22 febrero 2011

Ya está habilitado el 2.0

He puesto el enlace arriba, encima de las entradas y se puede entrar también a partir de la imagen siguiente

18 febrero 2011

Porque los tiempos cambian

Hace muchos días que apenas he mirado los blogs. El tiempo que me ha quedado después de las obligaciones y necesidades cotidianas lo he dedicado casi por entero a reflexionar, aprender, morirme y resucitar. Resucitar o renacer, tanto vale. Cada cierto tiempo se renueva la piel y lo que lleva dentro, hasta la última molécula del pensamiento. Se desempolva, se abrillanta y se conserva lo bueno, se tira a la basura lo que no tiene valor y se incorporan las cosas nuevas, recién adquiridas, como los recientes recuerdos, los nuevos proyectos y los últimos aprendizajes. Porque estamos vivas.

En estos días he visto con tristeza que algunos de los blogs que más quiero se han puesto en pausa, se han detenido para siempre o han desaparecido, aunque eso tiene su parte buena -así lo he sabido en unos casos y lo he presentido en otros- y es que esos hechos se han producido porque algo bueno les está pasando a esas mujeres que me han fascinado hasta ahora con sus palabras, sus pensamientos, su fortaleza y esos pensamientos suyos que han querido compartir. Porque estamos vivas.

Presiento en mi vida un cambio a mejor -quién dijo que mejor imposible- y este cambio tiene que ir acompañado de un cambio en lo físico, como redecorar la casa o mudarse a una nueva. Me he decidido por lo segundo pero en términos bloguísticos, que no están los tiempos para mudanzas inmobiliarias, de modo que aquí dejo Por algo lo digo y me mudo a Por algo lo digo 2.0, que no es ni mejor ni peor, simplemente es otro. Porque los tiempos cambian.


Este blog sigue aquí, con lo dicho y lo no dicho. En breve pondré en él un enlace a la nueva versión en donde os espero y desde donde os seguiré como hasta ahora.

12 febrero 2011

La agresión desviada

Es el título de un artículo de la revista Redes, nº 10, de Punset, al que hice alusión hace unos días y que me envió Pena Mexicana. No puedo enlazar el artículo porque no lo he encontrado en internet. Tampoco lo transcribiré entero por su larga extensión. Viene a cuento de esas sorpresas con las que en ocasiones -contadas, eso sí- nos han obsequiado a las habitantes de esta humilde casa personas a las que hemos abierto de par en par las puertas no solo de nuestra casa sino de nuestra alma. Siempre se ha tratado de personas que estaban viviendo situaciones casi extremas, de ánimo, de vida, de entorno, económicas o familiares. En esta familia tenemos como factor común -por lo tanto podría tratarse de comportamientos aprendidos- el ánimo de ayudar por una cuestión quizás de justicia cósmica y pensar que si viviéramos situaciones parecidas a las que están sufriendo esas personas nos sentiríamos afortunadas si alguien nos ofreciera su oído, su comprensión, búsqueda de ayuda externa, un espacio acogedor, comida, una cama o un poco de todo eso. Si es una mujer o una niña de las edades de mis hijas, a mí me asalta el sentimiento maternal y me vuelco doblemente: si mi hija se viera en estas circunstancias agradecería el resto de mi vida a quien le tendiese una mano.

En esas contadas situaciones se han dado estas dos circunstancias: personas en situaciones extremas de un lado y personas dispuestas a dar una ayuda sin límites por el otro. La tercera circunstancia sobrevenida ha sido un progresivo distanciamiento por parte de esas personas en cuanto han dejado de necesitar nuestra ayuda, lo cual nos parece perfecto, señal de que están bien y de paso un descanso para nosotras que nos devuelve a nuestra paz cotidiana. La cuarta y última circunstancia, también sobrevenida, ha sido que, incomprensiblemente, esas personas han hallado en algún comportamiento nuestro, posterior a la ayuda, una causa más que justificada -según ellas- para agredirnos de alguna forma, normalmente difundiendo un folletín de tipo B sobre nuestras intenciones o sobre un carácter oculto que acaban de descubrirnos y que nos hace seres indeseables y atacables.

La repetición de circunstancias nos ha llevado a temer ya desde el primer momento de la ayuda el que se produzcan esas reacciones no deseadas en un futuro. A pesar de eso, la llegada de la agresión nos ha pillado siempre por sorpresa. ¿Podría tratarse de una agresión desviada?


En el artículo de la revista, aludida al principio, habla  David P. Barash, profesor de Psicología de la Universidad de Whashington, y comienza así: "Todos hemos experimentado alguna vez el dolor. Cuando pasan cosas malas -y, tarde o temprano, siempre pasan- algo peculiar y profundamente desagradable puede ocurrir después: como efecto de haber resultado heridas, las víctimas a menudo reaccionan, haciendo que otros también sufran el dolor que ellas mismas sufren. Y aquí hay algo curioso: frecuentemente eligen a un inocente, alguien que no era el que les ha causado el sufrimiento, como su propia víctima. Los biólogos llaman a esto 'agresión desviada o redirigida'. Opera a través de la transferencia del dolor, a veces físico, a veces psicológico..."

Esta teoría ha sido probada en laboratorio mediante ratas: "Si ponemos a una rata en una jaula con un suelo electrificado que produce descargas de forma repetida, el pobre animal mostrará muchas señales de estrés. Cuando se le haga la autopsia se verá que sus glándulas adrenales son más grandes de lo normal y, probablemente, también tendrá úlceras en el estómago. Ambos hechos indican la presencia del estrés. Si repetimos el experimento pero esta vez añadiendo un palo de madera en la jaula, la rata lo mordisqueará y soportará la experiencia mucho mejor. En la autopsia, las glándulas adrenales serán más pequeñas y tendrá menos úlceras. De alguna manera mordisquear el palo ha ayudado a la rata. Por último si ponemos dos ratas en la jaula y solo a una se le aplican las descargas, responderá atacando a la otra. Curiosamente observaremos en la autopsia que las glándulas adrenales del animal tendrán un tamaño normal e incluso, a pesar de haber soportado numerosas descargas no tendrá úlceras. Cuando los animales responden al estrés y al dolor redirigiendo su agresión fuera de sí mismos, ya sea mordiendo un palo o a otro individuo, parece que se están protegiendo a sí mismos del estrés... aunque sea a pesar de infligir daño a otro. (...) Parece probable que individuos que han respondido a situaciones dolorosas haciendo daño a otros hayan sido más exitosos que esos que simplemente sufrieron su dolor en silencio con todas las consecuencias fisiológicas asociadas".

En cuanto al experimento observado en seres humanos el profesor Barash habla de la invasión de Irak, a pesar de ser un error, sirvió para redirigir hacia una víctima inocente la rabia por el 11-S. También "en un estudio clásico, los psicólogos encontraron que podían predecir el número de linchamientos sureños entre 1882 y 1930 simplemente a partir del precio del algodón del año anterior. Cuando el precio bajaba el número de linchamientos aumentaba. El dolor económico y social de los blancos pobres era pasado hacia los negros, sin que se diesen cuenta de forma consciente de que lo que buscaban eran cabezas de turco en las que desahoga su angustia".

Concluye la parte principal del artículo con estas palabras: "Idealmente, la persona castigada debería ser la que ha perpetrado la ofensa pero, de hecho, una vez las ruedas del dolor han comenzado a moverse, lo que realmente parece importar es que otro -cualquiera- sufra. Alguien ha de pagar".

Mis impresiones

Con la lectura de este artículo he entendido parte del problema que nos afecta, pero no todo. Nada se dice de que la víctima elegida sea aquella persona a la que se debe agradecimiento, pero claro, tampoco se niega que sea así, aunque resulte doblemente penoso reconocerlo. Por otro lado, no todas las víctimas de maltrato o injusticias usan su parte animal para desahogar su dolor, pues bastantes utilizan la inteligencia, el raciocinio y la bondad en lugar del acto reflejo o la intuición animal, de forma que canalizan el dolor sufrido hacia causas loables que eviten o atenúen ese dolor a otras personas en similares circunstancias. Ahí radica, a mi juicio, la verdadera resiliencia.

Además tengo una teoría propia -quizás exista ya y esté probada, o no- acerca de por qué, en lugar de agradecimiento, lo que se produce es desprecio. Podría ser que el coste de ese agradecimiento se suponga tan alto que no se vea manera de demostrarlo o que nos haga sentir que tendremos nuestra vida hipotecada para pagar de alguna manera. Un modo de ahorrarse ese coste es buscar y hallar en la persona o personas que nos tendieron la mano alguna fuerza oscura que las movió a ayudar, algún defecto inconfesable que ocultan en su yo más profundo y por tanto, el que debería agradecer la ayuda, asumiendo y difundiendo esa presunta falta -en absoluto presunta para él/ella- se libera de deudas, incluso si nadie tuviese intención de cobrárselas.

09 febrero 2011

Pinceladas sobre la culpa

Hay varias teorías que consideran útil el sentimiento de culpa, entre ellas alguna de Freud, porque puede servir a uno o más de los siguientes objetivos:
  • Auto-castigarse cuando se ha causado un mal reparable o irreparable.
  • Eliminar o reducir comportamientos que ocasionen algún mal. 
  • Reparar un daño causado.
  • Atraer hacia sí la compasión y el perdón de los demás.
Sin embargo las teorías psicológicas más modernas no ven en la culpa nada positivo al considerar que bloquea la inteligencia y con ello la capacidad de mejorar, de crecer emocionalmente y hasta de reparar el daño causado. Por ese motivo la educación social se va orientando hacia la eliminación de ese sentimiento desde la infancia.

Paralelamente numerosos expertos en psicopatías aseguran que el porcentaje de sociópatas en la población occidental se va incrementando cada año desde 1923, y a pasos vertiginosos en las últimas décadas (Simposio Internacional de Criminología y Psicopatía - Universidad de La Laguna). Ya se sabe que el psicópata y el sociópata carecen de sentimiento de culpa, algo que puede ser innato o aprendido.

Uno de los rasgos que más llama la atención por ser uno de los más comunes en los acosadores y agresores infantiles y juveniles es la ausencia de sentimientos de culpa (1), mientras que el otro lado de la moneda una de las reacciones más comunes en los padres de niños, adolescentes y jóvenes violentos consiste en justificar, estimular o incluso secundar su violencia (2) para demostrarles que los quieren, lo que en el fondo -dicen los expertos- no es más que el efecto del sentimiento de culpa por no haber sabido/podido ejercer de padres.

El maltratado o la maltratada se siente culpable de haber provocado una agresión, se oculta, se calla, o se somete y esa actitud provoca más agresiones. El agresor nota la culpa del agredido y se justifica en ella. Como por otra parte el agresor no siente culpa, porque no conoce ese sentimiento o porque ya alguien se ha declarado culpable (el agredido), nunca admitirá ni reconocerá su propia culpa.

Muchos ejemplos se podrían poner de un extremo u otro, pero bastan los anteriores para ver lo negativo tanto de la ausencia como de la presencia del sentimiento de culpa. Entonces ¿es saludable o perjudicial? Si hay un término medio ¿dónde está?

08 febrero 2011

El último post

Mi último post, que aparece como publicado pero no lo está se llama "Pinceladas sobre la culpa". No es que lo haya borrado tras su publicación, sino que estaba redactándolo y sin querer pulsé en el botón Publicar en vez de en el de Guardar. Aún le queda bastante para terminarlo al paso que voy, pero sigue ahí en borrador hasta que tenga un poquito de tiempo.

07 febrero 2011

Comentarista de fin de semana, ni eso

Quiero pediros disculpas por no haber siquiera leído vuestros últimos posts. Sí, los de los blogs que sigo. Cierto es que cada vez tengo más favoritos y que no se pueden seguir todos cuando hay obligaciones, pero además es que desde que empezó este año no tengo mucho tiempo y me quedo en comentarista de fin de semana. En este que ya se termina  ni siquiera eso por razones que de momento prefiero no contar y que me han llevado a no hacer nada excepto reflexionar y obtener conclusiones que, feas o bonitas, siempre son positivas porque constituyen un aprendizaje. Quiero dar las gracias a Pena Mexicana por un estupendo artículo de Punset que ha tenido la paciencia de escanear y enviarme, pues me ha servido para comprender una cuestión que siempre me resultó incomprensible. Tal vez un día podamos abrir un debate sobre ese tema, porque da de sí para muchas reflexiones a favor, en contra y complementarias.

Siendo todo positivo, incluso lo negativo si se le mira bien, en estos días han ocurrido cosas netamente positivas que tienen que ver con el ámbito laboral de mi pareja. De forma inesperada se han abierto dos hermosos claros en nuestro horizonte, sin haber tenido que recurrir a subvenciones, ni ayudas, ni recomendaciones de ningún tipo, sólo como resultado de su propio esfuerzo, de su capacidad y de su optimismo. Si algo ha tenido que ver en ello la suerte, bienvenida sea. Enhorabuena, mi amor.

04 febrero 2011

Chiquita mía

Junio de 1977 - 18 años

Los geranios estaban en plena flor y habían llenado la terraza de colores intensos, verde, rojo, rosa y blanco. Por las mañanas iba a trabajar y luego pasaba las tardes sola en casa, estudiaba mis asignaturas y las oposiciones de auxiliar administrativo, me ocupaba de la limpieza, la comida y la ropa, y en los entreactos disfrutaba de mis plantas y mis sueños: un día u otro podría ocurrir ese milagro que tanto se estaba haciendo esperar.

En el laboratorio no hacían los análisis hasta los veinte días de retraso, habían pasado solo nueve y yo había comprado en la farmacia un invento reciente, que se llamaba Confidest. Aquella tarde puse en el tubo de cristal las gotas de orina y lo apoyé en su soporte. Si al cabo de dos horas se había formado un círculo marrón yo estaría embarazada. No podía irme tranquilamente a hacer otras tareas y dejar que el círculo se formase o no se formase allí solo, sin mí. Me quedé plantada mirándolo un segundo tras otro, un minuto, veinte, una hora. Era imposible apreciar los cambios, me frotaba los ojos, daba una vuelta por la casa y al minuto estaba de nuevo allí mirando el reflejo de la base del tubo de cristal. Parecía que sí, que se iba formando un círculo, o tal vez no, quizás era mi imaginación que lo dibujaba, impulsada por mi deseo.

Pasaron dos horas y no estaba segura de si aquello era un círculo ni si era marrón, amarillo o un espejismo, no quería echar las campanas al vuelo. Fui a vestirme, me puse unas sandalias, un polo blanco y un pichi rojo. Intenté conectar con mi vientre, sentirte, si es que estabas ahí, pero solamente notaba el temblor de una emoción que quería responder a un hecho cierto. Me entretuve mirándome al espejo, buscando en mi rostro alguna señal de tu presencia y solamente veía a una mujer-niña con los ojos negros y una boca que sonreía sin saber muy bien por qué.

Volví al Confidest. Indudablemente había un círculo marrón bien dibujado en el fondo del tubo de cristal. Entonces me puse a reír con fuerza y a girar como una peonza en el salón, junto a aquellos sillones rojos que hacían juego con mi vestido. Tenía que compartir aquella alegría que me mantenía en el aire como si de repente me hubiese liberado del peso de mi propio cuerpo.

Salí de casa, bajé la escalera con cuidado para no hacerte daño, caminé despacio cerrando de vez en cuando los ojos para aspirar el aire de aquella tarde con olor a incipiente verano. Con la sonrisa puesta en el alma, no me di cuenta de quiénes eran las personas con las que me cruzaba o me saludaban, en esos momentos tú y yo estábamos en plena conexión. Mis pasos me llevaron a la casa de los abuelos, allí estaba la abuela sola. Cuando me vio llegar en éxtasis me miró recelosa y con su forma de decir las cosas me preguntó qué te pasa que vienes tan sonriente. Que estoy embarazada. Ay, qué bien, pero ... ¿serás capaz de criarlo? Sonreí porque al tenerte conmigo mi madre acababa de perder su poder de enfadarme con sus palabras, y no sé cuándo volví a casa ni cuándo se lo conté a tu padre, porque esa tarde, en donde quiera que estuviese no había nadie más que tú y yo.

Unos días después fui a hacerme la prueba oficial, que dio positivo. Me acompañaba papá. Llevé su mano a mi vientre y le dije tenemos aquí a nuestro bebé. Sonrió con la ternura de quien veía en mí a una niña demasiado crédula e inocente y me dijo que no eras un bebé todavía, que apenas eras un gusanito. Se me hizo un nudo en la garganta de pensar que él no te quería todavía, cómo era posible si yo ya te quería tanto y me vi sola en aquel sentimiento tan fuerte de amor. Los hombres no sienten las cosas igual, pensé. Claro que mi madre tampoco siente como yo, pero no, lo que pasa es que mi madre siempre se hace la dura, en el fondo sé que está contenta y que él está contento, y mi padre también, pero ellos todavía no te aman y yo sí, estamos juntos y lo estaremos durante mucho, mucho tiempo (en aquellos tiempos los bebés-gusanito eran siempre varones mientras no se demostrara lo contrario, esto es, al nacer). Yo te enseñaré a amar las flores, la música, los libros, los árboles, el mar y la vida, a querer a los animales y a las personas buenas, a ponerte en la piel de los desprotegidos, inventaré historias para ti, te llevaré de mi mano por el mundo y no te pasará nunca nada malo, porque yo te voy a cuidar y te voy a enseñar a cuidarte y a quererte, a ser fuerte, sensible y buena persona.

Las tardes ya no eran solitarias, tú crecías dentro de mí, yo te contaba cosas bonitas y te ponía música suave. Te imaginaba en cada rostro de bebé de mi libro de embarazo, ora niña, ora niño, rubia, moreno, en la escuela, en el parque, con coletas, con el pelo liso, rizado... Cuando íbamos al cine te daba hipo, cuando cerraba la puerta del coche te sobresaltabas en mi vientre y cuando respiraba profundamente te movías mucho como una mariposa en el aire fresco que yo te entregaba.

Febrero 1978 - 19 años

Aquella madrugada de domingo no podía dormirme porque un grupo de chicos cantaba serenatas para alguna moza del edificio. Luego me dormí un poco y me desperté sabiendo que ibas a nacer. No me dolía nada, pero llamé a la madre de tu padre para decirle que me llevasen al hospital. Pero niña, si no te duele nada... Vámonos, que está a punto de nacer, le insistí yo. Pero tú pon cara de que te duele mucho o no te harán ni caso, una primeriza ya se sabe.

Una hora y media después, con mis piernas sujetas a unos estribos en alto oí tu voz, no era llanto, fue sólo un "niaaaa", un aviso discreto de que habías llegado y de que estabas bien -siempre fuiste igual-. Te miré... no, más bien te comí con los ojos. Me dijeron es una niña. ¡Una niña! Yo, que había estado tan serena todo el tiempo, no pude contener la emoción. Las piernas empezaron a temblarme y los artilugios donde las apoyaba parecía que se iban a romper. Lloré y reí a la vez porque eso que estaba pasando era lo más hermoso y lo más mágico que me había pasado nunca. Mientras te lavaban no aparté ni un segundo la vista de ti, temí que te pusieran en una cunita de metacrilato y te llevasen a una sala llena de bebés donde no podría tocarte, así que me salió un grito tipo súplica: no os la llevéis a ningún sitio. No lo hicieron. Te pusieron la ropa que llevé para ti y te colocaron en mis brazos. Tú me miraste con aquellos ojos entonces azules, arrugando el entrecejo como pidiéndome que te hablase para reconocerme en aquella voz que desde hacía meses te contaba tantas cosas.


Días después


14 meses después

Cuántos caminos hemos recorrido, cuántos descubrimientos hemos hecho juntas en estos treinta y tres años, qué cerca estás de mí, cuánto aprendí y aprendo de ti cada día. Qué gran persona eres y cuánto te quiero. Feliz cumpleaños, mi pequeña.


Tres años después

01 febrero 2011

Cómo engordar 3 kg en 10 días

Creo que una novela me atrapa si consigo meterme en la piel de sus personajes y eso tiene que ver con la maestría con la que esté escrita y traducida, aunque no siempre, porque una se engancha a veces con presuntos bodrios. Cuando el lenguaje es abigarrado, complicado o lleno de florituras, me obliga a estar pendiente del significado de cada frase más que a ocuparme de seguir la trama y de disfrutar del sentimiento que cada situación me provoca. Encuentro maestría cuando el lenguaje es hermoso pero asequible, comprendo el tema y la trama está bien urdida, de manera que sin darme cuenta me instalo en el escenario y me dejo llevar por las emociones que quieren que sienta: miedo, alegría, hambre, tristeza, zozobra... hasta convertirme en el personaje durante las horas que dedico a su lectura. Así por ejemplo durante una temporada me metí en la piel del abominable Jean-Baptiste Grenouille, en El Perfume, sentí míos sus recuerdos, miedos y miserias a pesar de lo lejos que me queda el personaje, por la época, los intereses, el sexo y, sobre todo, por las pasiones y la capacidad olfativa.


He terminado de leer Las cenizas de Ángela, una novela que ha ocupado mis horas de lectura de los últimos diez días. Es uno de esos libros que sabes que existe, que se convierte en bestseller y por eso ya no lo quieres leer, pero conoces a una chica, te enamoras de ella y resulta que ella tiene un ejemplar y una noche te lo pone en tu mesita cuando te quejas de que se te ha acabado todo lo que tenías para leer y que te has quedado como alma en pena.


Lo empecé hasta tres veces y me perdía en los muchos personajes que aparecen al principio, porque tengo mala memoria. Pensé que iba a mantenerme perdida durante todo el libro como me ocurrió con Cien años de soledad -un libro que nunca conseguí terminar-, pero no fue así, acabé haciéndome con todos y cada uno de los personajes y seguí la trama. Sentí frío y tuve que añadir una manta -casi siempre leo en la cama-. Sentí picor de pulgas y piojos, mis pies descalzos, impotencia, dependencia emocional y económica de un hombre borrachín, pero más que nada sentí hambre. Cuando el niño protagonista está muerto de hambre a veces va a robar una hogaza de pan. Ummmm, hogaza de pan blanco y tierno. O bebe furtivamente la leche de una vaca directamente de sus ubres. Ummmm, leche espesa y calentita. Desea que llegue el día en que pueda comerse un huevo cocido con mantequilla. Ummmm, huevo cocido, mantequilla, suena suave y delicioso... Resultado: con los ojos ya a media asta, vencida por el sueño, el hambre sobrevenida e injustificada no me dejaba dormir, de modo que cada noche tenía que ir a la cocina y comer pan o leche o algún dulce o un poco de todo. Una deliciosa sobrecena que me ha puesto tres kilos -uno en la pechera- en tan solo diez días. (Una compañera más bien plana me dice hoy: Niña, ¿qué te has hecho en las tetas? ¡qué tetazas! Y le digo: leer un libro. ¡Pues pásamelo!, va y me dice).

Hoy he comprado Riña de gatos, el último de Eduardo Mendoza, y estoy sedienta por saber qué emociones me va a provocar.