22 septiembre 2011

Lo que me enamoraba, me enamora y me enamorará. Introducción

Parto de la base de que lo que me enamora ha ido cambiando a lo largo de los años, desde aquel primer amor mío, Paco, un niño de 5º de primaria cuando yo estaba en 4º y tenía nueve años. Me enamoré de él cuando estábamos en nuestras respectivas filas en el patio antes de entrar en clase y la verdad es que no sé qué es lo que tenía que me gustaba. Cruzábamos miradas todo el rato ¿sería solamente eso? Nunca hablamos. Luego se marchó a Ceuta y yo abría mi atlas y acariciaba aquel punto geográfico como para acariciarlo a él, entretanto y a lo lejos escuchaba los diálogos de la radionovela "Los Miserables", que mi madre ponía a diario, interpretada por Fernando Guillén y Gemma Cuervo. Yo era Cosette y él era Jean Valjean. Después volvió para unas vacaciones de verano, cuando ya teníamos 12 y 13 años, y vino a buscarme a la puerta de mi casa. Salí, lo vi, me dio un respingo el corazón y pasé de largo, roja granate. Esa fue última vez que vi a mi amor platónico.


Después me fui enamorando de la belleza física, siempre de chicos, y poco a poco, con el tiempo fui enamorándome del encanto interior que emanaban algunos hombres, al margen de su belleza física, que podía existir o no, aunque para mí si estaba dentro también la veía por fuera.

De la primera mujer de mi vida me enamoró que se enamorara de mí, así de simple. Era rara como un perro verde, muy guapa y atractiva sí, pero extremadamente complicada, como complicadas eran las posibilidades de todo en aquellos tiempos, casadas ella y yo con nuestros respectivos maridos. Cuando ambas habíamos abandonado casi por completo nuestras vidas anteriores para volcarnos en nuestra relación, para seguir acorde con sus rarezas se despidió una noche de mí con un beso enamorado y se volvió a vivir la seguridad de su matrimonio.

Luego siguieron otros amores, fugaces la mayoría, pocos en general si de verdad los quiero llamar amores. Casi sin darme cuenta fui tejiendo un patrón de cómo tenía que ser esa persona de la que me podría enamorar y ese patrón lo fui perfeccionando, quitándole de aquí y poniéndole allá. Le quitaba lo que en común tenían de negativo -para mí- las personas que ya habían pasado por mi vida, lo que me causaba repulsión, angustia o dolor. Le añadía lo que en común tenían de positivo: la sensualidad, la bondad, la inteligencia, el equilibrio... ¡y la química! Quedaba poca cosa en el mundo que se ajustara a tanto requisito pero por suerte fui dando con la casi perfección... Ya. Sé que nada es perfecto, me consta... y lo sabéis.

P.S. Este post es una aproximación a otro que quizás escriba más adelante (ya no prometo nada, todo depende, depende, depende) y me ha venido sugerido por un correo electrónico que acabo de recibir de una mujer que alimenta mis reflexiones como yo las suyas -a decir de ella- aunque poco tenga que ver el post en sí con el contenido de su carta.

19 septiembre 2011

Tus retazos de mi biografía

Hay una afirmación por ahí, cuya autoría desconozco, que dice que somos como se nos ve desde fuera, como nos vemos desde dentro y como realmente somos. Esto último parece ser lo más difícil de saber y es, justamente, la única verdad. Las dos primeras partes de la afirmación no dejan de ser juicios de valor, y la primera nos define desde una mirada y un contexto distinto al que recordamos: anécdotas, encuentros, lugares, cosas que hicimos o dijimos. Hechos que se habían borrado por completo de nuestra memoria y que ahora recuperamos para rellenar huecos en nuestra biografía de los otros, pero sobre todo para saber quiénes fuimos para esas personas a través de la expresión de sus ojos cuando nos lo están contando.

Con un alumno en el día de las paellas, año 1992.
Foto cedida por mi vieja alumna Angie
Por tierras del norte vive un hombre que fue alumno mío de los 14 a los 18 años y con el que no he perdido el contacto, periódico aunque escaso por la distancia geográfica, hasta el día de hoy cuando andará en torno a los 40. Conserva ejercicios y exámenes suyos que corregí en su día. En uno de ellos, una instancia en papel hoy ya amarillento, que chocaba por exceso de reverencia, le señalo una frase y mediante una flecha escribo al margen ¡Pelotas! Otro, en que le señalé los errores que encontré y que él mismo me devolvió, junto al regalo de una casete de Pink Floyd, para hacerme notar que me había pasado inadvertido un error más, quizás para demostrarme que yo también me equivocaba. Se acuerda de un día en que me presenté en el instituto "con aquel impresionante vestido rojo" -no recuerdo haber tenido nunca un vestido rojo de las características que él señala ¡si yo casi siempre vestía como en la foto lateral!- y que me valió un posterior regalo suyo: el disco de vinilo con la BSO de La mujer de rojo, pero en mi biografía, real o inventada, hoy soy una mujer que un día llevó a clase un impresionante vestido rojo que cautivó a aquel adolescente.


Me gusta encontrar a mis alumnos y alumnas de hace muchos años. La conversación se suele basar en "aquellos tiempos" y juntos reconstruimos nuestras respectivas biografías en base a situaciones y anécdotas que solo uno o unos cuantos recordamos. Fueron en la mayoría de los casos adioses sin pena ni gloria, de esos de "a ver si nos vemos", con la casi seguridad de que poco a poco pasaríamos a la mochila del olvido. Resulta enternecedor saber que pasaron los años y al igual que tú no las olvidaste, tampoco a ti te olvidaron.

Hoy me han llegado otros datos de mi biografía, los que recuerda alguien a quien quise mucho y con quien no tuve contacto alguno durante más de cuatro lustros después de haber acabado aquella relación como el rosario de la aurora. Esos datos me han llegado a través de mi hija mayor a quien se lo ha contado. Le ha recitado de pe a pa -algo que yo misma no habría podido hacer- una poesía mía del año 76. Ha preguntado si sigo escribiendo poesía y mi hija le ha respondido que ahora escribo en un blog. "¡Cómo me gustaba la forma de escribir de tu madre! recuerdo aquella carta que redactó en el 79 a petición de un amigo mío que bla bla... y otra que mandó al periódico para tal y tal..." y narraba frases enteras de unas cartas que yo no tenía ya ni remota idea de haber escrito y me calificaba como una mujer "noble", no precisamente de sangre azul. Y entretanto yo me preguntaba cómo había podido retener en su memoria anécdotas tan precisas y sentimientos de cariño cuando yo pensaba que tras el adiós me odió por siempre jamás.

Hoy lo hablaba con Chris: no importa lo que hagamos si lo hacemos desde la honestidad y el buen corazón, incluso si nuestro comportamiento pudo causar dolor. Con el tiempo cada cosa se pone en su lugar, aunque haya que esperar lustros para que eso ocurra. Lo importante es no esperar con ansiedad, olvidarse de ello y dejar las cosas fluir en el tiempo sin esperar nada, porque al final siempre ocurre, por justicia cósmica o por lo que sea.

Hay momentos especiales en la vida -y ahora es uno de ellos- en los que me sienta muy bien saber que la mayoría de las personas de mi pasado me recuerdan con cariño y respeto, sin importar lo difícil o doloroso que pudiera resultar en su día el adiós, ni sus promesas de odio eterno, ni los años que hayan transcurrido. No sé si es curioso, pero es cierto: a esas personas yo las seguí queriendo aunque por necesidades del guión no me quise permitir decírselo nunca. Es que a veces sobran las palabras y, cuando ha pasado el tiempo suficiente, lo que queda patente es el lenguaje de los hechos.

P.S. No todas las personas de mi pasado se hicieron acreedoras de mi respeto ni de mi cariño de por vida.

12 septiembre 2011

El sofisma del puente

Lady on the Bridge. Julie Lamons
El más imprevisto e inimaginable de los reencuentros estivales supuso un precioso regalo que la vida me volvía a dar: la misma "ella", intensa como la recordaba, más hermosa si cabe de cuanto lo era antes, difícil, dura, tierna, demasiado inteligente, demasiado sensible, vulnerable, inolvidable, leal, entrañable, divertida, sincera, incomprensible, inabarcable, efímera como siempre. Un puente. De puentes y de su significado le hablé a ella y no tuve que explicarle que quería que fuera mi puente para hacer más fácil el tránsito desde el último amor, hacia dónde daba igual: hacia una feliz soledad, hacia otra mujer, hacia mi mujer... La técnica consiste en no enamorarse, prohibido enamorarse durante la operación puente, ni tú de mí, ni yo de ti. ¿Y eso cómo se controla? -me preguntó ella. No es difícil, basta que yo salte al agua o que tú me dejes caer al primer síntoma -le contesté yo. Entonces -siguió preguntando ella- ¿no hay peligro para ninguna de las dos? No, no lo hay -le respondí desde mi más profunda y sincera convicción.