28 enero 2011

Contra el dolor de muelas

He ido a comer con mis padres. Cuando estábamos terminando les conté que tengo cita con el dentista porque desde hace varios días me duele una muela en cuanto acabo de comer. Veo que mi padre se levanta sin decir nada y sale del comedor. Al poco vuelve sonriendo, como un niño orgulloso de su hazaña, y me pone sobre la mesa estas dos pequeñas almendras siamesas, que os enseño en varias fotos para que podáis apreciar lo bonitas que son y que realmente son pequeñas (para eso he puesto el ratón al lado):






Durante un segundo no entendí por qué me ofrecía aquellas almendras gemelas o siamesas, pero al segundo siguiente mi mente viajó muy lejos, hasta mi edad de tres años. Mi madre fue al dentista y me llevó consigo. Entramos en aquella habitación llena de sábanas blancas y herramientas punzantes y cortantes, en donde había un médico serio y gordo que llevaba una bata blanca. Mi madre se tumbó en el sillón y abrió mucho la boca, el dentista arrimó su cabeza a la de ella con algo que me parecieron unos alicates en las manos, casi subido al pecho de mi madre. Sentí que mi madre estaba en peligro de algo, que aquel señor de la bata blanca la estaba atacando y le iba a hacer mucho daño o la iba a matar. Entonces dejé de estar muda y quieta y me abalancé sobre el dentista, lo agarré por la bata y tiré de ella con todas mis fuerzas gritándole ¡a mi mamá no! ¡a mi mamá no! Vi saltar los botones de la bata y escuché a mi madre decirme que estuviese tranquila, que no le iban a hacer nada malo. Luego una enfermera me agarró por debajo de los brazos para sacarme de allí, pero dejé mi cuerpo pesado, pataleaba y gritaba. A duras penas me llevó a otra sala más pequeña y aquello fue mucho peor, porque al otro lado, en la sala grande, estaban haciéndole daño a mi madre y ya no habría nadie para salvarla.

Mi mente fue hasta unos días más atrás de aquella visita al dentista, cuando una tarde descubrí que mi madre, con una mano apoyada en la mejilla, se metía en un bolsillo del delantal unas almendras gemelas muy parecidas a las que hoy me regaló mi padre. Le pregunté para qué se las guardaba y me dijo que si te duele una muela, te metes un par de almendras como esas en el bolsillo del lado donde te duele la muela y el dolor se te pasa.

Todo ese recuerdo pasó en pocos segundos por mi mente, justo antes de preguntarle a mi padre ¿dónde pongo la almendra? En el bolsillo de tu chaqueta, en el lado donde tengas la muela que te duele.

Bonito placebo, que he portado en mi bolsillo derecho hasta el momento de hacerle las fotos. Hoy no he necesitado la pastilla de después de comer. No serán las almendras, será el efecto del cariño con el que sus manos las han puesto sobre la mesa para mí. Gracias, papá.

27 enero 2011

Convenio colectivo para mis tres personas

Aquí os presento a las tres personas que soy, una bebé-niña, una adolescente-joven y una adulta-casi vieja:

La diurna, práctica y precavida, en cierto modo conformista, comedida, responsable, con los pies sobre la tierra.

La nocturna, inagotable, traviesa, rebelde y a veces insensata, la que vuela, divaga, imagina, sueña, crea, provoca e inventa.

La dormida solamente duerme y sueña lo que toque esa noche en su cartelera onírica.

Mi persona diurna se cansa con facilidad y está deseando que sea medianoche para cederle el testigo a nocturna. De buen grado regalaría algunas horas por la mañana a la dormida.

La nocturna le roba sus horas a la dormida y recoge las que le cede con gusto la diurna.

La dormida es tranquila a la par que vigilante. Nunca la dejan ser ella misma todo el tiempo que querría. Lo que le roba la nocturna quiere cobrárselo en vano a la diurna.

También se enfadan entre ellas porque no siempre están de acuerdo con lo que hace otra. Por ejemplo la diurna enrojece por lo que anoche hizo, dijo o escribió la nocturna. Querría regañarle y corregir sus locuras casi adolescentes, aunque luego no lo hace porque tienen un pacto tácito de no intromisión en persona ajena.

Las tres nos hemos puesto de acuerdo para pedir a la patronal la redacción de un convenio colectivo que, entre otras cosas, distribuya los turnos horarios en relación directa a la capacidad, la necesidad y la personalidad de cada una de nosotras, esto es:

Nocturna. 00:00 - 4:00 (antes de las 00:00 es imposible activarla)
Dormida. 4:00 - 12:00
Diurna. 12:00 - 00:00

Por ser de justicia que pedimos...


P.D. Tengo que pasarle el testigo a la nocturna pero se lo voy a dar a la dormida porque si no, yo mañana no tiro. Mañana tendremos bronca la nocturna y yo.

Firmado: la diurna

26 enero 2011

Algunos malafollás no se dan cuenta de que la vida es un toma y daca

En mis viajes y estancias por lo largo y ancho de este mundo, como diría el Capitán Tan, me he topado con pueblos y ciudades (no podría decir lo mismo de un país entero) con una proporción exagerada de gente antipática. Alguna de esas ciudades la tengo en la punta de la lengua, pero no la voy a nombrar porque la gente se enfada si se meten con su pueblo. Como yo no me enfado y mi carácter nacionalista y localista me lo debí de dejar olvidado en alguna de mis vidas pasadas, me voy a meter con Graná, mi Graná de mi arma. Y es que hay días en los que pienso para mis adentros ¡qué bien nos hemos ganado la fama de ser la gente de la malafollá! Sí, hay gente simpática, cariñosa, cercana y divertida, pero el porcentaje de malafollás es alto en comparación con otros lugares.


Tenemos libro y todo

Hoy mismo una alumna mía se ha mosqueado porque no le funcionaba el teclado. Cuando he ido a arreglárselo tenía tan malas pulgas que me ha soltado "¡vaya mierda de instituto!". Le he dicho que se lo arregle ella y he seguido atendiendo a los demás.

Luego salí del trabajo con mi coche, torcí a la derecha para coger la calle principal del barrio y justo allí hay un paso de cebra. Voy despacito y veo a dos tipos (tiparracos) en la acera, esperando para pasar. Me paro dos metros antes del paso de cebra y seguramente ellos querían que hubieran sido tres porque en vez de hacer el gesto de gracias (es que en esa zona casi nadie respeta los pasos de cebra y hay mucha gente agradecidísima cuando sí lo hacen y te dan las gracias), uno me ha hecho el gesto de que me iba a estrangular y el otro de que me iba a degollar. Coño, cómo está el personal...

Vuelvo a casa. Pepa está contenta porque hoy ya tiene moto para su nuevo trabajo, pero tristona en cuanto se le ha pasado el primer brote de alegría motera. Es por una sucesión de encuentros con malafollá. Está contactando con empresas para ofrecer sus servicios. En las empresas más pequeñas suelen decirle que es una buenísima idea y se quedan con la tarjeta por si algún día los empleados, a nivel particular, necesitan algo, o sea: prácticamente nada, pero con simpatía. En las empresas más grandes o con los profesionales más "crecidos" de sí mismos la respuesta es la malafollá.

Dos casos de los varios que ha tenido por el estilo:

Un centro médico psicotécnico de la Zubia (empresa-tipo "forrada", de esas a las que no les afecta la crisis, porque siempre hay que renovarse el carné o el permiso de armas). Hay una chica tras el mostrador. Llega Pepa, le da los buenos días a la chica y le pregunta:

P. ¿Puedo hablar con la persona encargada o propietaria?
C. No está. ¿Para qué es?
P. Era para ofrecerle los servicios de mi empresa, que se dedica a hacer recados, trámites y gestiones.
C. No nos interesa -en un tono como el de quien mastica chicle y mira al techo.
P. Pienso que les vendría muy bien para llevar a Tráfico las renovaciones de permisos de conducir, por ejemplo.
C. ¡No está, y ya le he dicho que no nos interesa!
P. ¿Y cuándo suele estar?
C. Va y viene.
P. ¿Se le podría localizar en algún teléfono?
C. ¡Sí, claro, pero no se lo voy a dar a usted!
P. ¿Le puedo dejar mi tarjeta por si desea llamarme?
C. ¡Ya le he dicho que no nos interesa!
P. De acuerdo, que tenga un buen día.

Hoy llama a otro de estos "profesionales", esta vez el único que hay en otro pueblo.

- Buenas tardes, soy ... Estuve ayer ahí y me pidió que lo llamase por teléfono.
- Lo he consultado y no nos interesa, así que buenas tardes Clic! -Cuelga sin esperar el saludo de despedida-.

¿A que no sabéis a qué dos centros psicotécnicos no vamos a ir cuando tengamos que renovarnos el carné de conducir? Sin embargo, el mismo NO, dicho con un mínimo de simpatía y de empatía con la persona que tienes enfrente, sería una buena publicidad y además gratuita.

¿Tanto cuesta ser amable?

Me acabo de acordar de un dentista que había en mi pueblo natal. Estaba embarazada y me dolía muchísimo una muela. Fui al ambulatorio medio llorando de dolor, sin la cartilla del seguro, pero era un pueblo, me conocía todo el mundo y casi siempre bastaba con dar el número de la seguridad social en el mostrador, pero el dentista me despachó de mala manera ¡ve a tu casa y tráete la cartilla y entonces te sacaré la muela! Con el panzón que tenía me fui andando hasta mi casa, que estaba lejísimos, cogí la cartilla y volví corriendo. Aún no había terminado el horario de visita pero el dentista ya se había marchado.

Pocos días después, sentada en mi despacho del Ayuntamiento, el señor dentista pasó a pedirme algo que necesitaba, porque en el mostrador general le habían dicho que su trámite tardaría unos días y él lo necesitaba con urgencia. Yo tenía la posibilidad de solucionárselo en el momento. ¿Qué habría tenido que hacer?

24 enero 2011

¿A más delitos catalogados, más creación de empleo?


Esta mañana, en el transcurso de una conversación con una compañera cuyo marido es funcionario de prisiones, me habló de la masificación en las cárceles y me contó que casi la totalidad de los internos están allí por delitos relacionados con las drogas, mientras que por delitos mayores hay realmente cuatro gatos. Se me ocurrió decir que esa delincuencia desaparecería si se legalizara la droga y medio en serio medio en broma me contestó ¡calla, calla, que se vaciarían las cárceles y mi marido se iría al paro! Se vaciarían las cárceles, se reducirían los atascos judiciales, la policía estaría más libre para atender casos urgentes y graves. Sobrarían funcionarios de prisiones, oficiales de juzgados, policías, abogados, jueces...

Yo pienso ¿y qué? La revolución industrial hizo creer a la población que por culpa de las máquinas habría más paro y no fue así: las máquinas tenían que ser construidas, manejadas, programadas, reparadas, y la población pasó de hacer determinadas actividades a hacer otras. ¿Acaso no falta personal para repoblar bosques o para cuidarlos? ¿No hay carencia de médicos y una ratio excesiva de alumnos en las escuelas? Funcionarios al fin y al cabo, se quitan de allá y se ponen acá, y este mundo giraría más en torno al verde y menos en torno al amarillismo y el "delincuentismo" (perdón por el invento) que nos intoxica cada día más.

A este respecto he encontrado un artículo de la web Reporteras de Guardia, en donde habla de Holanda y el peligro de desaparición de un buen puñado de cárceles. No sé si la reportera en cuestión es imparcial en su visión paradisíaca de ese país-supongo que lo será tanto como se puede ser imparcial con los propios sentimientos-, pero aún así me parece un tema interesante para la reflexión. Creo sinceramente que está de más el incremento abusivo de leyes, prohibiciones y nuevas definiciones de delito en nuestro país a la vez que falta seriedad y contundencia para otros que nos ponen los pelos de punta, incluidos los grandes desfalcos, las estafas a gran escala y, por supuesto, los delitos de sangre. En general, falta contundencia -y años de cárcel- para los delitos que atentan directamente contra los derechos humanos fundamentales.

¿Legalizar las drogas en España? Al paso que vamos, me da a mí que va a ser que no. Ni siquiera sé si tenemos educación y conciencia ciudadana suficientes como para que se nos permitan más cosas y al paso que vamos no las desarrollaremos por falta de práctica. Cuando un ente superior consigue guiar al rebaño a golpe de prohibición y de punición, esa población nunca desarrollará una conciencia propia, sólo miedo y picaresca.

19 enero 2011

Mi termómetro y mi gripe A


Pepa lleva dos días con fiebre no, con fiebrón. Las aulas están a tres cuartos de su capacidad. Tengo una alumna con neumonía. Hoy una chica con ojos como pescadito podrido me ha dicho que se marchaba porque se encontraba muy mal y un chico de otra clase tres cuartos de lo mismo.

Pienso: ya me va a tocar a mí. Chequeo mi tráquea Ok. Chequeo mi garganta Ok. Chequeo mi estado general Ok.

15:15. Llego a casa y Pepa está haciendo patatas fritas. Me como una y me achicharro.

15:18. Voy a llevar el portátil y el bolso al estudio y me noto la cara muy caliente.

15:20. Busco el termómetro, me lo pongo en la boca: 38.4º. ¡Pero si no me sentía mal, ni escalofríos ni nada! Empiezo a sentirme rara.

15:25. Vuelvo a ponerme el termómetro en la boca. 37.8º. Parece que me va bajando algo...

15:40. Mientras comemos me pongo el termómetro en la boca: 37.2º. Limpio el termómetro. Pruebo en la axila izquierda: 35.4º. En la axila derecha, lo mismo. En la boca de nuevo 37.4º.

¿Qué pasa? ¿Tengo descompensación térmica por zonas? ¿Y si los 38.4º eran por el achicharramiento de la patata frita?

18:30. Comprobación de seguridad. Termómetro en boca: 36.8º. Estoy como una rosa y ni un síntoma de gripe. Fiuuuuuuu!

¿Qué os pasa, chiquillas?

¿Qué os pasa a casi todas mis blogueras favoritas que desde que empezó el año os ha entrado una fiebre musical que dos de cada tres entradas son de música?

Esto es un fenómeno curioso y nunca antes observado en mi parcelita lateral. Hubo un día en que todas las actualizaciones que hicisteis eran con música. ¡Y yo tan feliz!




Digo yo que eso será buena señal ¿no?

¡¿Que no os habíais dado cuenta?!

18 enero 2011

Una película: Despedidas


La hemos visto hoy por segunda vez. Despedidas, ganadora del Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 2009, pasó fugazmente por las carteleras españolas; ni siquiera creo que llegase a Granada. No me atrevo a hablar de cine porque en ese terreno me muevo insegura, sólo puedo hablar de películas que me tocan alguna fibra sensible y esta es una de ellas, por eso os la recomiendo.

La idea de la película partió del actor principal Masahiro Motoki, que había sentido interés por otra forma de ver la muerte, como parte integrante de la vida, después de un viaje a la India. Fue dirigida por Yojiro Takita.

Cambiar de vida cuando se pierde un trabajo como violonchelista, vender su bien más preciado -su violonchelo-, enfrentarse al rechazo de amigos y familia por haberse convertido en amortajador y, por tanto, persona impura que toca a la muerte con sus manos. Todo eso lo hace Daigo Kobayashi, el personaje principal de esta película que trata la vida y la muerte con sensibilidad y elegancia, que despierta emociones. La música es preciosa.

Aquí podéis ver el trailer

14 enero 2011

Mis alarmas

El estado del bienestar se nos está hundiendo y para muchas personas era el mejor agarre que tenían a la vida, el más firme punto de referencia. Esa tierra de la abundancia en la que teníamos la sensación de seguridad, de libertad y de un futuro despejado. En unos cuantos años hemos conseguido rematar la tarea de los derechos humanos en el primer mundo. El último derecho humano conseguido en nuestro país ha sido la equiparación legal de los matrimonios homosexuales con los heterosexuales, además del derecho de adopción, dos causas loables, necesarias, justas y que constituyen una importante ganancia social neta: hay ganancia neta cuando alguien gana y nadie pierde.

Pero me recorre el temor de que nos hayamos parapetado en nuestro recién adquirido derecho para esconder la cabeza debajo del ala y hacernos devotas(os) de Santa Rita (lo que se da no se quita). La liberté, egalité y fraternité francesas, de las que creíamos habernos apropiado, se nos escapan de las manos. Poco a poco vamos cediendo amigablemente parcelas de libertad en lo individual y de igualdad y fraternidad en lo social, en aras de la seguridad, la higiene o la estética. Cada día me sorprendo con una nueva prohibición, por ejemplo la última la he sabido ahora al hacer buzoneo de la nueva empresa: en Granada (y en más ciudades) está prohibido repartir folletos por la calle o dejarlos en el parabrisas de un coche. Hace poco prohibieron la exhibición de mimos y los músicos callejeros. No entiendo que se prohíba poner en tu propio coche un papelito de "se vende". Ahora la ley antitabaco que, parapetada en la protección a los no fumadores, esconde una protección -no solicitada- a mi persona... Las prohibiciones absurdas crecen como chinches en cualquier entorno, desde el local hasta el internacional pasando por el nacional, independientemente del partido gobernante.

Parece que en general gays y lesbianas no sentimos alarma alguna de que esa protección a la que se nos somete frente a lo teóricamente insalubre, antihigiénico o antiestético pueda llegar -con el tiempo y de forma prácticamente inadvertida- a revertir los derechos humanos -sobre todo los últimos reconocidos, puesto que la sociedad aún es reacia a considerarlos como tales e incluso hay sectores que los consideran una agresión personal y una ofensa social-. Creemos que si apoyamos esa ola de te protegemos de todo y de ti, estamos más cerca del sueño de la Europa moderna o de la Norteamérica de las películas (pueden que ya sean viejos sueños caducados) y eso nos hace sentir a salvo. Pero analicemos qué puede ocurrir en el futuro (no hace falta ser un lince para ver por dónde van los tiros en el mundo) y cuáles pueden ser las futuras consignas protectoras. Basta que las repitan un puñado de veces y cualquier actividad hasta ahora normal, inofensiva o incluso saludable, será considerada insalubre, molesta, antiestética o perjudicial para el individuo que la practica o para la sociedad que lo rodea.

En casi todos los sectores humanos hay alarma: alarma por el riesgo de perder el empleo (que ronda el 21% de la población activa y el derecho al trabajo es constitucional) de la pérdida de la vivienda (otro derecho constitucional, si mal no recuerdo cada día a 500 familias pierden su casa), de la creciente ola de xenofobia o racismo, de estar incumpliendo algún precepto... Pero si no corres riesgo de perder tu empleo ni tu casa y tampoco eres extranjero(a) pobre, ni de una raza diferente, no eres fumador(a), ni sirves las copas en tu propio bar, ni te ganas la vida haciendo el mimo o tocando el saxo en el metro, si no tienes que repartir octavillas por la calle porque puedes pagarte una inserción en el periódico, y si además todavía estás bajo el efecto embriagador del último derecho humano que se te ha reconocido, la alarma que te avisaría del peligro de perderlo puede no funcionar. Me parece que en ese caso hace falta ajustar su sensibilidad y seguir alimentando el espíritu crítico. Recordemos la frase atribuida por unos a Bretch y por otros a Martin Niemöller de "Primero se llevaron a los comunistas, pero a mí no me importó porque no era comunista...".

09 enero 2011

Nochevieja: Mi padre, mi hermano y el armario de mi madre

Tengo un solo hermano, cinco años más pequeño que yo. Era aquel bebé tan deseado por mi madre, que llegó con todos complementos que ella quería, como -además de ser varón- ser tardío y patoso para hablar, no como yo, que hablé pronto y bien. A pesar de convertirse en el ojo derecho de mi madre nunca tuve celos de él, sino que lo adoré -a mi manera, "que no se note mucho"- desde la madrugada de su nacimiento.

Pero creo que él me quiso más todavía; yo era el espejo en el que se miraba, el ejemplo que quería seguir, el que corría detrás de mí llamándome con su media lengua desde que aprendió a caminar. Y cuando se hizo un poco mayor, ya con cuatro o cinco años, el que me salvaba siempre que podía de las reprimendas de mis padres, sobre todo de mi madre. Hacía lo que podía, desde interponerse entre alguno de ellos y yo para evitarme un previsible azote hasta echarse la culpa de algo de lo que se me acusaba a mí. Luego me hice adolescente y se convirtió en mi mosca cojonera, el que mis padres obligaban a salir conmigo y el que se liaba a puntapiés con cualquier chico que se me acercara por la calle si era un desconocido y él -según su criterio de seis o siete años- le veía algo malo en la mirada.

Crecimos y nos hicimos mayores siendo hermanos, amigos y confidentes. Nos vemos y nos hablamos poco pero tenemos conexión permanente, banda ancha de intuición y cariño. Y cuando nos vemos sabemos si todo va bien o algo no va bien del todo. Apenas necesitamos pedirnos uno al otro lo que necesitamos, tal vez unas palabras indirectas y ya sabemos lo que al otro le duele o echa de menos y empezamos a buscar dentro de nosotros una manera de tenderle un puente a una sonrisa nueva.

Cuando conocí a Pepa tardé un mes en presentársela a él y a mi cuñada (mi cuñada es tan leal y buena conmigo como mi hermano). Fui prudente para no llevarlos a decepciones, quise estar segura de que ella me quería, de que yo la quería y de que, además, éramos compatibles y podíamos imaginar un futuro juntas. Llegado el momento le dieron la bienvenida de corazón y sé que hoy la quieren por sí misma, no porque sea la mujer de...

Nosotras nunca nos hemos ocultado de nadie como pareja. Lo somos en todas partes como lo fuimos Lex y yo durante varios años. Claro que Lex y yo sudamos bien la camiseta para que fuera aceptada por mi madre. Pasamos las de Caín, tuvimos que poner pies en polvorosa la una o la otra o las dos en más de una ocasión para escapar de sus huracanes, pero con el tiempo mi madre la llegó a querer. Eso sí, la condición era que a ella, a mi madre, no podía decirle que era mi pareja; aunque ella lo supiera y lo admitiera, lo que no admitía era la palabra pareja. Tenía que ser "mi amiga". Pero nosotras nunca nos nombrábamos ante ella ni como amigas ni como pareja. Éramos nuestros nombres. Hace unos cinco años mi madre pasó unos días en el hospital para una operación. Lex y yo ya no éramos pareja desde hacía mucho tiempo y me quedé a cuadros cuando me dijo: ¿Por qué no le dices a Lex que venga a verme? Por supuesto, se lo dije a Lex y vino a verla. Tan felices ellas dos, mi madre como ex suegra y Lex como ex nuera, sin importar con qué nombre quisiera nombrarla mi madre para sus adentros.

Mis padres son (no sé si mejor decir fueron o serán) los últimos en conocer mi relación con Pepa. Nunca la han visto ni les he hablado de ella, aunque yo tenía intención de colocarles a su nueva nuera en cuanto supe que nos queríamos, pero mi hermano, como siempre, intentó allanarme el camino y comenzó a contarles muy contento que yo estaba muy feliz porque... Ahí fue interrumpido por mi madre, que dijo: no quiero saberlo, me da igual que me la presente como una amiga, pero no como novia o pareja -y yo no tenía ganas de hacer teatro, preferí callar-. Mi padre, entretanto, el único comentario que hizo fue: Yo soy feliz si mi hija es feliz, me da igual cómo.

Ese detalle de mi madre me hizo detenerme y dejar pasar los días y los meses. Ellos ya son muy mayores, no vienen a mi casa y yo voy a verlos todas las semanas. En esos encuentros, a los que suelo ir sola o con alguna de mis hijas, los noto a los dos muy cariñosos conmigo. Siempre sé que lo saben y siempre imagino que a mi padre le gustaría conocerla, aunque también he supuesto que mi madre prefiere quedarse en un saber sin saber. ¿Y qué hacer ante esto? Me ha causado muchos problemas, porque no quiero ocultar a mi mujer ante nadie y mucho menos ante mis padres. Hasta llegué a ponerme en la situación de que alguien que padece una enfermedad dijese "si es grave no quiero saberlo", ¿tengo el derecho o el deber de decírselo a pesar de ello? Para mi madre fue "muy grave" que mi pareja fuera una mujer. Y su "enfermedad" la sufrió en sus carnes toda la familia durante dos años al menos.

Por otra parte podría decírselo a mi padre a solas, o invitarlo a casa y que la conociera, pero él nunca le oculta nada a mi madre y si cae bronca le va a tocar a él aguantar el chaparrón, como siempre, y lo quiero tanto...

El problema ha surgido en el único encuentro familiar que hacemos al año, que puede caer en nochebuena o en nochevieja. Lo habíamos hablado Pepa y yo; ella sabe lo dura que fue la entrada de Lex en mi vida a causa de mi madre y me ha comentado siempre "para dos horas al año que no puedo estar contigo, para qué vamos a complicar las cosas". Que me lo haya dicho con la boca chica o no, no lo sé, pero yo esas dos horas las paso mal y sé que ella también, hasta el punto que este año había decidido no acudir a la cita con mi familia en nochevieja. He llegado a ponerme mala del estómago de pura rabia, adelantando acontecimientos. "Si me preguntan que por qué no voy les diré que no quiero hacer ningún paripé y que mi familia está aquí, en mi casa, que aquí están quienes saben y quieren saber todo de mí y quienes me respetan" -pensaba. Menuda bronca mental tuve con ellos, hasta llegué al punto de renunciar a verlos por siempre jamás, y luego me condolía porque me iba a arrepentir de eso cuando se murieran. Mi derecho, tu derecho, sus derechos, mis deberes, los suyos... un lío.

Pues bien, la cena de nochevieja iba a ser en casa de mi hermano y él les había dicho a mis padres que este año iba a venir conmigo "mi amiga", y dirigiéndose a mi madre le dijo "y solo espero que no vayas a liarla como hiciste varias veces al principio cuando ella estaba con Lex". Mi madre por lo visto respondió muy ofendida -siempre olvida o parece olvidar- diciendo que ella nunca jamás "la lió" y que ojalá todas "mis amigas" fueran como Lex.

Llegamos Pepa, mis dos hijas y yo a casa de mi hermano. Todo parecía normal, pero claro, aquellas primeras veces con Lex todo parecía normal al principio hasta que mi madre montaba el pollo públicamente, de modo que allí me veo yo a Pepa con su sonrisa un poco apretada, rara, tímida, muy bien sentada en el sofá con sus piernas juntitas, y las manos sobre las rodillas porque mi madre no le quitaba ojo de encima. Mi padre estaba feliz, se puso a bailar y me sacó a mí a bailar con él "Allá en el rancho grande", que él mismo cantaba, y luego a mi cuñada y a mi hija mayor y a mi madre... Mi hermano me llamó aparte y me dijo: Te voy a contar una anécdota simpática. Cuando os esperábamos, mi hijo empezó a despeinar con las manos al abuelo (mi padre) y él protestó diciendo: "No me despeines, que hoy voy a conocer a mi nuera y quiero estar guapo". Le pregunté: ¿Lo dijo delante de mamá? Claro, por supuesto.

Así que ya está integrada en la familia, en cuanto Pepa se suelte a hablar y sepan cómo es, porque esa noche no dijo ni mu. Ahora queda la segunda parte ¿tengo que decirles explícitamente "mi pareja" o "mi mujer"? ¿es mi derecho o es mi obligación? ¿tiene que ser de inmediato o esperar a que la vayan conociendo mejor? Ya me iré respondiendo. Mi padre sigue llamándome muy contento y muy cariñoso, aunque a mí no me saca el tema. ¿Esperará que yo le diga algo?

En cualquier caso estoy feliz. La noche transcurrió perfectamente con toda la peña que estábamos allí, que éramos bastantes y a última hora acabamos en dos grupos: jóvenes (yo incluida) por un lado en una mesa charlando y riendo, mayores en otra con sus propias diversiones.

03 enero 2011

Mi derecho a tener miedo

La Ley antitabaco me afecta más bien poco y, a pesar de mis protestas, la acepto casi de buen grado, más que por mí por mi hija, que también es fumadora y me gustaría que lo dejara. A mí me afecta poco porque no me gustan los lugares públicos, porque soy bastante solitaria, pero me desesperan los extremos. Por ejemplo hace un año mi madre estuvo en el hospital y yo me quedaba con ella por las noches, sentada en un sillón. A veces me apetecía estirar las piernas y fumarme un cigarrillo y me bajaba a la calle. A esas horas todo estaba solitario, mi cigarrillo no era una ofensa para los asépticos pulmones de ningún no fumador ni ejemplo perverso para menores ni mayores. Era simplemente el ejercicio de mi libertad en la soledad de la noche. Esa libertad mía, individual, hoy no podría ejercerla del mismo modo. Podría bajar, podría esconderme más allá de la noche misma, pero con el miedo azuzándome a las espaldas. El anuncio de la ministra de que está permitida (y por el modo en que lo dice, aplaudida) la delación anónima es algo repugnante, vomitivo, inquisitorial... Me produce espanto, pero más espanto me produce el haber corroborado que en solo 24 horas casi un millar de delatores se han pronunciado. Y si me apuro, más espanto aún me produce el hecho de que casi nadie se haya llevado las manos a la cabeza con esa declaración ministerial. Esto, en un Estado de Derecho, en una democracia y con un gobierno de izquierdas es para que se pongan los pelos de punta. Pero por las diosas ¿hemos perdido el norte? ¿se nos ha olvidado lo que costaron las libertades individuales? ¿sabemos lo que significa libertad?