08 octubre 2010

Cambiar de rumbo


Diciembre de 1990. Después de de seis meses de tira y afloja, Lex y yo ya éramos novias oficialmente. Ya me quería por fin. Para celebrarlo decidimos hacer un viaje a Grecia. Acabamos el año 1990 y empezamos 1991 en la ciudad de Mitilene, capital de Lesbos. Después volamos a Creta y más tarde a Atenas.

En el hotel de Atenas nos dieron un plano y nos indicaron los lugares más importantes para visitar. También marcaron qué zona no deberíamos pisar bajo ningún concepto: el barrio de Exarchia, el foco principal de las revueltas contra el sistema educativo. Ni que decir tiene que fue allí donde nos plantamos de inmediato. No encontramos nada de particular, un sencillo barrio universitario sin apenas gente por la calle. Pateamos la ciudad arriba y abajo durante el resto del día, kilómetros de calles recorridas a pie, hasta desembocar, ya anochecido, en las inmediaciones de la Plaza Omonia.

Iba coja porque mi rodilla derecha, la del menisco presuntamente roto, me estaba doliendo desde hacía horas, en un mal momento porque, de pronto, mientras recorríamos un callejón, vimos venir hacia nosotras una turba de gente que huía despavorida de policías con escudos que lanzaban botes de humo y pelotas de goma. Lex me gritó ¡Corre! No podía correr, quise meterme en un portal hasta que pasara aquello, pero ella me decía ¡Si te metes en un portal te fríen, corre! Corrí lo que pude, pero por si acaso, saqué el plano de Atenas, lo abrí y lo puse bien alto, para que la policía viera que era una simple turista. ¡Guarda el plano y corre, chiquilla, se van a parar a mirar si llevas un plano o una pancarta! Debímos de correr bastante, porque al rato estábamos en no sé qué calle, fuera de peligro, pero todo a nuestro alrededor estaba desierto, silencioso y lleno de humo.

Nos marchamos al hotel. Al día siguiente nos levantaríamos muy temprano para visitar el Partenón. Cenamos y nos fuimos a la cama. A las doce de la noche le entra un volunto raro, sin venir a cuento, se levanta, se viste y dice que se marcha a la plaza Omonia -allí había una central telefónica- para telefonear a una amiga suya alemana. ¿A la plaza Omonia a estas horas? ¿A tu amiga alemana a estas horas? ¿Con la que hay liada en esa zona? Salió sin muchas explicaciones, porque ella es de pocas palabras, y me quedé acostada con cara de póker. Preocupada y cabreada.

Para que pasara el tiempo y el cabreo, cogí mi libreta de viajes y me puse a escribir. A mi lado, en la mesita de noche, estaba la botella de ouzo -típico licor griego parecido al anís dulce del Mono-, un souvenir que pensábamos traer para casa. Sin darme cuenta le fui dando lingotazos al ouzo, un poco de ouzo, un poco de escritura... Me dormí o perdí el conocimiento (leer juntas las últimas cosas que escribí esa noche nos hizo reír más de una vez, pero ya no recuerdo lo que era. Esa libreta la perdí en Estambul un año después).

Lex me despertó de madrugada, con sus prisas para no perdernos nada de Atenas. Como dirían por aquí "no tenía yo el chocho pa flautas", pero éramos recién novias y tenía que dar la talla. Me levanté como pude, con más ganas de morirme que de ver el Partenón. Todo me daba vueltas. Bajamos a la cafetería del hotel y pedimos el desayuno. El primer sorbo de café me provocó ganas de vomitar y tuve que salir corriendo a la habitación, que no pude usar porque la estaban arreglando. Me guardé los vómitos para más tarde. Volví a la mesa. Lex me contaba una historia que no tenía ganas de oír, porque me pitaban los oídos con el más leve ruido.

- Anoche cuando volví estabas dormida con la Montblanc en una mano y la botella de ouzo vacía en la otra y te perdiste una buena bronca en la habitación de al lado. Eran un hombre y una mujer, él le gritaba, ella chillaba, se oían golpes...

- Ajá.

- Tengo curiosidad por saber quién puede ser esa mujer. Puede que esté aquí, desayunando entre toda esta gente. ¿Te la imaginas? ¿Qué aspecto tendrá? ¿Estará sola o habrá bajado con el tipo que le gritaba?

- Ni idea.

- Creo que puede ser esa, tiene toda la pinta de mujer maltratada -me dijo Lex, bendito ojo clínico, señalando disimuladamente con la mirada a una mujer que desayunaba sola en una mesa cercana. Tenía el pelo largo recogido en una cola alta, flequillo, los labios pintados de rojo fuerte, una camiseta ceñida y una falda con mucho vuelo estampada de flores, lo que le daba un aspecto años sesenta-.

- Ajá.

- Pobre chica. Voy a ir a hablar con ella.

Mientras Lex daba la vara a la pobre chica agredida, aproveché para ir al baño a vomitar o lo que fuese, porque me sentía como un trapo. Al rato volví y me la presentó.

- Te presento a Stella, viaja sola, es australiana y compartirá con nosotras el coche de alquiler en los próximos días.

Lex había hecho todos los planes y yo no tenía ganas ni de llevarle la contraria. Por supuesto Stella no era la mujer agredida. Fue nuestra compañera de viaje durante varios días, compartimos coche y hotel. La odié todo el tiempo, a pesar de su simpatía, pero más y con más motivos odié a Lex. Lex y ella hablaban en inglés, es más a mí las dos me hablaban en inglés. Lex no me dejó conducir el coche ni una sola vez porque se me había olvidado llevar el carné de conducir, Stella se mareaba atrás y yo no entendía lo que hablaban, así que me tocó ir en el asiento de atrás mirando el paisaje y compartir las veladas a tres con el terrible dolor de cabeza que me provocaba tener que esforzarme por comprender su inglés y participar con el mío, pobre mío mi inglés...

El verano siguiente, Stella vino a pasar unos días con nosotras a Granada. Lex trabajaba pero yo estaba de vacaciones, así que me dediqué a practicar inglés y hacerle de cicerone. Acabé encantada de pasar todas las mañanas a solas con una mujer tan cariñosa y divertida. Por la calle los hombres le decían borderías ¡qué buen culo! Me preguntó cómo podía responderles algo así como fuck you, y le dije "pues... Vete a tomar por culo". Tomó papel y lápiz, me pidió que le escribiese la frase y se la guardó en un bolsillo. Al siguiente que le alabó el culo le sonrió, le hizo señas de que se detuviese, sacó de su bolsillo el papel "Wait, please" y sin perder la sonrisa se lo leyó: "Ehmmmm, veche a chomá pooor culo".

Stella hablaba mucho para mi capacidad de comprensión, pero lo pasaba bien con ella. Me contó su vida. Era una humilde actriz y cantante australiana de origen campesino. Había roto con un novio de varios años con el que convivía, pasaba por una gran depresión y, por las costumbres morales de la zona, se veía poco menos que obligada a convivir de nuevo con sus padres. De pronto decidió que su vida iba a cambiar de rumbo. Vendió su casa y se echó el dinero al bolsillo. Iba a viajar por todo el mundo y se detendría cuando encontrase un lugar que le gustara para vivir. No tenía muy claro qué clase de vida quería, pero lo sabría cuando llegase el lugar y el momento.

Admiré su decisión ¿Habría sido capaz yo de hacer algo así? ¿Qué me podría impedir hacer lo que quisiera o escapar de una vida que no me hiciera feliz? ¿Me faltaría el valor? ¿Me agarraría a lo conocido por miedo a lo desconocido? ¿Para ser libre había que saber inglés?...

Stella había recorrido medio mundo cuando la conocimos en Atenas. Después siguió: Francia, Malta, España... Luego se marchó a Japón, en donde supuso que podría quedarse a vivir, pero al cabo del tiempo se dio cuenta del papel que en ese país juega la mujer y no le resultó muy halagüeño. En cada estadio de su viaje trabajaba si encontraba trabajo, siempre como actriz o cantante, no aceptaba nada más que lo que le gustaba y sabía hacer. Acabó estableciéndose en Manhattan. La última vez que hablé con ella acababan de caer las torres gemelas pero ella estaba bien. Me dijo que era una mujer feliz.

Ha pasado el tiempo, se nos ha caído un poco la piel del cuello y de los párpados, a Lex, a mí y a ella. Todas hemos cambiado y en los veinte años transcurridos todas hemos tomado decisiones difíciles. Unas seguimos en el sitio en donde nos depositaron nuestros padres, más o menos, otra no. Lo único seguro cuando vas a tomar un camino es que vas a renunciar a lo que te ofrece otro. El resto es sorpresa y es vida.


Stella Pulo en una actuación reciente
(no sé de qué va)

Recordé a Stella cuando leí el último post de Encantada, sobre todo esa frase "Este aviso de mi cuerpo, claro y contundente, me está sirviendo para darme cuenta de que mi vida debe dar un giro". A veces los giros que nos pide el cuerpo son tan fáciles como cambiar el ritmo de vida o -como me dice el mío- vivir en contacto con la tierra. Pero algo me sujeta a la vida urbana: mis responsabilidades para con otras personas... ¿o me pongo excusas?

10 comentarios:

  1. Algún día, cambiaré de rumbo. He sabido cambiar algo la dirección, pero el rumbo, nunca.

    ResponderEliminar
  2. Yo cambié de rumbo :)
    En mi experiencia solamente puedo decirte que cuando tuve frente a mí la disyuntiva estaba muy claro qué camino elegir entre irme o quedarme. Digamos que yo no tomé la decisión sino que ella me tomó a mi.
    No creo que te pongas excusas, creo que a muchas nos gusta fantasear con lo que significaría un cambio radical de vida pero solamente lo hacemos cuando es una verdadera necesidad para poder continuar.
    besitos niña...

    ResponderEliminar
  3. Preciosa historia de determinación y cambio. A veces la vida que llevamos nos va inmovilizando con pequeñas cuerdas que todas juntas nos impiden movernos: casa, trabajo, pareja, hipoteca, créditos.. ¡qué difícil es menearse! Te mando un abrazo

    ResponderEliminar
  4. Me he reído un rato con tu narración. En cuanto a la cuestión principal, no seré yo quien esté en condiciones de decir o dejar de decir, solo una cosita, puro realismo amiga, no dejes tu forma de vida si no tienes alguna legumbre asegurada. Es que vivir sin legumbres es muy malo, lo primero que necesita el cuerpo para sobrevivir es dormir =refugio y después comer = legumbre.
    No conviene olvidar esta bobadita, aunque sí, el primer paso siempre se empieza dando cuando el coco empieza a plantearse ciertas cuestiones. Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  5. ..estoy pensando que para cambiar de rumbo primero hay que tenerlo y que quizás el rumbo no sea otra cosa que permanecer fiel a la realización de un proyecto, con todo lo que conlleve.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  6. En mi caso creo que es un cambio de ritmo, sí... ¡¡pero no me parece nada fácil!! :P

    Estoy de acuerdo con Pena en que a veces no nos ponemos excusas, es que en realidad tan solo fantaseamos. Y con emejota en lo de las legumbres...

    ¡Poco más puedo añadir!

    Un beso enorme :)

    ResponderEliminar
  7. "Lo único seguro cuando vas a tomar un camino es que vas a renunciar a lo que te ofrece otro. El resto es sorpresa y es vida".
    Candela, gran verdad. La pregunta es ¿te gustan las sorpresas? Yo lo que sé es que hay hambre de vida.
    Menuda entrada en menudo momento :)

    ResponderEliminar
  8. Pues mira, a mí me pillas en un momento en que... no sé no sé... creo que no tengo ovarios para cambiar de rumbo. Creo que tienen que darse las circustnacias... tu necesidad más ver la oportunidad... el momento justo para que o te lances o la decisión la tome el rumbo por ti, como decía Pena.

    Un abrazo!

    ResponderEliminar
  9. Todo se andará!! ... si se trata de una excusa la idea se irá poniendo cada día más y más pesada hasta que tengas que hacerle caso, ¿no crees?
    En la vida muchas veces nos toca ir en el sillón de atrás... pero luego nos vamos colocando en nuestro (y mejor) sitio...

    Me lo paso pipa leyéndote!!

    Un beso grande!!

    ResponderEliminar
  10. Tremenda tu Lex, una no se aburre con ella..jjaaja A cierta edad, y lo digo con experiencia y causa que me pasé media vida viajando, te recoloca donde quieres, luego ya cuesta más salir, el cuerpo se vuelve cómodo, entonces no hay que caminar hacia lo largo sino hacia dentro... besos

    ResponderEliminar