preciosa Mercedes!

08 agosto 2010

La tajá

Iba a poner una foto del momento, pero la cámara está como yo, sin batería. Usad la imaginación.

Me he despertado de mi noche hace un ratillo, como a las 7 y media (de la tarde). Enseguida suena el móvil y es Tantaria. No sé de lo que estábamos hablando, sólo recuerdo que se ha cortado de pronto.

Me llega un SMS suyo:

- Te llamo cuando se te pase la torrija.

Le contesto:

- ¿Por eso me has colgado?

Me responde:

- ¿Cómo te voy a colgar? Has sido tú con tu tajá de magdalenas.


Tengo que hacer un test entre mi alumnos ¿qué chorradas les digo en las primeras hora de clase? Desde que me despierto estoy dos horas con la torrija.

Oño, está lloviendo, y estoy en la terraza.

Me he encontrado esto: Para mi bella durmiente. Muxuxuxuxuxuxu.

Adióssssssss.


El amanecer que no has visto

Te dejé dormida y ahora voy a despertarte con unos churros, para la dieta :P

Habría querido compartir contigo, después de nuestra noche, la noche mía y esta casi luz del día que empieza. Sabes que si atrapo algún amanecer no es tanto por levantarme pronto como por no haberme acostado.

Para mi ángel






07 agosto 2010

¿Y esto es un jardín?


A ver quién encuentra una patología para esa piel... y si encima acierta con ella y con el lugar del cuerpo donde se encuentra.

06 agosto 2010

Pasa esto

Esto es un brazo izquierdo -el mío- , la parte en la que se ven las venas, de donde sacan sangre. ¿No ves nada raro?



Lo mismo si te lo señalo...


Otra foto. Ampliación zona

05 agosto 2010

Hipocondríaca mira piernas de mujeres

La última vez que tuve un miedo terrorífico fue hace ya como seis años, y por haber buscado en internet los síntomas (nunca más, santotomás). Era agosto y me aparecieron unas manchas rosas en las piernas, de rodillas para abajo. ¡Qué raro, nunca antes me había pasado esto! Por suerte o por desgracia tampoco conocía a nadie a quien le hubiera pasado.

Estuve unos días aguantándome el miedo, pero eso sí, salía a la calle a todas horas, pertrechada de gafas de vista, a mirar piernas de mujeres, paseando, sentada en una terraza, con amigas o sola (a mis amigas no les contaba nada de aquello, ¿para que me llamaran hipocondríaca?). Claro, era verano y por la calle había muchas mujeres y casi el doble de piernas al aire (casi, porque no todas las llevaban descubiertas), unas con varices, otras bronceadas, otras blancas, con lunares, viejas, jóvenes, gordas y flacas, hinchadas, feas y bonitas, pero ni una tenía manchitas rosas (y menos mal).

Los médicos de vacaciones, seguro, y yo sufriendo. Enchufo internet, ahí tenía que decir algo, sería una tontería, seguro. ¡Y un carajo! Todo era malísimo, y lo peor de todo era una enfermedad mortal, que tenía aparejado ese síntoma, además del cansancio. ¿Me siento cansada? Repaso mi memoria: Sí, llevo unos días en que me canso mucho cuando subo tres escalones. ¡Argggggggghhhhh! Llamo a mi dermatólogo, que estaba en su casa, pero de vacaciones. Le pido por favor que me vea, que es un momentito. El pobre hombre, un fantástico dermatólogo, me dijo que fuese a su consulta esa misma tarde. Llegué angustiada, pero hice lo posible para que no se me notara. Cogió su lupa y miró mis manchas. "Púrpura rosáceo" (creo que se llamaba así). ¿Y eso es grave? No, eso es un problema de circulación, camina todos los días una hora a paso ligero y se te quitará en dos o tres días. Mano de santo.

Cuando le pasó aquello a Pepa, la pobre mía estaba horrible, llena de cosas raras desde el cuello a los tobillos, pero tan pancha ella, tan tranquila. Hasta reservó en un SPA para ese fin de semana, aunque yo sabía que si alguien la veía así o nos echaban o íbamos a hacer uso exclusivo de las piscinas y yacuzzis. "Que no te preocupes, tonta, que ya se me quitará", me decía.

Si todo el mundo tiene un tipo de locura, la mía es esa. Seguro que estoy majara perdida.

Y así, a lo tonto a lo tonto, se me olvida que ahora tengo un ataque de hipocondría, pero la sigo teniendo, acabo de recordarlo. Ni la cuento, porque os ibais a reír un rato.

Diario de una hipocondríaca II

Tenía 22 años. Aquel curso se estaba terminando y había sido fascinante. Mi niña, yo y ¡la libertad! La panzá de trabajar que me di, lo que estudié, lo que me divertí, lo adulta e independiente que por fin me sentía...

A mediados de mayo, me empezó a doler el lado derecho detrás de las costillas, mucho, muchísimo. Ni siquiera podía dormir de ese lado, apenas podía respirar. Fui a varios especialistas y no encontraron nada. Por fin uno dice que parece que hay una piedra en la vesícula, y me enseña el punto blanco que sale en la radiografía. Me da el volante para un contraste. Salgo acojoná pensando en mi herencia genética: cálculos en la vesícula, como mi madre, sus dos hermanas y mi abuela materna. Mi abuela materna se murió de eso. Me doy ánimos ¡venga, mujer, eran otros tiempos! Aunque, joder, ya me veo en el hospital igual que le pasó a mi madre, 33 días, abierta en canal, con los puntos infectados... y eso si al abrirme no me encuentran algo mucho peor. Bueno, bueno, pero es que lo de mi madre... en fin, que le quitaron la vesícula, y ya que estaban, siguieron cortando más abajo y le quitaron la hernia umbilical y ya que estaban cerca le quitaron el apéndice... Todo de un tajo (menos mal que no tenía juanetes). Salvada por la camapana: de pronto me acuerdo de algo, me palpo la espalda, a la altura de la vesícula más o menos. Allí está mi quiste de calcio, el que tengo de toda la vida. Vuelvo a la consulta del médico antes de que cierre. Me cuelo y le digo: Toque aquí, ¿no es eso lo que se ve en la radiografía? ¡Siiiii! justo eso, ya no te tienes que hacer las pruebas, no tienes nada, estás sana. Coño -pienso- entonces lo que tengo tiene que ser algo mucho peor, de lo que no sale ni en las radiografías y este médico ya está pasando de mí, ni me va a mandar análisis ni .

Voy a otro médico de digestivo, un tío joven y simpático, que me pide las radiografías y análisis anteriores. Me desnudo, me pongo una bata blanca y me hace subir a la pantalla de rayos X (esa fue la última vez que vi un artilugio de esos). Mientras estoy allí subida en lo alto, temblando porque tardaba mucho mirando mi esqueleto y sin decir ni pío (¡Dios mío, que me habrá visto!), llama a la auxiliar y le dice: "Por favor, Trini, trae la aguja de los dos ceros". Durante medio segundo pienso que es el mismo número que uso para hacer punto, de las gordas, que cunde más... Me asomo por lo alto y le pregunto "¿Pa qué?" Dice: "Nada, nada, pa pincharte un poco la tripa y que salgan los gases que tienes". "¡¡¡¡Sí hombreeee!!!!", digo sujetando la raja trasera de la bata y saltando al suelo.

El médico se reía a mandíbula batiente: Estás estresada, cuando descanses y te olvides del dolor, se te pasará. No me fui muy contenta: claro, se les muere la gente porque no profundizan, ni hacen biopsias ni nada, luego volveré al poco y me dirán que es demasiado tarde...

El dolor se me pasó al poco de empezar las vacaciones.

04 agosto 2010

Diario de una hipocondríaca I


Creo que estoy pasando por un ataque agudo de hipocondría. Mientras se me pasa o se confirma que tengo una enfermedad tres veces mortal, iré contando mis historias.

Tenía mi hija mayor un año. Un día la tenía cogida en brazos y jugando me dio un cabezazo en el pecho izquierdo. Me dolió. Al día siguiente me seguía doliendo. Me hurgaba con los dedos en el punto doloroso. Volví a hurgarme cien veces al día durante varios días, hasta que, por fin, surgió una protuberancia apreciable al tacto, ¡ayyyy, ya lo decía yo, que esto era grave! Fui al ginecólogo. Mire, resulta que mi abuela acaba de morir de cáncer. ¿De mama? No, de colon. ¿A qué edad? No sé, sesenta y tantos. Ya, a ver, vamos a ver ese bulto... ¡ya, ya lo tengo! Ummmm, ya tengo el diagnóstico: ¡Te has tocado tanto que te has inflamado una glándula! Ya, pero mi abuela... ¡Tu abuela no tenía 20 años!

Con esa manía de autoexplorarme, una vez me descubrí un bulto debajo del costillar derecho (ya sé que costillar suena a cerdo, pero las costillas eran mías). Estaba duro, pero cedía a la presión. Primero no me dolía, pero luego sí. Fui al médico: Doctor, mire, es que tengo un bulto aquí. Me palpa y me dice: Sí, hija, es tu costilla flotante.

...continuaré...

01 agosto 2010

Dilemas sobre las prohibiciones

Dibujo de Martín Favelis

Esta mañana he leído, como cada domingo, las columnas de mis articulistas favoritos de El País Semanal. Después he recorrido los blogs de mi columna lateral. Me he sorprendido mirando la imagen del toro Ferdinando que yo misma he colocado arriba a la derecha, para celebrar que se hayan abolido las corridas de toros en Cataluña. He pensado en lo de prohibir el uso del hiyab en las escuelas, del burka en algunas ciudades, de que se prohíba (no está legislado con esa palabra, pero es un hecho que lo que no se permite está prohibido) la existencia de escuelas e institutos públicos en castellano en Cataluña.

Entre lo que se prohíbe y lo que no se permite, me veo inmersa en una sociedad encorsetada con acero inoxidable, protegida de todo y amenazada por esas mismas prohibiciones y manipulaciones legislativas que le impiden seguir el curso natural de la vida. Lo que está vivo evoluciona y al final siempre acaba muriendo, lo que no quiere decir necesariamente que se tenga que olvidar.

Sin embargo me alegro de determinadas prohibiciones. ¿Cómo es que puedo alegrarme de que algo esté prohibido y mantener al mismo tiempo una etiqueta llamada "cruzada anti-prohibiciones"? ¿Soy una incoherente que se pelea cada día con las incoherencias ajenas? He tenido que ponerme a pensar un rato en una lista al azar de leyes, costumbres, doctrinas y principios generales de Derecho para darme cuenta de cuál es el razonamiento que hace de manera inconsciente mi cerebro.

Tengo un puñado de palabras clave como humillar, torturar, manipular, matar... a otros seres vivos por placer, diversión, dominación... no por necesidad (por ejemplo defensa propia o subsistencia) o de forma accidental. El ámbito de las prohibiciones debería estar reducido a ese conjunto de palabras (ampliable a otras equivalentes). Los comportamientos sociales y personales deseables se puede inducir mediante la educación, un proceso evidentemente más lento que el que se consigue prohibiendo, pero muchísimo más efectivo a largo plazo. El resto de las cosas se deberían dejar fluir hacia su propia evolución, por no ser dañinas para los seres vivos (Tierra, fauna, flora, seres humanos).

Por lo tanto, me reafirmo en mi alegría de que se haya prohibido la lidia en Cataluña, por más que se trate de un acto -como se dice por ahí- más político que de respeto a los animales. Como está bien para mí la prohibición de la ablación del clítoris, la pena de muerte o la violencia de género, el maltrato animal o la destrucción de la naturaleza, por poner algunos ejemplos. Del mismo modo me niego a admitir como buenas otras prohibiciones-manipulaciones gubernamentales a la sociedad, tales como el uso de determinadas prendas de vestir y otras muchas.

Algunos enlaces a lo que refería haber leído hoy

Para eso somos el Gobierno. Javier Marías. El País Semanal
Posdatas. Lía revolucionaria. Blog.
No a los toros, pero sin prohibirlos. Susana Pérez de Pablos. El País.