21 octubre 2011

Para ti mi última página



Empecé este blog curada de espantos pasados y ya viviendo desde hacía un año una preciosa relación de pareja, la más serena, saludable y sólida de las que había tenido hasta entonces.

Mi primera referencia a ella fue cuando me llamó Churri, por primera y última vez: ella marcando su territorio como una loba, pero con ese carácter suyo firme y calmado que solo podía arrancarme ternura y sonrisas.

Dentro de aquel pijama rosa estaba esa mujer a la que quería como no había querido a nadie hasta entonces, justo porque también ella me quería y me hacía feliz, porque no había nada que temer, ni nada que fingir, ni nada que ocultar, porque estaba presente en cada minuto de mi vida sin invadir mi burbuja vital, codo con codo las dos para crecer juntas y hacer frente a los problemas cotidianos, los fáciles y los difíciles. Ella decía que por fin podía ser ella misma, sin limitaciones. Yo era yo misma también, libre a su lado y con esa apertura a la vida -a mis hijas, a mis padres, a mi trabajo, a la luz del día, a las noches, a la gente, al sol o a la lluvia- que viene de regalo extra cuando vives en paz.

Por mi cumpleaños de 2008 me hizo un curioso regalo 'provisional' que mostré orgullosa en la palma de mi mano sin precisar el significado que las dos conocíamos muy bien. Lo pensé y lo dije: 'es un regalo realmente fabuloso'.

Pasaron meses y yo actualizaba continuamente mi blog. Aunque su nombre no apareciera en las entradas, mi 'fertilidad' escritora era indicativa de que me sentía bien, muy bien. Nunca arrugó la nariz ante ninguno de mis escritos, que siempre leía. Los comentábamos -cómplices- antes, durante o después. Escribía libremente porque nunca temí que una palabra o una idea mía le pudieran parecer inadecuadas o la hicieran sentirse ni excluida de mi día a día ni herida por alusión.  Nadie se imagina el alivio que se siente cuando podemos caminar de la mano con los cuatro pies descalzos y apoyados en la tierra, en lugar de ir con miedo, de puntillas por la vida para no despertar quién sabe qué monstruos de la otra.

Un olor a lluvia nos acompañó, como aquel primer día, cuando habían pasado ya nada menos que dos años de amor, de amistad, de complicidad, de ternura, de sonrisas, de respeto, de serenidad compartida. Dos años en los que escribí libros de noche sin miedo a reproches, porque ella me sabía a su lado, velando su sueño. No había ni podía haber nadie más que ella en mis noches ni en mis días, y al mismo tiempo me cabía el mundo entero, porque nos teníamos de la mano.

Pasamos juntas un 2010 muy difícil: la muerte accidental de su padre, la presencia -casi insufrible para ella- de su madre durante meses en nuestra casa, su desempleo, la deslealtad de un par de personas a las que les habíamos dado lo mejor de nosotras sin esperar nada a cambio y mucho menos puñaladas traperas. Pero en todo, también en lo malo, estuvimos unidas sin quiebra.

Agotadas, sin tiempo para preparativos ni invitaciones, nos casamos en mayo. A tiro pasado creo que no fue el mejor momento para hacerlo, pero ya lo habíamos aplazado durante casi un año y los papeles caducaban. Ella quería que nos casáramos. Yo no. No porque no la quisiera con toda el alma, sino porque estábamos cansadas y eso o lo que fuese me daba mala espina. Unos meses antes hicimos el viaje de bodas, porque era cuando se iba a poder hacer. Un precioso viaje a Venecia y Croacia (aquí uno de los días relatados, que son muchos durante julio de 2009) que disfrutamos a pleno pulmón durante muchos días, un peculiar viaje de bodas por cuanto que nos acompañó mi hija menor y la niña extra, que nos habían dejado en custodia justo durante los días en que teníamos previsto viajar: ¡pues nada, nos la llevamos! Las dos a una, como siempre.

Hemos pasado muchas aventuras, siempre nos hemos reído, con ella es fácil reír, como cuando íbamos "desarmadas hasta los dientes" o cuando ella comía patatas fritas mientras yo perseguía mi coche por la autovía. Siempre juntas, siempre a gusto, siempre confiadas, siempre sin miedo...

Y de pronto un día de la pasada primavera ella ya no estaba y algo se rompió, lo primero mi alma y después todo lo demás. Un derrumbe tan por sorpresa que no me dio tiempo a reaccionar para protegerme. Aún trato de recomponer las piezas del puzzle de mí misma, torpemente a veces.

Hoy es un día especial en el que hemos firmado otros papeles, un día de finales y principios. Un libro que se termina y otro nuevo por escribir. Y para ti es la última página de este libro, de este blog. Gracias por tanta felicidad que me diste, por gustarte mis comidas y mis bromas, lo que escribo, como soy, por haber sabido hablarme y escucharme sin prisas y con el corazón, por haberme regalado tus sonrisas y tu tiempo y por haberme dejado hacerte feliz a ti también.


Para Eva

Del amor y sus efectos secundarios adversos (siguiendo a Kika Fumero)

Me ha gustado mucho la última entrada de Kika Fumero "Por supuesto que puedo hablar. Hablo de mí". Estoy de acuerdo con su tesis sobre la responsabilidad del daño recibido. Pero me he puesto a darle vueltas a la cabeza: mi carácter, mis ideas, mis principios, mi experiencia, tus miedos, sus expectativas, mis decepciones, las tuyas, la tolerancia, la intolerancia, el perdón... y al final me surgen preguntas sobre el tema para las que no hallo respuesta.

Carácter

Básicamente soy confiada, la desconfianza me mantiene con las alertas encendidas y me consume la energía. La confianza en la otra persona hace que me mueva por la relación con el alma desnuda. Yo no podría hacerle daño ni a un ser humano ni a un animal que confía en mí y en consecuencia pienso que nadie me haría daño a mí, y menos la persona ante la que me muestro desprovista de coraza alguna, alguien a quien amo. ¡Craso error! Me lo apunto una vez más, a ver si no se me pierde el papel.

Preguntas

Lo anterior lo tengo claro, aunque no lo tenga en cuenta en la práctica. Pero están esas preguntas sin respuesta que decía antes: ¿Se trata de no pasar ni una? ¿Y eso cómo se hace? ¿Se manda a freír monas al susodicho o susodicha al primer abuso? ¿Se le ponen las peras al cuarto, se le monta el pollo y luego se sigue la relación con el bastón en alto por si las moscas?  Lo de romper de cuajo a la primera de cambio me parece casi inhumano ¿acaso yo no cometo errores? Lo de enseñar los dientes y mantenerse con el bastón en alto requiere demasiado esfuerzo y acaba en un tipo de relación insana. También se podrían enseñar los dientes un tiempo y luego, con la fiera amansada, perdonar y continuar. ¡Ah! pero si perdonas y continúas, dejas el terreno abonado para otro abuso... ¿entonces mejor cortar cuando te hagan daño la segunda vez? La respuesta debería ser NO, por aquello de que "la primera vez que me hiciste daño fue culpa tuya, la segunda fue culpa mía". Esto para mí es física cuántica. Si alguien tiene la receta, que me la pase.

Peligro para la salud,
amores sueltos
Galimatías: los qué, los cómo y los porqué

  • Soy la pareja ideal, de fácil convivencia, de buen carácter, dialogante, cariñosa, comprensiva, generosa, fiable, leal, fiel, (del sexo ni hablo: fantástica)... ¡un chollo! Eso dicen mis parejas mientras lo son y mis exparejas al mucho tiempo. 
  • Durante el tránsito (de pareja a expareja, que es la parte de la historia en que he dejado de ser maravillosa para ser detestable, sin haber llegado de nuevo al grado de maravillosa), se me ha definido de tantas maneras que de hacerles el más mínimo caso me llegarían a confundir: Desde demasiado maternal hasta cruel, pasando por demasiado exigente, demasiado fácil, aburrida, poco sumisa, manipuladora, irrespetuosa, transparente, misteriosa, demasiado sincera... Lo último ha sido mentirosa.
  • Mis parejas, esas a las que les perdoné uno o mil daños, me acabaron dejando a mí, casi siempre cuando me rebelé, aunque no tanto como para haberlas dejado yo antes (cachis!)

Frivolizando por quitarle hierro al tema

Hace poco mantuve un diálogo con una mujer. Fue algo así como:

Ella: ¿Qué quieres saber sobre mi amor?
Yo: Cuánto te dura.
Ella: Horas, días, meses...  ¿Cuánto te dura a ti?
Yo: Siempre, si no me hacen daño.

Lo cierto es que siempre acabo por no amar. Cuestión de daños, cuestión de años. Quizás tendría que revisar mi configuración para reducir mis tiempos a horas, días, meses como mucho... y así ajustarme al estándar mundial vigente. Se sufre menos o nada y se cambia de paisaje a cada poco. 

Conclusión

Casi mejor me quito del amor y luego del tabaco, en orden de peligrosidad. ¿Quién dijo casting? ¡Qué miedín! Pero si se trata de jugar, juguemos. ¡Jirafas! (Es mi asesora lúdica). ¡Ni de broma!

18 octubre 2011

Toma mi verdad y vuela

Quienes me conocen saben que soy agnóstica, aunque en momentos extremos la costumbre o la angustia me hagan rogar a Dios. No obstante, mi educación y la sociedad en la que he crecido me han hecho conocer casi a fondo la religión católica, y también he leído la Biblia que, dicho sea de paso, me parece un libro muy interesante por cuanto que se presta a mi libre interpretación.

“La verdad os hará libres” es una frase muy conocida del Evangelio de San Juan que se utiliza y se ha utilizado con profusión en la historia para obligar a confesar: “La verdad te hará libre”, ergo decir la verdad te liberará de culpa, te salvará de la tortura y te llevará al paraíso. Ya se sabe que catolicismo, sacrificio y martirio van de la mano.

Oída esa frase así tal como está parece indicar que DECIR la verdad me hace libre, pero si lee completa –“conoceréis la verdad  y la verdad os hará libres”- es otro cantar, puesto que significa que es la verdad ajena que nos llega la que nos hace libres y, por extensión, la nuestra hará libres a los demás. No es mi fe la que me ha hecho elegir la frase, sino la oportunidad de usarla y el hecho de que la considero acertada y por tanto la hago mía.

Hay mentiras intrascendentes, que ni pinchan ni cortan en nuestras vidas ni mueven  hacia ningún lado nuestras decisiones. Otras sí. Haber sabido la verdad en aquella ocasión tan lejana en el tiempo me habría hecho tomar un camino muy distinto del que tomé, o tal vez no, pero al menos habría sido consciente de que andaba sobre arenas movedizas y habría tomado precauciones. No fue la primera vez ni supongo que será la última en que me engañan en cuestiones que son trascendentales para mí… o que se me oculta la verdad, que es prácticamente lo mismo cuando se trata de tomar decisiones vitales.

Claro está que decir la verdad queda a tu criterio. Si tu verdad no ha superado “las tres rejas”, entonces ¿para qué decirla? Hay quien sabe sopesar los pros y los contras y considera que decir la verdad le va a reportar admiración o cualquier otro tipo de beneficio presente o futuro. Entonces ¿por qué no decirla? No es un acto heroico pero vale la pena.

Si tu verdad va a hacer libre a alguien pero te va a perjudicar a ti, ¿para qué decirla? ¡Ah! Aquí está el quid de la cuestión… ¿de conciencia?, ¿de valentía?, ¿de heroísmo? Qué más da. Cuando se trata de saberla para elegir mi camino, la prefiero, la exijo. Por lo tanto, te la doy la mía para que tú decidas. Es lo que algunos llaman sincericidio (*) o suicidio por la verdad (o en términos mundanos, gilipollez), un término con connotaciones negativas. Lo confieso: soy una sincericida reincidente. Hoy he vuelto a serlo y no ha sido ninguna metedura de pata -es decir, lo volvería a hacer-. Toma mi verdad como brújula y sé libre… y feliz.
Metedura de pata




(*) Enlaces para leer más sobre el sincericidio

(En la mayoría de ellos se incluye la infidelidad, algo que da para pensar. Parece ser el punto flaco en el que sinceridad se convierte en sincericidio, y en donde la mayoría aboga por el ocultación o la mentira)

22 septiembre 2011

Lo que me enamoraba, me enamora y me enamorará. Introducción

Parto de la base de que lo que me enamora ha ido cambiando a lo largo de los años, desde aquel primer amor mío, Paco, un niño de 5º de primaria cuando yo estaba en 4º y tenía nueve años. Me enamoré de él cuando estábamos en nuestras respectivas filas en el patio antes de entrar en clase y la verdad es que no sé qué es lo que tenía que me gustaba. Cruzábamos miradas todo el rato ¿sería solamente eso? Nunca hablamos. Luego se marchó a Ceuta y yo abría mi atlas y acariciaba aquel punto geográfico como para acariciarlo a él, entretanto y a lo lejos escuchaba los diálogos de la radionovela "Los Miserables", que mi madre ponía a diario, interpretada por Fernando Guillén y Gemma Cuervo. Yo era Cosette y él era Jean Valjean. Después volvió para unas vacaciones de verano, cuando ya teníamos 12 y 13 años, y vino a buscarme a la puerta de mi casa. Salí, lo vi, me dio un respingo el corazón y pasé de largo, roja granate. Esa fue última vez que vi a mi amor platónico.


Después me fui enamorando de la belleza física, siempre de chicos, y poco a poco, con el tiempo fui enamorándome del encanto interior que emanaban algunos hombres, al margen de su belleza física, que podía existir o no, aunque para mí si estaba dentro también la veía por fuera.

De la primera mujer de mi vida me enamoró que se enamorara de mí, así de simple. Era rara como un perro verde, muy guapa y atractiva sí, pero extremadamente complicada, como complicadas eran las posibilidades de todo en aquellos tiempos, casadas ella y yo con nuestros respectivos maridos. Cuando ambas habíamos abandonado casi por completo nuestras vidas anteriores para volcarnos en nuestra relación, para seguir acorde con sus rarezas se despidió una noche de mí con un beso enamorado y se volvió a vivir la seguridad de su matrimonio.

Luego siguieron otros amores, fugaces la mayoría, pocos en general si de verdad los quiero llamar amores. Casi sin darme cuenta fui tejiendo un patrón de cómo tenía que ser esa persona de la que me podría enamorar y ese patrón lo fui perfeccionando, quitándole de aquí y poniéndole allá. Le quitaba lo que en común tenían de negativo -para mí- las personas que ya habían pasado por mi vida, lo que me causaba repulsión, angustia o dolor. Le añadía lo que en común tenían de positivo: la sensualidad, la bondad, la inteligencia, el equilibrio... ¡y la química! Quedaba poca cosa en el mundo que se ajustara a tanto requisito pero por suerte fui dando con la casi perfección... Ya. Sé que nada es perfecto, me consta... y lo sabéis.

P.S. Este post es una aproximación a otro que quizás escriba más adelante (ya no prometo nada, todo depende, depende, depende) y me ha venido sugerido por un correo electrónico que acabo de recibir de una mujer que alimenta mis reflexiones como yo las suyas -a decir de ella- aunque poco tenga que ver el post en sí con el contenido de su carta.

19 septiembre 2011

Tus retazos de mi biografía

Hay una afirmación por ahí, cuya autoría desconozco, que dice que somos como se nos ve desde fuera, como nos vemos desde dentro y como realmente somos. Esto último parece ser lo más difícil de saber y es, justamente, la única verdad. Las dos primeras partes de la afirmación no dejan de ser juicios de valor, y la primera nos define desde una mirada y un contexto distinto al que recordamos: anécdotas, encuentros, lugares, cosas que hicimos o dijimos. Hechos que se habían borrado por completo de nuestra memoria y que ahora recuperamos para rellenar huecos en nuestra biografía de los otros, pero sobre todo para saber quiénes fuimos para esas personas a través de la expresión de sus ojos cuando nos lo están contando.

Con un alumno en el día de las paellas, año 1992.
Foto cedida por mi vieja alumna Angie
Por tierras del norte vive un hombre que fue alumno mío de los 14 a los 18 años y con el que no he perdido el contacto, periódico aunque escaso por la distancia geográfica, hasta el día de hoy cuando andará en torno a los 40. Conserva ejercicios y exámenes suyos que corregí en su día. En uno de ellos, una instancia en papel hoy ya amarillento, que chocaba por exceso de reverencia, le señalo una frase y mediante una flecha escribo al margen ¡Pelotas! Otro, en que le señalé los errores que encontré y que él mismo me devolvió, junto al regalo de una casete de Pink Floyd, para hacerme notar que me había pasado inadvertido un error más, quizás para demostrarme que yo también me equivocaba. Se acuerda de un día en que me presenté en el instituto "con aquel impresionante vestido rojo" -no recuerdo haber tenido nunca un vestido rojo de las características que él señala ¡si yo casi siempre vestía como en la foto lateral!- y que me valió un posterior regalo suyo: el disco de vinilo con la BSO de La mujer de rojo, pero en mi biografía, real o inventada, hoy soy una mujer que un día llevó a clase un impresionante vestido rojo que cautivó a aquel adolescente.


Me gusta encontrar a mis alumnos y alumnas de hace muchos años. La conversación se suele basar en "aquellos tiempos" y juntos reconstruimos nuestras respectivas biografías en base a situaciones y anécdotas que solo uno o unos cuantos recordamos. Fueron en la mayoría de los casos adioses sin pena ni gloria, de esos de "a ver si nos vemos", con la casi seguridad de que poco a poco pasaríamos a la mochila del olvido. Resulta enternecedor saber que pasaron los años y al igual que tú no las olvidaste, tampoco a ti te olvidaron.

Hoy me han llegado otros datos de mi biografía, los que recuerda alguien a quien quise mucho y con quien no tuve contacto alguno durante más de cuatro lustros después de haber acabado aquella relación como el rosario de la aurora. Esos datos me han llegado a través de mi hija mayor a quien se lo ha contado. Le ha recitado de pe a pa -algo que yo misma no habría podido hacer- una poesía mía del año 76. Ha preguntado si sigo escribiendo poesía y mi hija le ha respondido que ahora escribo en un blog. "¡Cómo me gustaba la forma de escribir de tu madre! recuerdo aquella carta que redactó en el 79 a petición de un amigo mío que bla bla... y otra que mandó al periódico para tal y tal..." y narraba frases enteras de unas cartas que yo no tenía ya ni remota idea de haber escrito y me calificaba como una mujer "noble", no precisamente de sangre azul. Y entretanto yo me preguntaba cómo había podido retener en su memoria anécdotas tan precisas y sentimientos de cariño cuando yo pensaba que tras el adiós me odió por siempre jamás.

Hoy lo hablaba con Chris: no importa lo que hagamos si lo hacemos desde la honestidad y el buen corazón, incluso si nuestro comportamiento pudo causar dolor. Con el tiempo cada cosa se pone en su lugar, aunque haya que esperar lustros para que eso ocurra. Lo importante es no esperar con ansiedad, olvidarse de ello y dejar las cosas fluir en el tiempo sin esperar nada, porque al final siempre ocurre, por justicia cósmica o por lo que sea.

Hay momentos especiales en la vida -y ahora es uno de ellos- en los que me sienta muy bien saber que la mayoría de las personas de mi pasado me recuerdan con cariño y respeto, sin importar lo difícil o doloroso que pudiera resultar en su día el adiós, ni sus promesas de odio eterno, ni los años que hayan transcurrido. No sé si es curioso, pero es cierto: a esas personas yo las seguí queriendo aunque por necesidades del guión no me quise permitir decírselo nunca. Es que a veces sobran las palabras y, cuando ha pasado el tiempo suficiente, lo que queda patente es el lenguaje de los hechos.

P.S. No todas las personas de mi pasado se hicieron acreedoras de mi respeto ni de mi cariño de por vida.

12 septiembre 2011

El sofisma del puente

Lady on the Bridge. Julie Lamons
El más imprevisto e inimaginable de los reencuentros estivales supuso un precioso regalo que la vida me volvía a dar: la misma "ella", intensa como la recordaba, más hermosa si cabe de cuanto lo era antes, difícil, dura, tierna, demasiado inteligente, demasiado sensible, vulnerable, inolvidable, leal, entrañable, divertida, sincera, incomprensible, inabarcable, efímera como siempre. Un puente. De puentes y de su significado le hablé a ella y no tuve que explicarle que quería que fuera mi puente para hacer más fácil el tránsito desde el último amor, hacia dónde daba igual: hacia una feliz soledad, hacia otra mujer, hacia mi mujer... La técnica consiste en no enamorarse, prohibido enamorarse durante la operación puente, ni tú de mí, ni yo de ti. ¿Y eso cómo se controla? -me preguntó ella. No es difícil, basta que yo salte al agua o que tú me dejes caer al primer síntoma -le contesté yo. Entonces -siguió preguntando ella- ¿no hay peligro para ninguna de las dos? No, no lo hay -le respondí desde mi más profunda y sincera convicción.

22 agosto 2011

Última crónica de viajes antes del casting

Ahora tocaba la tercera parte del viaje: Granada-Madrid-Asturias-Madrid-Granada, pero ya poco queda por decir después de lo que han contado Marcela, Mármara, Chris y Pena Mexicana (1 y 2). Tentada he estado, pues, de  pasar de las crónicas de viaje y abordar directamente el casting... Pero vayamos por orden.

A mi GPS se le ha ido la cabeza, en él no existe la Plaza de España ni la calle Segovia ni muchas otras que juro que estaban ahí antes de que lo fabricaran. De Madrid solamente tiene la Gran Vía. En nuestra segunda estancia en Madrid, ya de vuelta de Asturias, Pena y Chris tenían que coger el autobús para levante y me pidieron acercarlas a la estación, pero mi GPS nos sacó de la ciudad hacia zonas campestres y desconocidas. Pudimos retomar el camino correcto gracias al móvil última generación de Chris, pero el tiempo se nos había echado encima  ¿perderían el autobús y sería el segundo que Pena iba a perder en una semana? Habría podido ir a velocidad de vértigo, saltarme semáforos, atropellar peatones, pero les dije a las chicas: "No voy más deprisa para no asustaros". ¡Asústanos, Candela, asústanos! gritó Pena, por suerte unos metros antes de ver el letrero Estación Sur, nuestro destino, un minuto antes de la salida de su autobús.

A la ida hacia Avilés, noche cerrada, cuando estábamos a 20 km de Oviedo, el GPS insistió en salir de la autovía y yo le hice caso. Nos llevó por una estrecha carretera de montaña... Subir, subir, subir... pueblitos que parecían desiertos, un abismo que intuíamos a la derecha de la calzada... Bajar, bajar, bajar... Y así 60 km hasta que por fin llegamos ¡a Oviedo! La ilusión que me hizo oír a jadear a Marcela al móvil por la emoción de que nos íbamos a ver enseguida, mientras nos indicaba qué semáforos, iglesias, calles y muros teníamos que estar pasando en cada momento. Así le digo a Pena: fíjate qué emocionada y nerviosa está Marcela, cómo jadea... ¡Es que viene corriendo a buscarnos! me contestó Pena, poco antes de que viéramos a Marcela aparecer corriendo pegando melenazos (rubios)  calle abajo.

La tentación chocolatera viene de Graná, o como sacarse el cepillo de dientes de la boca para meterse un bombón (y luego más) a las 6 de la madrugada.

El trayecto Avilés-Valladolid también nos lo hizo pasar el GPS por caminos de cabras. Varias veces le pedí a Pena Mexicana que comprobara si no estaba programado para hacer recorridos a pie. Pero no.

Si me dijesen qué imágenes se me han quedado grabadas de Asturias y Madrid, contaría muchas, pero las primeras son las de


  • Bilbo emocionado al escuchar el requiem de Mozart;
  • Marcela escribiendo en su agenda C-O-UNA y CELEBRÍA y es que Marcelilla no entiende el andaluz, con lo clarito que se comprende que se trataba del Cedosuna y del Celebrija;
  • las manos de Mármara, sus platos, su risa, su memoria, su simpatía;
  • Mari (latumari, lamimari), inteligente, tierna, honesta, hecha, divertidísima; y su Hastalospelos, que no se queda atrás;
  • las charlas de fumadoras a la puerta de la Nueva Caleya sobre los colchones de viscolástica que no le gustan a Farala porque en las horas de amor-amor te engullen, cosa que no ocurre con los de muelles;
  • el sonido de las gaitas en las fiesta celtas de Avilés, un sonido que nunca me ha gustado y que ese día me pareció precioso hasta hacerme saltar las lagrimillas y confesar ¡coño, soy feliz!;
  • mi "churri", apodo que le puse a Pena después de dormir castamente juntas durante varias noches. "Churri, ya es hora de acostarnos". Lo más morboso de nuestra "acostada" me lo contó Pena pero lo hice en sueños: Me giré hacia ella, le apreté el brazo izquierdo con una mano, le sonreí jiji y le di dos palmaditas en la cara antes de seguir roncando.


Lectura de manos


Pena y yo con Bilbo y Tiza, los perros de Mármara, en el  Niemeyer

La última noche, en Madrid o como dormir cuatro mujeres repartidas en una cama y un sofá-cama-escalera, cómo hacer los repartos mujeres-lechos, cómo disimular ronquidos, risas, charlas y otros ruidos para no molestar a las que no los hacían... O cómo asustarse al escuchar una voz que salía por la claraboya cercana al techo y decía "buenas noches" a las del otro lado, ¿quién aparte de la gata puede hacer eso sin subirse a una silla? No, en este caso no era Marcela, pero otra casi tan alta como ella.

¿Y qué más decir? Una maravilla de viaje que me ha puesto las pilas. Eso sí, volví con muchísimas ojeras de dormir más bien tirando a poco, a pesar de que la risa dicen que es un sustituto del sueño y bien que reímos. Será como lo de que el chocolate es un sustituto del sexo cuando yo lo veo como un maravilloso complemento.

Nota: las fotos y vídeos de este post son de Pena Mexicana

09 agosto 2011

Y el verano vacío se llenó a rebosar (II)

Mi segunda aventura viajera volvió a ser a Madrid, en esta ocasión junto a Mercedes, para participar como novata -en mi caso- en la fiesta del orgullo gay. Fue un viaje veloz pero muy divertido y principalmente fue la primera vez que durante horas pude estirar los lazos desde Granada hasta Madrid sin sangre, sudor ni lágrimas. Bueno, sudar sudé, por eso agradecí los manguerazos y cubetadas de agua que llegaban desde los balcones durante el desfile y hasta bebí cerveza con pasión inusitada y sin efectos secundarios: la sudaba conforme la bebía.

Foto tomada por Chris
Había olvidado unas pastillas importantes en casa y no las venden sin receta. Pensé anunciarlo por megáfono durante la manifestación por si un alma caritativa las tuviera, pero antes pregunté a Farala... Sííí, ella tenía y me trajo suficientes para unos meses.

Asturias abría el desfile y nos unimos al grupo a su paso hasta el final

Nos quedamos en casa de Chris, pero la noche del día 1 fuimos a cenar junto a tropecientas mujeres, la mayoría blogueras, a casa de Farala. No creo que pueda nombrarlas a todas, pero el salón se llenó ¿12, 14, 20?.... Todas nos moríamos de hambre y encargaron pizzas. Cada vez que llamaban a la puerta, no era la comida, eran más chicas que se unían al grupo, a las dos últimas estuvimos a punto de ponerlas en la cazuela.

Bebimos, hablamos, comimos, bailaron... Hormiga, megáfono en mano, se asomó a la ventana y ofreció bebida gratis a quienes fuesen gays o lesbianas de toda la gente que estaba en las terrazas de los bares de abajo. Todo, decía ella, por cortesía de Farala, que como una prima donna salió al balcón a saludar entre aplausos de la concurrencia callejera. Menos mal que nadie reclamó a Hormiga por publicidad engañosa. 

Patsy Scott fue la primera en marcharse, mientras estuvo nos monopolizamos la una a la otra. Después, como a la 1:30 nos marchamos Chris y yo. Mercedes prefirió quedarse con el grupo, que pensaba salir por Chueca. A las 2 y pico me llamó Mercedes pidiéndome el número de Farala: había perdido al grupo en el bullicio. Ni que decir tiene que Farala no escuchó el móvil pero me consta que a Mercedes la encontraron por casualidad sentada en un escalón. También perdieron a Olga, pero sabemos que a día de hoy está sana y salva en su casa.

Chris, como siempre, dejó a sus huéspedes la cama principal, que ocupé en solitario hasta las 5 de la madrugada cuando me cayó encima Mercedes, que en su cuidado por no despertarme al llegar, no encendió ninguna luz y no afinó la puntería. Antes ya me había caído encima Zoe varias veces desde casi el techo, así que a esas alturas de la madrugada, caída más caída menos, nada podía sorprenderme ni desvelarme. Aún así fui la última en despertar a eso de las 12 y me levanté más por el corte que me daba seguir despanzurrada que por falta de sueño. Ya ni recuerdo si regresamos a Granada ese día o al siguiente. Recuerdo fotos, comida, charlas, chocolate, chocolate, chocolate...

El cojín-boca sobre mis rodillas durante nuestras charlas en casa de Chris
Ah, sí. regresamos ese mismo día. Lo sé porque Mercedes, madrugadora donde las haya, tenía que recuperar las horas de sueño y se quedó dormida nada más iniciar el viaje de vuelta, previo juramento de que no se dormiría para darme conversación y que no me entrara sueño. Hora y media más tarde se despertó y me dijo: "Oye, ¿me das un cigarro? Llevo ya más de una hora aguantando las ganas de fumar y se me ha terminado el mío". Buena manera de disimular que me había abandonado a mi suerte...

Tuve que hibernar durante tres días seguidos para recuperarme, que no está una hecha a estos trotes. Este había sido un viaje previsto de otra manera, pero la alternativa B fue genial, no digo yo que la A no hubiera estado bien, que seguro que sí, pero no fue posible...

07 agosto 2011

Y el verano vacío se llenó a rebosar (I)

Quién me lo hubiera dicho cuando en el mes de mayo los proyectos de verano se esfumaron dejando en su lugar un vacío angustioso, que estos meses se iban a llenar de planes alternativos que ni siquiera era capaz de entrever desde mis sombras. Eso me hace recordar a Antonia, una vieja amiga, que decía "Para cuando las cosas se empeñan en no salir como estaban programadas, es necesario tener siempre previsto un plan B". No estaba previsto el plan B -nada hacía pensar que tendría que renunciar forzosamente al A- pero reuní fuerzas para diseñarlo en poco tiempo y para ello conté con la participación necesaria de mis hijas y de algunas amigas: Marcela, Mam, Pena Mexicana, Chris, Farala, Mármara, R y algunas más de forma indirecta, quienes de una manera o de otra han estado a mi lado, animándome o regañándome, escuchándome, hablándome, acogiéndome, abrazándome, respetando cualquiera de mis decisiones, haciéndome reflexionar, reír, descansar y disfrutar del momento.

Cuántas veces habré hablado y oído hablar de lo decepcionante de las relaciones iniciadas a través de internet y sin embargo, curiosamente, todas las amigas mencionadas empezaron siendo virtuales. Mientras que algunas de las no virtuales me han cerrado puertas, las otras han franqueado puertas y abierto ventanas para mí cuando más lo necesitaba.

Desde la terraza de la casa de Mármara
Mi primera aventura viajera fue un ensayo general. A mediados de junio compré un billete de ida y vuelta en tren a Madrid. La ida fue una tortura china: cinco horas en tren, con el portátil sin batería, sin nada para leer y sobre todo sin poder fumar. Así que, atendiendo a las palabras amigas en aquello de "sé egoísta y no hagas nada que no quieras hacer", para la vuelta anulé el viaje en tren y me compré por el "módico" precio de 319 euros un vuelo Madrid-Granada. Los tenía y fue un placer gastarlos para reducir el viaje a una hora escasa.

Aquellos días en Madrid fueron de encierro con Chris, que es lo que yo quería, a excepción de una cena en casa de Farala junto a Kali, Izel, Lenteja y Chris y de un paseo por el parque del Manzanares. Me sentí en casa sin estar en casa. Chris practica a conciencia lo del buen trato: Dejó de lado su programación de actividades para mi estancia y se acomodó a mis necesidades, eso sí con buenas dosis de chocolate, que compartimos al alimón. Desde entonces hay una nueva chocolatómana en el mundo. Yo ya lo era desde mucho antes.

03 agosto 2011

Todo lo que sube baja

Esta será nuestra última noche en Asturias y aunque ya debería estar durmiendo, prefiero entretenerme un rato más despierta disfrutando de las buenas vibraciones de la casa de Marcela y saboreando todavía todos los momentos desde que salimos de Granada. Ya habrá crónicas, aunque tendremos que ponernos de acuerdo para no repetir lo mismo unas y otras. Chris ya escribió su "En mi rincón del Arco Iris". Nosotras escribiremos cuando lleguemos a destino, es decir, a cada uno de nuestros puntos de partida. 

Todo lo que sube baja, así que desde mañana iniciaremos nuestra etapa de descenso a tierras del Este y del Sur. Ni siquiera sé si bajaré directamente a casa o si me dejaré llevar por la sugerente propuesta de pasarme unos días más en la costa levantina... No debería, pero quienes me conocen saben que al final me dejo llevar por lo que me más me apetezca cuando llegue el día D y la hora H.

A lo largo de la etapa de descenso aún tenemos un par de citas más con amigas blogueras. No voy a decir todavía quiénes son...  ¡Mi madre, la hermosa red que hemos montado a través de los blogs! Algo que no me podía imaginar y que ni siquiera era mi objetivo al crear este blog hace tres años.

Esta es la entrada introductoria a la crónica o crónicas de este viaje que ya vendrán, con imágenes y todo :)

26 julio 2011

A Asturias: con el corazón lleno y la maleta aún vacía.

Lo que puede salir bien saldrá muy bien, y así está mi ánimo ante el inminente proyecto de viajar hasta las barricadas de Marcela. Digo Marcela y no Asturias porque en Marcela converge toda la Asturias que más deseo ver, oír, respirar y sentir a fondo. Ella dice ya tener la casa preparada, pero lo cierto es que ya la tenía desde mediados de mayo, cuando me invitó a cambiar mis aires algo viciados por otros más frescos, solo que entonces no fui capaz de desatarme de mi casa, mi cama, mi teléfono, mi Granada... (ET). Ahora sí. Haremos juntas el camino mi gemela pequeña y yo, el de ida, el de vuelta y los que encontremos en los días intermedios. Ella y yo nos detendremos en Madrid para disfrutar unas horas y pico de la compañía de Chris. Allí compartiremos como siempre tertulia, sentimientos, abrazos y ronquidos, incluidos los de Zoe. (Chris, y esta vez pienso discutir sobre aquello que me propusiste como indiscutible en ocasiones anteriores... ;) ¿ganaré?)

Vamos sin programa, tranquilamente y sin fecha fija de vuelta. Nos dejaremos sorprender por Marcela, que ya habla de temas sugestivos, y nos dejaremos llevar todas nosotras por el "ahora" de luego, lo que nos pida el cuerpo y el alma. Tengo muchas ganas de ir a la Caleya, de volver a ver a Marcela, a Yosu, a Cris, a todas las tamborileras (seguro que no se llama así en asturiano), a las bollonenas y a las bolloimserso, de conocer personalmente a Mármara, a Calvin, que de alguna manera ya conozco, y a todas las que ni siquiera imaginaría llegar a conocer. ¡Y por supuesto a Clara! Clara, si me encuentras hazte visible :)

Tengo algunas cosas apuntadas para llevarme y otras que no necesito apuntar porque no se me van a olvidar: mi cámara de fotos, mi cámara de vídeo y sobre todo un puñado de tesoros intangibles con los que la vida me ha sorprendido en los últimos días.

Nos vemos, queridas amigas mías, en brevísimo :)

13 julio 2011

Hablar durmiendo

La casa hasta hoy ha estado patas arriba. El dormitorio y la cama de Mayita llenos de cajas, carpetas y objetos sin clasificar. De modo que está durmiendo conmigo estas noches.

Anoche cuando se durmió habló, pero no le entendí nada, excepto: "Mami, habrías podido ir a comprar la leche más cerca".... ¿Eing? Ah, incoherencias del sueño.

Ella esta mañana, como siempre, se despertó antes que yo y se ha entretenido en grabarme algunos ronquidos, silbidos y mi voz. Yo no sabía que también hablaba en sueños. En la grabación, dejo de roncar por un momento, arrugo el entrecejo, pongo cara de pucheros y digo "Qué pena".

09 julio 2011

Relaciones-tapón

Llevo varios días pensando en las relaciones-tapón, que es un nombre que he inventado para determinadas relaciones negativas de pareja. En un paréntesis podría explicar qué sería una relación-tapón positiva: aquella que hace tan felices a ambas partes que a ninguna se le ocurriría exponerla a riesgos ni a deterioro alguno. ¿Existen? Entre parejas heterosexuales conozco alguna, entre parejas del mismo sexo he estado haciendo mis investigaciones y de hombres no conozco ninguna y de mujeres una. Hablo por supuesto desde la limitación de mi círculo de personas amigas y conocidas. Son positivas no solo por la felicidad y el crecimiento personal que aportan a las dos personas, sino también porque duran en el tiempo, a pesar de baches, crisis, enfermedades y otros avatares "peligrosos". Para muestra, aquel enlace a la Noche Temática, la pareja de mujeres Edie y Thea, que recomendé hace unos días en Facebook.

Después del paréntesis, me extenderé en las otras: las relaciones-tapón negativas. ¿Y por qué contiene la palabra tapón cuando teóricamente podría sobrar? Sencillamente porque son relaciones negativas que se mantienen largamente -o eternamente- en el tiempo, que no aportan nada bueno, es más, que sumen a una o a las dos personas en un estado de pesadilla intermitente con o sin intervalos de luna de miel. Sí, eso de las lunas de miel es algo que nos recuerda a la llamada "violencia de género", que la hay de todos los géneros. Lo del "tapón" es porque son relaciones que impiden al menos a una de las dos personas implicadas abrirse a la vida y disfrutarla, ya sea en solitario o con otra pareja. Como lo más frecuente es que aspiremos a tener pareja, nos quedamos con el tapón puesto, a saber por qué, unas veces porque pensamos que más vale malo conocido que bueno por conocer, otras porque esperamos que con nuestra paciencia y nuestro amor, la otra parte dé un giro inesperado que nos haga compatibles y podamos ser por fin amadas y amantes. Otras veces, porque después de dar un vistazo a nuestro alrededor lo que vamos encontrando nos parece incluso peor que lo que tenemos: es cuando pensamos que la que está libre es incompatible con nosotras, o es fea por dentro, por fuera o por todas partes, y la que nos gusta está emparejada para bien o para mal.

Hace cinco años conocí a una mujer algo mayor que yo y psicóloga de profesión. Nos gustamos ambas. Yo estaba libre y realmente feliz (fue en aquel período de mi vida en que decidí que, de tener pareja, sería para estar igual o mejor que sola). Ella, en cambio, estaba metida en una relación-tapón que ya duraba varios años. Su pseudopareja era de esas de estar un día enamorada, otro día no, un día "eres la mujer de mi vida", otro día "no te soporto"... Ni que decir tiene que huí de ella como de la peste, aunque mantuvimos desde entonces algunos contactos puramente amistosos en donde no volvimos a hablar de su relación-tapón. Hasta hace unos días en que, durante una de nuestras conversaciones telefónicas, se me ocurrió preguntarle cómo iba aquella historia. Me contestó: "Ahí seguimos, pero yo ya estoy mucho mejor, ya me resbala todo mucho más, ya no estoy ni siquiera enamorada de ella". ¡Cinco años más además de los anteriores! ¿Y ahí seguimos?... Mi amiga vive una relación-tapón que no le aporta nada pero que le ha cerrado y le sigue cerrando puertas a otras posibilidades ¿mejores, peores? Quién sabe, quién no arriesga, ni gana ni pierde. Como esa, conozco otras cuantas historias muy similares, que se siguen manteniendo después de años. Muchas... quizás demasiadas. En ocasiones hasta me parece que son las más comunes.

Yo también tuve mi relación-tapón. Duró siete años. Recuerdo que lo primero negativo que me dijo con una sonrisa y un sutil tono de voz fue aquello de "pregúntate por qué no quiero aún que convivamos...", al ver mi interrogante entre las cejas, continuó diciéndome "tendrías que cambiar algunas cosas, a mí me gustan las mujeres más sumisas de lo que tú eres". Ahí comenzó mi cambio progresivo, claro que cada vez se agregaban nuevas exigencias. Hasta que me perdí, yo ya ni sabía quién era ni cómo era antes de todo aquello, y en mi propio deterioro se me olvidó darme cuenta de que me había convertido en una persona sin chispa, una máscara de mí rellena de algo que no era yo. Mientras duró todo aquel proceso nadie me interesaba más que esa persona, no por interesante precisamente, sino porque al quedarme sin esencia lo único que perseguía era parecerme al prototipo que la otra parte había diseñado para mí, y ese afán me ocupaba todos los minutos de mi vida ¿cómo iba a estar abierta a nadie más? Por otra parte ¿a quién le iba a interesar yo en cuanto se daban cuenta de que mi pseudo-relación me tenía atrapada?

De todo se aprende, de lo malo a veces más que de lo bueno, todo depende del cristal con el que mires tu propia historia. Al final de los siete años pasé un tiempo encerrada en mí misma, interiorizando y aprendiendo un montón de cosas muy importantes, entre ellas la de que nunca más tendría una relación-tapón negativa. Podría dar una o dos oportunidades, esperar uno o varios meses, porque todo el mundo tiene derecho a tener una crisis personal y podría tratarse de eso. Pero no más tiempo, no entrar en la espiral del encierro y del no a la alegría, del no a la vida.

P.S. Ayer vi la Película "Familia", dirigida por Fernando León. En un momento, el protagonista, interpretado por Juan Luis Galiardo, dijo: "Mejor mal acompañado que solo". ¡No!

01 julio 2011

¿Quedada en Madrid?

Esta noche Mercedes y yo llegaremos a Madrid y nos alojaremos en casa de Chris (ya siento el sabor del chocolate mmmmmmmmmm). Mañana iremos a la mani-fiesta y después, como ya me han dicho que es casi imposible moverse por allí o quedar por los bares de la zona, podríamos quedar en cualquier sitio todas las blogueras y comentaristas no blogueras de Madrid y las que se desplacen hasta ahí para la ocasión. No tengo ni idea de dónde pero eso lo dejo para las madrileñas y seguro que nos ponemos todas de acuerdo. ¡Me hace mucha ilusión!

22 febrero 2011

Ya está habilitado el 2.0

He puesto el enlace arriba, encima de las entradas y se puede entrar también a partir de la imagen siguiente

18 febrero 2011

Porque los tiempos cambian

Hace muchos días que apenas he mirado los blogs. El tiempo que me ha quedado después de las obligaciones y necesidades cotidianas lo he dedicado casi por entero a reflexionar, aprender, morirme y resucitar. Resucitar o renacer, tanto vale. Cada cierto tiempo se renueva la piel y lo que lleva dentro, hasta la última molécula del pensamiento. Se desempolva, se abrillanta y se conserva lo bueno, se tira a la basura lo que no tiene valor y se incorporan las cosas nuevas, recién adquiridas, como los recientes recuerdos, los nuevos proyectos y los últimos aprendizajes. Porque estamos vivas.

En estos días he visto con tristeza que algunos de los blogs que más quiero se han puesto en pausa, se han detenido para siempre o han desaparecido, aunque eso tiene su parte buena -así lo he sabido en unos casos y lo he presentido en otros- y es que esos hechos se han producido porque algo bueno les está pasando a esas mujeres que me han fascinado hasta ahora con sus palabras, sus pensamientos, su fortaleza y esos pensamientos suyos que han querido compartir. Porque estamos vivas.

Presiento en mi vida un cambio a mejor -quién dijo que mejor imposible- y este cambio tiene que ir acompañado de un cambio en lo físico, como redecorar la casa o mudarse a una nueva. Me he decidido por lo segundo pero en términos bloguísticos, que no están los tiempos para mudanzas inmobiliarias, de modo que aquí dejo Por algo lo digo y me mudo a Por algo lo digo 2.0, que no es ni mejor ni peor, simplemente es otro. Porque los tiempos cambian.


Este blog sigue aquí, con lo dicho y lo no dicho. En breve pondré en él un enlace a la nueva versión en donde os espero y desde donde os seguiré como hasta ahora.

12 febrero 2011

La agresión desviada

Es el título de un artículo de la revista Redes, nº 10, de Punset, al que hice alusión hace unos días y que me envió Pena Mexicana. No puedo enlazar el artículo porque no lo he encontrado en internet. Tampoco lo transcribiré entero por su larga extensión. Viene a cuento de esas sorpresas con las que en ocasiones -contadas, eso sí- nos han obsequiado a las habitantes de esta humilde casa personas a las que hemos abierto de par en par las puertas no solo de nuestra casa sino de nuestra alma. Siempre se ha tratado de personas que estaban viviendo situaciones casi extremas, de ánimo, de vida, de entorno, económicas o familiares. En esta familia tenemos como factor común -por lo tanto podría tratarse de comportamientos aprendidos- el ánimo de ayudar por una cuestión quizás de justicia cósmica y pensar que si viviéramos situaciones parecidas a las que están sufriendo esas personas nos sentiríamos afortunadas si alguien nos ofreciera su oído, su comprensión, búsqueda de ayuda externa, un espacio acogedor, comida, una cama o un poco de todo eso. Si es una mujer o una niña de las edades de mis hijas, a mí me asalta el sentimiento maternal y me vuelco doblemente: si mi hija se viera en estas circunstancias agradecería el resto de mi vida a quien le tendiese una mano.

En esas contadas situaciones se han dado estas dos circunstancias: personas en situaciones extremas de un lado y personas dispuestas a dar una ayuda sin límites por el otro. La tercera circunstancia sobrevenida ha sido un progresivo distanciamiento por parte de esas personas en cuanto han dejado de necesitar nuestra ayuda, lo cual nos parece perfecto, señal de que están bien y de paso un descanso para nosotras que nos devuelve a nuestra paz cotidiana. La cuarta y última circunstancia, también sobrevenida, ha sido que, incomprensiblemente, esas personas han hallado en algún comportamiento nuestro, posterior a la ayuda, una causa más que justificada -según ellas- para agredirnos de alguna forma, normalmente difundiendo un folletín de tipo B sobre nuestras intenciones o sobre un carácter oculto que acaban de descubrirnos y que nos hace seres indeseables y atacables.

La repetición de circunstancias nos ha llevado a temer ya desde el primer momento de la ayuda el que se produzcan esas reacciones no deseadas en un futuro. A pesar de eso, la llegada de la agresión nos ha pillado siempre por sorpresa. ¿Podría tratarse de una agresión desviada?


En el artículo de la revista, aludida al principio, habla  David P. Barash, profesor de Psicología de la Universidad de Whashington, y comienza así: "Todos hemos experimentado alguna vez el dolor. Cuando pasan cosas malas -y, tarde o temprano, siempre pasan- algo peculiar y profundamente desagradable puede ocurrir después: como efecto de haber resultado heridas, las víctimas a menudo reaccionan, haciendo que otros también sufran el dolor que ellas mismas sufren. Y aquí hay algo curioso: frecuentemente eligen a un inocente, alguien que no era el que les ha causado el sufrimiento, como su propia víctima. Los biólogos llaman a esto 'agresión desviada o redirigida'. Opera a través de la transferencia del dolor, a veces físico, a veces psicológico..."

Esta teoría ha sido probada en laboratorio mediante ratas: "Si ponemos a una rata en una jaula con un suelo electrificado que produce descargas de forma repetida, el pobre animal mostrará muchas señales de estrés. Cuando se le haga la autopsia se verá que sus glándulas adrenales son más grandes de lo normal y, probablemente, también tendrá úlceras en el estómago. Ambos hechos indican la presencia del estrés. Si repetimos el experimento pero esta vez añadiendo un palo de madera en la jaula, la rata lo mordisqueará y soportará la experiencia mucho mejor. En la autopsia, las glándulas adrenales serán más pequeñas y tendrá menos úlceras. De alguna manera mordisquear el palo ha ayudado a la rata. Por último si ponemos dos ratas en la jaula y solo a una se le aplican las descargas, responderá atacando a la otra. Curiosamente observaremos en la autopsia que las glándulas adrenales del animal tendrán un tamaño normal e incluso, a pesar de haber soportado numerosas descargas no tendrá úlceras. Cuando los animales responden al estrés y al dolor redirigiendo su agresión fuera de sí mismos, ya sea mordiendo un palo o a otro individuo, parece que se están protegiendo a sí mismos del estrés... aunque sea a pesar de infligir daño a otro. (...) Parece probable que individuos que han respondido a situaciones dolorosas haciendo daño a otros hayan sido más exitosos que esos que simplemente sufrieron su dolor en silencio con todas las consecuencias fisiológicas asociadas".

En cuanto al experimento observado en seres humanos el profesor Barash habla de la invasión de Irak, a pesar de ser un error, sirvió para redirigir hacia una víctima inocente la rabia por el 11-S. También "en un estudio clásico, los psicólogos encontraron que podían predecir el número de linchamientos sureños entre 1882 y 1930 simplemente a partir del precio del algodón del año anterior. Cuando el precio bajaba el número de linchamientos aumentaba. El dolor económico y social de los blancos pobres era pasado hacia los negros, sin que se diesen cuenta de forma consciente de que lo que buscaban eran cabezas de turco en las que desahoga su angustia".

Concluye la parte principal del artículo con estas palabras: "Idealmente, la persona castigada debería ser la que ha perpetrado la ofensa pero, de hecho, una vez las ruedas del dolor han comenzado a moverse, lo que realmente parece importar es que otro -cualquiera- sufra. Alguien ha de pagar".

Mis impresiones

Con la lectura de este artículo he entendido parte del problema que nos afecta, pero no todo. Nada se dice de que la víctima elegida sea aquella persona a la que se debe agradecimiento, pero claro, tampoco se niega que sea así, aunque resulte doblemente penoso reconocerlo. Por otro lado, no todas las víctimas de maltrato o injusticias usan su parte animal para desahogar su dolor, pues bastantes utilizan la inteligencia, el raciocinio y la bondad en lugar del acto reflejo o la intuición animal, de forma que canalizan el dolor sufrido hacia causas loables que eviten o atenúen ese dolor a otras personas en similares circunstancias. Ahí radica, a mi juicio, la verdadera resiliencia.

Además tengo una teoría propia -quizás exista ya y esté probada, o no- acerca de por qué, en lugar de agradecimiento, lo que se produce es desprecio. Podría ser que el coste de ese agradecimiento se suponga tan alto que no se vea manera de demostrarlo o que nos haga sentir que tendremos nuestra vida hipotecada para pagar de alguna manera. Un modo de ahorrarse ese coste es buscar y hallar en la persona o personas que nos tendieron la mano alguna fuerza oscura que las movió a ayudar, algún defecto inconfesable que ocultan en su yo más profundo y por tanto, el que debería agradecer la ayuda, asumiendo y difundiendo esa presunta falta -en absoluto presunta para él/ella- se libera de deudas, incluso si nadie tuviese intención de cobrárselas.

09 febrero 2011

Pinceladas sobre la culpa

Hay varias teorías que consideran útil el sentimiento de culpa, entre ellas alguna de Freud, porque puede servir a uno o más de los siguientes objetivos:
  • Auto-castigarse cuando se ha causado un mal reparable o irreparable.
  • Eliminar o reducir comportamientos que ocasionen algún mal. 
  • Reparar un daño causado.
  • Atraer hacia sí la compasión y el perdón de los demás.
Sin embargo las teorías psicológicas más modernas no ven en la culpa nada positivo al considerar que bloquea la inteligencia y con ello la capacidad de mejorar, de crecer emocionalmente y hasta de reparar el daño causado. Por ese motivo la educación social se va orientando hacia la eliminación de ese sentimiento desde la infancia.

Paralelamente numerosos expertos en psicopatías aseguran que el porcentaje de sociópatas en la población occidental se va incrementando cada año desde 1923, y a pasos vertiginosos en las últimas décadas (Simposio Internacional de Criminología y Psicopatía - Universidad de La Laguna). Ya se sabe que el psicópata y el sociópata carecen de sentimiento de culpa, algo que puede ser innato o aprendido.

Uno de los rasgos que más llama la atención por ser uno de los más comunes en los acosadores y agresores infantiles y juveniles es la ausencia de sentimientos de culpa (1), mientras que el otro lado de la moneda una de las reacciones más comunes en los padres de niños, adolescentes y jóvenes violentos consiste en justificar, estimular o incluso secundar su violencia (2) para demostrarles que los quieren, lo que en el fondo -dicen los expertos- no es más que el efecto del sentimiento de culpa por no haber sabido/podido ejercer de padres.

El maltratado o la maltratada se siente culpable de haber provocado una agresión, se oculta, se calla, o se somete y esa actitud provoca más agresiones. El agresor nota la culpa del agredido y se justifica en ella. Como por otra parte el agresor no siente culpa, porque no conoce ese sentimiento o porque ya alguien se ha declarado culpable (el agredido), nunca admitirá ni reconocerá su propia culpa.

Muchos ejemplos se podrían poner de un extremo u otro, pero bastan los anteriores para ver lo negativo tanto de la ausencia como de la presencia del sentimiento de culpa. Entonces ¿es saludable o perjudicial? Si hay un término medio ¿dónde está?

08 febrero 2011

El último post

Mi último post, que aparece como publicado pero no lo está se llama "Pinceladas sobre la culpa". No es que lo haya borrado tras su publicación, sino que estaba redactándolo y sin querer pulsé en el botón Publicar en vez de en el de Guardar. Aún le queda bastante para terminarlo al paso que voy, pero sigue ahí en borrador hasta que tenga un poquito de tiempo.

07 febrero 2011

Comentarista de fin de semana, ni eso

Quiero pediros disculpas por no haber siquiera leído vuestros últimos posts. Sí, los de los blogs que sigo. Cierto es que cada vez tengo más favoritos y que no se pueden seguir todos cuando hay obligaciones, pero además es que desde que empezó este año no tengo mucho tiempo y me quedo en comentarista de fin de semana. En este que ya se termina  ni siquiera eso por razones que de momento prefiero no contar y que me han llevado a no hacer nada excepto reflexionar y obtener conclusiones que, feas o bonitas, siempre son positivas porque constituyen un aprendizaje. Quiero dar las gracias a Pena Mexicana por un estupendo artículo de Punset que ha tenido la paciencia de escanear y enviarme, pues me ha servido para comprender una cuestión que siempre me resultó incomprensible. Tal vez un día podamos abrir un debate sobre ese tema, porque da de sí para muchas reflexiones a favor, en contra y complementarias.

Siendo todo positivo, incluso lo negativo si se le mira bien, en estos días han ocurrido cosas netamente positivas que tienen que ver con el ámbito laboral de mi pareja. De forma inesperada se han abierto dos hermosos claros en nuestro horizonte, sin haber tenido que recurrir a subvenciones, ni ayudas, ni recomendaciones de ningún tipo, sólo como resultado de su propio esfuerzo, de su capacidad y de su optimismo. Si algo ha tenido que ver en ello la suerte, bienvenida sea. Enhorabuena, mi amor.

04 febrero 2011

Chiquita mía

Junio de 1977 - 18 años

Los geranios estaban en plena flor y habían llenado la terraza de colores intensos, verde, rojo, rosa y blanco. Por las mañanas iba a trabajar y luego pasaba las tardes sola en casa, estudiaba mis asignaturas y las oposiciones de auxiliar administrativo, me ocupaba de la limpieza, la comida y la ropa, y en los entreactos disfrutaba de mis plantas y mis sueños: un día u otro podría ocurrir ese milagro que tanto se estaba haciendo esperar.

En el laboratorio no hacían los análisis hasta los veinte días de retraso, habían pasado solo nueve y yo había comprado en la farmacia un invento reciente, que se llamaba Confidest. Aquella tarde puse en el tubo de cristal las gotas de orina y lo apoyé en su soporte. Si al cabo de dos horas se había formado un círculo marrón yo estaría embarazada. No podía irme tranquilamente a hacer otras tareas y dejar que el círculo se formase o no se formase allí solo, sin mí. Me quedé plantada mirándolo un segundo tras otro, un minuto, veinte, una hora. Era imposible apreciar los cambios, me frotaba los ojos, daba una vuelta por la casa y al minuto estaba de nuevo allí mirando el reflejo de la base del tubo de cristal. Parecía que sí, que se iba formando un círculo, o tal vez no, quizás era mi imaginación que lo dibujaba, impulsada por mi deseo.

Pasaron dos horas y no estaba segura de si aquello era un círculo ni si era marrón, amarillo o un espejismo, no quería echar las campanas al vuelo. Fui a vestirme, me puse unas sandalias, un polo blanco y un pichi rojo. Intenté conectar con mi vientre, sentirte, si es que estabas ahí, pero solamente notaba el temblor de una emoción que quería responder a un hecho cierto. Me entretuve mirándome al espejo, buscando en mi rostro alguna señal de tu presencia y solamente veía a una mujer-niña con los ojos negros y una boca que sonreía sin saber muy bien por qué.

Volví al Confidest. Indudablemente había un círculo marrón bien dibujado en el fondo del tubo de cristal. Entonces me puse a reír con fuerza y a girar como una peonza en el salón, junto a aquellos sillones rojos que hacían juego con mi vestido. Tenía que compartir aquella alegría que me mantenía en el aire como si de repente me hubiese liberado del peso de mi propio cuerpo.

Salí de casa, bajé la escalera con cuidado para no hacerte daño, caminé despacio cerrando de vez en cuando los ojos para aspirar el aire de aquella tarde con olor a incipiente verano. Con la sonrisa puesta en el alma, no me di cuenta de quiénes eran las personas con las que me cruzaba o me saludaban, en esos momentos tú y yo estábamos en plena conexión. Mis pasos me llevaron a la casa de los abuelos, allí estaba la abuela sola. Cuando me vio llegar en éxtasis me miró recelosa y con su forma de decir las cosas me preguntó qué te pasa que vienes tan sonriente. Que estoy embarazada. Ay, qué bien, pero ... ¿serás capaz de criarlo? Sonreí porque al tenerte conmigo mi madre acababa de perder su poder de enfadarme con sus palabras, y no sé cuándo volví a casa ni cuándo se lo conté a tu padre, porque esa tarde, en donde quiera que estuviese no había nadie más que tú y yo.

Unos días después fui a hacerme la prueba oficial, que dio positivo. Me acompañaba papá. Llevé su mano a mi vientre y le dije tenemos aquí a nuestro bebé. Sonrió con la ternura de quien veía en mí a una niña demasiado crédula e inocente y me dijo que no eras un bebé todavía, que apenas eras un gusanito. Se me hizo un nudo en la garganta de pensar que él no te quería todavía, cómo era posible si yo ya te quería tanto y me vi sola en aquel sentimiento tan fuerte de amor. Los hombres no sienten las cosas igual, pensé. Claro que mi madre tampoco siente como yo, pero no, lo que pasa es que mi madre siempre se hace la dura, en el fondo sé que está contenta y que él está contento, y mi padre también, pero ellos todavía no te aman y yo sí, estamos juntos y lo estaremos durante mucho, mucho tiempo (en aquellos tiempos los bebés-gusanito eran siempre varones mientras no se demostrara lo contrario, esto es, al nacer). Yo te enseñaré a amar las flores, la música, los libros, los árboles, el mar y la vida, a querer a los animales y a las personas buenas, a ponerte en la piel de los desprotegidos, inventaré historias para ti, te llevaré de mi mano por el mundo y no te pasará nunca nada malo, porque yo te voy a cuidar y te voy a enseñar a cuidarte y a quererte, a ser fuerte, sensible y buena persona.

Las tardes ya no eran solitarias, tú crecías dentro de mí, yo te contaba cosas bonitas y te ponía música suave. Te imaginaba en cada rostro de bebé de mi libro de embarazo, ora niña, ora niño, rubia, moreno, en la escuela, en el parque, con coletas, con el pelo liso, rizado... Cuando íbamos al cine te daba hipo, cuando cerraba la puerta del coche te sobresaltabas en mi vientre y cuando respiraba profundamente te movías mucho como una mariposa en el aire fresco que yo te entregaba.

Febrero 1978 - 19 años

Aquella madrugada de domingo no podía dormirme porque un grupo de chicos cantaba serenatas para alguna moza del edificio. Luego me dormí un poco y me desperté sabiendo que ibas a nacer. No me dolía nada, pero llamé a la madre de tu padre para decirle que me llevasen al hospital. Pero niña, si no te duele nada... Vámonos, que está a punto de nacer, le insistí yo. Pero tú pon cara de que te duele mucho o no te harán ni caso, una primeriza ya se sabe.

Una hora y media después, con mis piernas sujetas a unos estribos en alto oí tu voz, no era llanto, fue sólo un "niaaaa", un aviso discreto de que habías llegado y de que estabas bien -siempre fuiste igual-. Te miré... no, más bien te comí con los ojos. Me dijeron es una niña. ¡Una niña! Yo, que había estado tan serena todo el tiempo, no pude contener la emoción. Las piernas empezaron a temblarme y los artilugios donde las apoyaba parecía que se iban a romper. Lloré y reí a la vez porque eso que estaba pasando era lo más hermoso y lo más mágico que me había pasado nunca. Mientras te lavaban no aparté ni un segundo la vista de ti, temí que te pusieran en una cunita de metacrilato y te llevasen a una sala llena de bebés donde no podría tocarte, así que me salió un grito tipo súplica: no os la llevéis a ningún sitio. No lo hicieron. Te pusieron la ropa que llevé para ti y te colocaron en mis brazos. Tú me miraste con aquellos ojos entonces azules, arrugando el entrecejo como pidiéndome que te hablase para reconocerme en aquella voz que desde hacía meses te contaba tantas cosas.


Días después


14 meses después

Cuántos caminos hemos recorrido, cuántos descubrimientos hemos hecho juntas en estos treinta y tres años, qué cerca estás de mí, cuánto aprendí y aprendo de ti cada día. Qué gran persona eres y cuánto te quiero. Feliz cumpleaños, mi pequeña.


Tres años después

01 febrero 2011

Cómo engordar 3 kg en 10 días

Creo que una novela me atrapa si consigo meterme en la piel de sus personajes y eso tiene que ver con la maestría con la que esté escrita y traducida, aunque no siempre, porque una se engancha a veces con presuntos bodrios. Cuando el lenguaje es abigarrado, complicado o lleno de florituras, me obliga a estar pendiente del significado de cada frase más que a ocuparme de seguir la trama y de disfrutar del sentimiento que cada situación me provoca. Encuentro maestría cuando el lenguaje es hermoso pero asequible, comprendo el tema y la trama está bien urdida, de manera que sin darme cuenta me instalo en el escenario y me dejo llevar por las emociones que quieren que sienta: miedo, alegría, hambre, tristeza, zozobra... hasta convertirme en el personaje durante las horas que dedico a su lectura. Así por ejemplo durante una temporada me metí en la piel del abominable Jean-Baptiste Grenouille, en El Perfume, sentí míos sus recuerdos, miedos y miserias a pesar de lo lejos que me queda el personaje, por la época, los intereses, el sexo y, sobre todo, por las pasiones y la capacidad olfativa.


He terminado de leer Las cenizas de Ángela, una novela que ha ocupado mis horas de lectura de los últimos diez días. Es uno de esos libros que sabes que existe, que se convierte en bestseller y por eso ya no lo quieres leer, pero conoces a una chica, te enamoras de ella y resulta que ella tiene un ejemplar y una noche te lo pone en tu mesita cuando te quejas de que se te ha acabado todo lo que tenías para leer y que te has quedado como alma en pena.


Lo empecé hasta tres veces y me perdía en los muchos personajes que aparecen al principio, porque tengo mala memoria. Pensé que iba a mantenerme perdida durante todo el libro como me ocurrió con Cien años de soledad -un libro que nunca conseguí terminar-, pero no fue así, acabé haciéndome con todos y cada uno de los personajes y seguí la trama. Sentí frío y tuve que añadir una manta -casi siempre leo en la cama-. Sentí picor de pulgas y piojos, mis pies descalzos, impotencia, dependencia emocional y económica de un hombre borrachín, pero más que nada sentí hambre. Cuando el niño protagonista está muerto de hambre a veces va a robar una hogaza de pan. Ummmm, hogaza de pan blanco y tierno. O bebe furtivamente la leche de una vaca directamente de sus ubres. Ummmm, leche espesa y calentita. Desea que llegue el día en que pueda comerse un huevo cocido con mantequilla. Ummmm, huevo cocido, mantequilla, suena suave y delicioso... Resultado: con los ojos ya a media asta, vencida por el sueño, el hambre sobrevenida e injustificada no me dejaba dormir, de modo que cada noche tenía que ir a la cocina y comer pan o leche o algún dulce o un poco de todo. Una deliciosa sobrecena que me ha puesto tres kilos -uno en la pechera- en tan solo diez días. (Una compañera más bien plana me dice hoy: Niña, ¿qué te has hecho en las tetas? ¡qué tetazas! Y le digo: leer un libro. ¡Pues pásamelo!, va y me dice).

Hoy he comprado Riña de gatos, el último de Eduardo Mendoza, y estoy sedienta por saber qué emociones me va a provocar.

28 enero 2011

Contra el dolor de muelas

He ido a comer con mis padres. Cuando estábamos terminando les conté que tengo cita con el dentista porque desde hace varios días me duele una muela en cuanto acabo de comer. Veo que mi padre se levanta sin decir nada y sale del comedor. Al poco vuelve sonriendo, como un niño orgulloso de su hazaña, y me pone sobre la mesa estas dos pequeñas almendras siamesas, que os enseño en varias fotos para que podáis apreciar lo bonitas que son y que realmente son pequeñas (para eso he puesto el ratón al lado):






Durante un segundo no entendí por qué me ofrecía aquellas almendras gemelas o siamesas, pero al segundo siguiente mi mente viajó muy lejos, hasta mi edad de tres años. Mi madre fue al dentista y me llevó consigo. Entramos en aquella habitación llena de sábanas blancas y herramientas punzantes y cortantes, en donde había un médico serio y gordo que llevaba una bata blanca. Mi madre se tumbó en el sillón y abrió mucho la boca, el dentista arrimó su cabeza a la de ella con algo que me parecieron unos alicates en las manos, casi subido al pecho de mi madre. Sentí que mi madre estaba en peligro de algo, que aquel señor de la bata blanca la estaba atacando y le iba a hacer mucho daño o la iba a matar. Entonces dejé de estar muda y quieta y me abalancé sobre el dentista, lo agarré por la bata y tiré de ella con todas mis fuerzas gritándole ¡a mi mamá no! ¡a mi mamá no! Vi saltar los botones de la bata y escuché a mi madre decirme que estuviese tranquila, que no le iban a hacer nada malo. Luego una enfermera me agarró por debajo de los brazos para sacarme de allí, pero dejé mi cuerpo pesado, pataleaba y gritaba. A duras penas me llevó a otra sala más pequeña y aquello fue mucho peor, porque al otro lado, en la sala grande, estaban haciéndole daño a mi madre y ya no habría nadie para salvarla.

Mi mente fue hasta unos días más atrás de aquella visita al dentista, cuando una tarde descubrí que mi madre, con una mano apoyada en la mejilla, se metía en un bolsillo del delantal unas almendras gemelas muy parecidas a las que hoy me regaló mi padre. Le pregunté para qué se las guardaba y me dijo que si te duele una muela, te metes un par de almendras como esas en el bolsillo del lado donde te duele la muela y el dolor se te pasa.

Todo ese recuerdo pasó en pocos segundos por mi mente, justo antes de preguntarle a mi padre ¿dónde pongo la almendra? En el bolsillo de tu chaqueta, en el lado donde tengas la muela que te duele.

Bonito placebo, que he portado en mi bolsillo derecho hasta el momento de hacerle las fotos. Hoy no he necesitado la pastilla de después de comer. No serán las almendras, será el efecto del cariño con el que sus manos las han puesto sobre la mesa para mí. Gracias, papá.

27 enero 2011

Convenio colectivo para mis tres personas

Aquí os presento a las tres personas que soy, una bebé-niña, una adolescente-joven y una adulta-casi vieja:

La diurna, práctica y precavida, en cierto modo conformista, comedida, responsable, con los pies sobre la tierra.

La nocturna, inagotable, traviesa, rebelde y a veces insensata, la que vuela, divaga, imagina, sueña, crea, provoca e inventa.

La dormida solamente duerme y sueña lo que toque esa noche en su cartelera onírica.

Mi persona diurna se cansa con facilidad y está deseando que sea medianoche para cederle el testigo a nocturna. De buen grado regalaría algunas horas por la mañana a la dormida.

La nocturna le roba sus horas a la dormida y recoge las que le cede con gusto la diurna.

La dormida es tranquila a la par que vigilante. Nunca la dejan ser ella misma todo el tiempo que querría. Lo que le roba la nocturna quiere cobrárselo en vano a la diurna.

También se enfadan entre ellas porque no siempre están de acuerdo con lo que hace otra. Por ejemplo la diurna enrojece por lo que anoche hizo, dijo o escribió la nocturna. Querría regañarle y corregir sus locuras casi adolescentes, aunque luego no lo hace porque tienen un pacto tácito de no intromisión en persona ajena.

Las tres nos hemos puesto de acuerdo para pedir a la patronal la redacción de un convenio colectivo que, entre otras cosas, distribuya los turnos horarios en relación directa a la capacidad, la necesidad y la personalidad de cada una de nosotras, esto es:

Nocturna. 00:00 - 4:00 (antes de las 00:00 es imposible activarla)
Dormida. 4:00 - 12:00
Diurna. 12:00 - 00:00

Por ser de justicia que pedimos...


P.D. Tengo que pasarle el testigo a la nocturna pero se lo voy a dar a la dormida porque si no, yo mañana no tiro. Mañana tendremos bronca la nocturna y yo.

Firmado: la diurna

26 enero 2011

Algunos malafollás no se dan cuenta de que la vida es un toma y daca

En mis viajes y estancias por lo largo y ancho de este mundo, como diría el Capitán Tan, me he topado con pueblos y ciudades (no podría decir lo mismo de un país entero) con una proporción exagerada de gente antipática. Alguna de esas ciudades la tengo en la punta de la lengua, pero no la voy a nombrar porque la gente se enfada si se meten con su pueblo. Como yo no me enfado y mi carácter nacionalista y localista me lo debí de dejar olvidado en alguna de mis vidas pasadas, me voy a meter con Graná, mi Graná de mi arma. Y es que hay días en los que pienso para mis adentros ¡qué bien nos hemos ganado la fama de ser la gente de la malafollá! Sí, hay gente simpática, cariñosa, cercana y divertida, pero el porcentaje de malafollás es alto en comparación con otros lugares.


Tenemos libro y todo

Hoy mismo una alumna mía se ha mosqueado porque no le funcionaba el teclado. Cuando he ido a arreglárselo tenía tan malas pulgas que me ha soltado "¡vaya mierda de instituto!". Le he dicho que se lo arregle ella y he seguido atendiendo a los demás.

Luego salí del trabajo con mi coche, torcí a la derecha para coger la calle principal del barrio y justo allí hay un paso de cebra. Voy despacito y veo a dos tipos (tiparracos) en la acera, esperando para pasar. Me paro dos metros antes del paso de cebra y seguramente ellos querían que hubieran sido tres porque en vez de hacer el gesto de gracias (es que en esa zona casi nadie respeta los pasos de cebra y hay mucha gente agradecidísima cuando sí lo hacen y te dan las gracias), uno me ha hecho el gesto de que me iba a estrangular y el otro de que me iba a degollar. Coño, cómo está el personal...

Vuelvo a casa. Pepa está contenta porque hoy ya tiene moto para su nuevo trabajo, pero tristona en cuanto se le ha pasado el primer brote de alegría motera. Es por una sucesión de encuentros con malafollá. Está contactando con empresas para ofrecer sus servicios. En las empresas más pequeñas suelen decirle que es una buenísima idea y se quedan con la tarjeta por si algún día los empleados, a nivel particular, necesitan algo, o sea: prácticamente nada, pero con simpatía. En las empresas más grandes o con los profesionales más "crecidos" de sí mismos la respuesta es la malafollá.

Dos casos de los varios que ha tenido por el estilo:

Un centro médico psicotécnico de la Zubia (empresa-tipo "forrada", de esas a las que no les afecta la crisis, porque siempre hay que renovarse el carné o el permiso de armas). Hay una chica tras el mostrador. Llega Pepa, le da los buenos días a la chica y le pregunta:

P. ¿Puedo hablar con la persona encargada o propietaria?
C. No está. ¿Para qué es?
P. Era para ofrecerle los servicios de mi empresa, que se dedica a hacer recados, trámites y gestiones.
C. No nos interesa -en un tono como el de quien mastica chicle y mira al techo.
P. Pienso que les vendría muy bien para llevar a Tráfico las renovaciones de permisos de conducir, por ejemplo.
C. ¡No está, y ya le he dicho que no nos interesa!
P. ¿Y cuándo suele estar?
C. Va y viene.
P. ¿Se le podría localizar en algún teléfono?
C. ¡Sí, claro, pero no se lo voy a dar a usted!
P. ¿Le puedo dejar mi tarjeta por si desea llamarme?
C. ¡Ya le he dicho que no nos interesa!
P. De acuerdo, que tenga un buen día.

Hoy llama a otro de estos "profesionales", esta vez el único que hay en otro pueblo.

- Buenas tardes, soy ... Estuve ayer ahí y me pidió que lo llamase por teléfono.
- Lo he consultado y no nos interesa, así que buenas tardes Clic! -Cuelga sin esperar el saludo de despedida-.

¿A que no sabéis a qué dos centros psicotécnicos no vamos a ir cuando tengamos que renovarnos el carné de conducir? Sin embargo, el mismo NO, dicho con un mínimo de simpatía y de empatía con la persona que tienes enfrente, sería una buena publicidad y además gratuita.

¿Tanto cuesta ser amable?

Me acabo de acordar de un dentista que había en mi pueblo natal. Estaba embarazada y me dolía muchísimo una muela. Fui al ambulatorio medio llorando de dolor, sin la cartilla del seguro, pero era un pueblo, me conocía todo el mundo y casi siempre bastaba con dar el número de la seguridad social en el mostrador, pero el dentista me despachó de mala manera ¡ve a tu casa y tráete la cartilla y entonces te sacaré la muela! Con el panzón que tenía me fui andando hasta mi casa, que estaba lejísimos, cogí la cartilla y volví corriendo. Aún no había terminado el horario de visita pero el dentista ya se había marchado.

Pocos días después, sentada en mi despacho del Ayuntamiento, el señor dentista pasó a pedirme algo que necesitaba, porque en el mostrador general le habían dicho que su trámite tardaría unos días y él lo necesitaba con urgencia. Yo tenía la posibilidad de solucionárselo en el momento. ¿Qué habría tenido que hacer?