25 diciembre 2015

Mensajes inquietantes

Ayer, día de Nochebuena, recibí muchos mensajes de difusión y personalizados, algunos divertidos, otros cariñosos, todos deseando lo mejor para estas fiestas. Pero hay cuatro de los cuales solo he podido descifrar el primero, y eso después de darle muchas vueltas a la cabeza. Los demás siguen siendo una incógnita a fecha de hoy. Cuatro mensajes, cuatro personas distintas muy cercanas.


  • Mensaje 1
A: Dile bollos Maki (15:15)
Yo: ¿Quéeee? (15:15)
A: jajaja (16:02)
...(no hay más mensajes)
  • Mensaje 2
G: La cara por el regalo. (23:06)
Yo:  Cómo??? (23:10)
... (no hay más mensajes).
  • Mensaje 3
A: Lo retuefos mulan. (21:45)
Yo: Los retuefos mulan???? (21:52)
A: Yes (21:58)
Yo: ¿Qué significa eso? (21:59)
... (no hay más mensajes).
  • Mensaje 4
C: Sigo un epe ñoc (seguido de un emoticono con gafas negras) (23:51)
...(no hay más mensajes).
(Este último lo he visto esta mañana y no lo he contestado).

16 diciembre 2015

Dejar de fumar: método hipnosis

En un principio creí que el método iba a funcionar. No en balde pagué por anticipado -como me pidieron- buena parte del total, que no era poco. Pero a la par que pagaba hice una pregunta: ¿El método consiste en asustar? La respuesta fue vaga pero me pareció clara: "No se lo puedo decir, sólo que se trata de su salud". A punto estuve de pedir la devolución del dinero entregado, pero aún me quedaba la ligera esperanza de que funcionase. Pasé dos o tres días con la sensación cada vez más intensa de que ese sistema no iba conmigo. Con otras personas tal vez, conmigo no.

Me aseguraron que después de la primera sesión ya no tendría ganas de fumar, pero que harían una segunda -e incluso una tercera si era necesario- para afianzar el aprendizaje de mi subconsciente. Salí de la primera sesión con ganas de fumar, pero las aguanté durante las 24 horas que faltaban para la segunda. Ese día de abstinencia lo pasé fatal, no solo por las ganas de fumar sino porque me sentí "hipnotizada" todo el día, atontada, despistada, sin energías, además de con ansiedad y mal humor.

Y en ese estado acometí la segunda sesión. Esa fue más potente. Creo que el hipnólogo que me tocó esa vez era más experto. Nunca antes me habían hipnotizado y a punto estuve de caer en el letargo que invocaba la voz, pero me resistí y me quedé con un cierto grado de consciencia. Como había dado por supuesto, la voz hablaba de enfermedad. Escuché incontables veces, allá en el fondo de mi consciencia, un estribillo que decía: "Enterraré el vicio de fumar antes de que él me entierre a mí" y esa consciencia mínima le respondía -sin voz- a la voz: "Coño, qué macabro". Se me instaba a pensar en algo que me causase tanto asco que me provocase ganas de vomitar, aunque ya le había dicho conscientemente que nada había que me las provocase. No obstante pensé en algo bastante asqueroso. La voz fue llevándome poco a poco a aproximar sucesivamente un cigarrillo a esa cosa asquerosa que pensé y me preguntaba sucesivamente "¿Fumarías ahora?" Y yo contestaba "Sí". 

No sé si aquello duró una hora o algo más. Salí de allí con sueño, con ganas de vomitar y con una necesidad extrema de fumar. No lo dejé para más tarde. Apenas atravesé el umbral de la puerta, cogí un cigarrillo y me lo fumé. Renuncié desde ya a la tercera sesión.

Si antes de practicar la hipnosis hicieran un chequeo de la personalidad de quienes acuden a ella, probablemente habría más casos de éxito. Conmigo habría funcionado algo mejor el enfoque positivo. El ir llevándome a sentir según las horas y los días cómo se aprecian mejor los olores y sabores, cómo se va recuperando la energía, el color de la piel, etc. Y dejar mi mente programada para que cada uno de esos descubrimientos reforzara el deseo de no fumar. Sin embargo, como ya he dicho, en mi mente solo quedaron cosas sucias y enfermedades mortales por sobrevenir. Y con todo ello, asco y ansiedad. Con un deseo de fumar amplificado.

Por cierto, aseguran un 90% de éxitos, contabilizados en personas que dejan de fumar por, al menos, un año. No lo creo. Si así fuera, estaría recogida una cláusula de devolución en el contrato. Y de eso no hay nada.

11 noviembre 2015

1ª sesión hipnosis

¿Servirá de algo?

Tengo mis serias dudas.

27 agosto 2015

Desayuno solitario

Aquí, en mi paraíso, los días parecen iguales y, sin embargo, todos son poemas diferentes escritos en papel con el mismo fondo estampado.

Silla y mesa post desayuno
Hoy desayuno sola, sentada a la puerta de casa en una viejísima silla con el asiento hecho de esparto trenzado. Es baja, muy cómoda y está pintada con incontables capas de color marrón claro.

La ondulada línea de sombra del tejado se va acercando a mí, pero faltan al menos tres horas para que me alcance.

A lo lejos se oyen las voces del pastor en ese idioma particular que tienen los pastores de estas latitudes para comunicarse con el rebaño: ¡Ria-boo! ¡Guaja, guaja! ¡Fia, fia, fia! A estas horas no llegan hasta aquí ni los balidos ni el tintineo de los cencerros, que se hacen audibles y cercanos a la caída de la noche.

Un gallo, que no debe de estar lejos de aquí, contribuye con su canto repetitivo a llenar de sonidos el aire fresco de la mañana.

Hay perros que ladran a lo lejos. Y pájaros -sobre las zarzas, almendros y espinos- que no puedo ver ni tampoco identificar por sus trinos matinales.

Los sonidos más cercanos son los insectos voladores (moscas, moscardas, avispas y abejas) que van de acá para allá en vuelo loco, parece más de pura felicidad que de estar estudiando el terreno para trabajarlo durante el día. El otro, es el de las idas y venidas de la perra sobre la hierba seca.

Las gallinas, una vez puestas a salvo
de "la loba".
La perra tiene un objetivo que la obsesiona: comerse a las dos gallinas. Las pobres recién llegadas están encerradas en un cajón cubierto de tela de gallinero y dentro de la leñera. Así las mantenemos a salvo hasta que pase el peligro canino. Las compramos ayer para que nos den “huevos de gallinas felices”, pero todavía ni ponen ni están contentas.

"Pitas, pitas... soy vuestra mamaíta".
La perra, ese noble animal en asilo temporal, al que le hemos descubierto alma de loba (y algo del cuerpo también), va y viene a la leñera, agitada, con la lengua fuera. Se pone a dos patas y araña la puerta. Luego se aleja, se sienta y mira mira fijamente hacia allá con las orejas de punta. Ya ha descartado que la leñera tenga puntos vulnerables (eso lo comprobó ayer tarde, rodeándola, subiéndose arriba y olisqueando cada agujero de la piedra), de modo que ahora está obsesionada con la puerta. La oigo pensar: “Si la empujo, tarde o temprano cederá”, “si la araño, terminaré haciendo un agujero en esa vieja y reseca madera”. Vuelve a empujar y a arañar. Descansa y regresa. No pierde la fe.

15 agosto 2015

¿Un incómodo búho?

Logo de la Night Owl Society
De noche no tengo sueño, estoy activa, imaginativa. Me vienen a la mente recuerdos, planes, excentricidades y genialidades que jamás aparecen durante el día. En lo físico, es cuando me apetece moverme, pasear, correr, limpiar, ordenar... Cuando trabajo, ocurre algo parecido. Hasta las dos o las tres no me puedo dormir, pero a las siete suena el despertador. Las mañanas no las llevo mal, pero por las tardes no sirvo para nada. Si duermo una siesta, por la noche ya no pego ojo, así que la evito. 

Pero la gente vive de día y duerme de noche. Incluso en vacaciones. De día hay ruido, llaman por teléfono, te surgen los compromisos y las obligaciones sociales, las tiendas están abiertas. Hay que comprar para cocinar y hay que cocinar para quienes viven contigo y que son normales, o comer lo que han cocinado para ti. Y yo todo lo que quiero hacer es dormir. Intento hacerlo de noche pero en mi cama, de noche, dormimos tres: ella, mi insomnio y yo. Cuento de mil para atrás (varias veces), u ovejas que van saltando una valla de palos para entrar en el aprisco -¡Madre mía, cuántas ovejas! Algunas se vuelven para atrás y tengo que ir tras ellas a convencerlas de que regresen al corral. De paso me distraigo contemplando esa luna preciosa que hay y me tumbo a mirar las estrellas. Se me exalta la imaginación, se me olvidan las ovejas y el lobo que se las va a comer-. Otras veces respiro con el sistema de 4-6-8, que es infalible. ¿Infalible?... Me da hambre y me levanto a tomar un vaso de leche. Y en la cama dan las 3, las 4, las 5... Todo silencio a mi alrededor, excepto las respiraciones profundas de mi hija y Gea y los ronquidos que se filtran por la ventana abierta de otras casas en donde también vive gente normal.

No creáis que me angustia ese insomnio (solo si me obligo a permanecer en la cama). Es más, me hace feliz vivir mis cosas en el silencio de la noche, cuando nadie me molesta. Pero claro, la desazón viene de pensar que mañana las personas normales de mi casa se levantan, desayunan, trabajan fuera o salen a hacer trámites o a comprar algo para cocinar. Justo cuando yo he caído en el amable abrazo del sueño. Entonces, para parecer normal, hago de tripas corazón y me levanto. Así ando como un zombi durante el día. Se me instala una kipá de acero debajo del cráneo que no me deja pensar... hasta la medianoche, que es cuando me da el subidón de energía. El sueño ha desaparecido por completo y... vuelta a empezar con las ovejas y otras estrategias.

Una vez mi médico me recetó unas pastillas, advirtiéndome de que solo las utilizara en casos de extrema necesidad. Son somníferos o hipnóticos o algo así... y funcionan: Es una anestesia de efecto inmediato. Solo las he probado en dos ocasiones y en cinco minutos ni siento ni padezco, ni sueño ni nada. Al cabo de una hora, los ojos como platos y fresca como una lechuga. Mis sucesivas parejas me han dado valeriana, dormidina, algún triple de tila, melatonina, infusiones de azahar... Eso sí, me relajan hasta tal punto que nada me importa excepto hacer lo que me dé la gana, que nunca es dormir. ¡Me entra una paz...!

La jubilación no queda lejos. Entonces -me digo entusiasmada- podré hacer todas esas cosas que por estar trabajando desde los catorce, he tenido que ir dejando para luego. ¿Pero qué? ¿Gimnasio? ¿Viajes? ¿Aprender a tocar el piano o a bailar tango? Esas cosas se hacen de día. De noche se duerme. Además, si tienes pareja hay que llevar un cierto orden horario. No puede ser eso de "cuando se acuesta Lorenzo se levanta Catalina". Como actividad nocturna, escribir no estaría nada mal, y es una de mis asignaturas pendientes. Por lo demás, la nocturnidad, con o sin alevosía, no está bien vista. Y en casa seguiríamos siendo Lorenzo y Catalina, si Lorenzo no me ha mandado para entonces a freír nieves. Si lo hace, que sea de noche, que es cuando me podría defender con los más inteligentes argumentos. De día, con la kipá, estoy perdida.

Gea dice que deje de auto insultarme llamándome rara, que soy una persona normal con mis particularidades. Y yo, cuando me dice eso, pienso: cuánto me tiene que querer. No debo de ser fácil de aguantar asimilar, no.

02 agosto 2015

Cine de verano a la carta

Como cada verano, Eva y Olga tienen montado su cine de verano al que a veces invitan a sus amigos. En esta ocasión invitaron a mi pequeña familia al completo. Lo tenían todo preparado, butacas de patio y palco. El palco, si os fijáis en el vídeo, está montado sobre un pequeño remolque. Mesitas, cosas para picar, velas, ceniceros, música, piscina... La peque tiene siete meses y no sabe caminar, pero ya quiere estar andando todo el rato, así que las cinturas empiezan a resentirse. En un trocito pequeño y de mala calidad del vídeo soy yo la que la pasea, pero nos fuimos turnando.

video

28 julio 2015

Otra vez un grito en la noche


Otra vez el grito. Primero un trajín de voces apagadas y objetos que se mueven. Luego, un grito, solo uno. De mujer. Largo, potente y agudo. Después, un silencio inquietante. ¿Cómo se puede quedar todo tan en silencio después de un grito de tal envergadura?

Faltaban pocos minutos para las cuatro de la madrugada y acababa de dormirme. Entonces empecé a oírlo. La mente reacciona rápidamente aún en sueños y en los cinco o seis segundos que duró el grito, primero pensé que era una pesadilla; después, que la mujer que gritaba estaba dentro de mi habitación. Me incorporé de golpe y miré hacia la ventana, de donde procedía el ruido. Seguí oyendo el grito durante un segundo más y después se hizo el silencio. Vi que Gea también se había incorporado. Las dos mudas y con los ojos muy abiertos. El corazón se me había desbocado. Corrí a la habitación de mi hija por si le había pasado algo, pero estaba dormida. 

—¿Estás bien? —Entreabrió los ojos, me dijo que sí y se echó a dormir otra vez. 
—¿Pero no lo has oído? —Insistí.
—¿El qué? —Me preguntó balbuceante y sin despegar los ojos.
—¡El grito! —Le contesté, pero ella estaba dormida.

Volví a mi habitación. Gea ya estaba asomada a la ventana y me puse a su lado. En uno de los pisos de enfrente habían encendido la luz. Los vimos a los dos levantarse de la cama y salir del dormitorio deprisa, ella con una almohada apoyada en el pecho, seguramente porque sabía que podría ser vista desde otras ventanas. Es una pareja tranquila y amable que tiene dos hijos pequeños. Irían a ver a los niños. Luego volvieron al dormitorio y se asomaron también hacia el exterior, estupefactos como nosotras. No vimos más luces en otros pisos, pero me quedó claro que no fue una alucinación mía, ni de Gea. Alguien más se había despertado con el grito.

Unos minutos antes, aún despierta, escuchaba a la mujer del piso de abajo que cosía a máquina. Ella cose, hace arreglos de ropa y probablemente padezca de insomnio, porque no es la primera vez que la oigo trajinar con la máquina de madrugada con el fondo de la radio o el televisor. No nos molesta el pequeño ruido de sus actividades nocturnas, solamente una noctámbula como yo las percibe levemente. Creemos que vive sola con su hija pequeña ¿Y si le había ocurrido algo? Habríamos oído a su niña llorar. Pegué la oreja al suelo de la habitación. Ya no se oía la máquina de coser ni nada más aparte del sonido tenue de una película.

—¿Y si llamamos a la policía? —me preguntó Gea.
—¿Y qué les decimos? Hay al menos treinta viviendas de donde habría podido salir el grito. No van a llamar a todas las puertas a estas horas.
—Que miren en el piso de abajo, me preocupa que le haya ocurrido algo a esa mujer. Yo voy a bajar a tocar a su timbre.
—Déjalo. Ya ocurrió también el año pasado. Dos veces ¿te acuerdas? También pensamos en ella y no le había pasado nada.

En efecto, el verano pasado ocurrió dos noches lo mismo. Pero en ninguna ocasión se asomó nadie a las ventanas ni se encendieron luces en otras casas. Pensábamos que al día siguiente íbamos a saber algo más, pero nada de supo, nada se dijo, ni una mención. Igual que anoche. Todo es normal en el patio. Vecinos y vecinas que salen y entran. Otros toman posiciones junto a la piscina. ¿Quién gritó? ¿Y si se trata de una broma que alguien gasta a la comunidad emitiendo alguna grabación a esas horas de la noche? ¿Alguien cabreado por el ruido que se produce en el patio durante el día? La ectoplasta no está, hace meses que no viene por aquí. ¿Un fantasma? ...Misterio.

Era algo así como esto, pero el que oímos fue algo más largo y más agudo.


26 julio 2015

Durmiendo al fresco

Lo de este verano no es una ola de calor, es un tsunami. Qué ganas tengo de que llegue el precioso otoño. Si no fuera porque no tengo que estar pendiente del despertador, el verano para mí no tendría valor alguno. 

Algunos, en cambio, le sacan partido al calor y aprovechan la coyuntura para echarse a dormir en la terraza, a la luz de la luna. Este es el panorama que he encontrado después de haber cenado al fresquito con Gea, mis hijas, yernos y nieta, despedido a los que se marchaban y recogido la cocina.



Por cierto, un 10 para mi chica, que se ha pasado horas en la cocina preparando unos deliciosos platos veraniegos. Otro para Maya, por su tarta de queso, la mejor que he probado. ¿Y yo qué he hecho? Yo de freganchina quitatrastos todo el día. Jum!... prefiero cocinar.

03 julio 2015

Novedad en casa... entre gatos

Hay que hacer las pruebas de confort y seguridad



27 junio 2015

¡Sobreviví!

Publico a la vez este post y el anterior, que estaba en borrador, guardado para cuando "todo hubiera salido bien".

...

En la habitación son todos los que están y están todos los que son. Nos hacemos unas fotos. Ha pasado ya largamente la hora límite en la que tendrían que haberme llamado y empiezo a desesperarme. Tengo dos opciones: marcharme a casa o lanzarme a la (fea) aventura. Ya que estamos... vamos hacia delante. 

Son las ocho menos cuarto de la tarde. Vienen a buscarme y salto a la cama. "Vale, ya estoy en modo enferma". Hasta ahora he aguantado bien la espera. Más de un mes. Las últimas horas las esperaba peores y, sin embargo, he permanecido tranquila. Ahora ya no. Por más que le mando órdenes contrarias al corazón, este se acelera. Me llevan. Desde abajo voy viendo asomarse hacia mí los rostros de todas esas personas que están allí porque me quieren y porque las quiero. Me sonríen y les sonrío. Luego, la soledad del pasillo y del ascensor. Solos, el hombre que conduce mi cama y yo. Me aparca a la entrada del quirófano y se marcha. 

Del quirófano sacan en una camilla al hombre de los ojos extraños que había visto por la mañana en la sala de espera de admisión. Oigo que llaman a sus familiares. Entran y lo saludan, pero él sigue con aquellos ojos, tan redondos y abiertos, fijos en algún punto más allá del techo del pasillo.

Se acerca el anestesista.  Viene a recoger el sobre que llevo sobre los pies. Lo abre y comprueba que contiene todo lo necesario. Responde a mi saludo. Creo que de no haber tenido yo la iniciativa, ni me habría saludado. Pienso que es normal, que para ellos somos máquinas averiadas que van a arreglar con buenas manos. Me hace firmar un papel más, el de la autorización de la anestesia con todos los riesgos y demás, que esta vez no leo. ¿Para qué si la decisión ya está tomada?

Viene a verme el cirujano, tan circunspecto como siempre, alto y fuerte. Le sonrío y le digo que si no fuera porque es él quien va a operarme, en ese mismo momento saltaría de la camilla y me marcharía a casa. Hace una mueca que, casi casi, parece una sonrisa. Me cae bien el viejo médico de fachada antipática. Se marcha y me vuelvo a quedar sola en el pasillo.

Se acerca una enfermera y me dice que voy a entrar al quirófano por mi propio pie. Me calza unas bolsas de plástico y me voy yo solita directa al matadero, obediente como una res. Me subo a la camilla y me acomodo como me van diciendo, hasta que la nuca queda apoyada en el lugar exacto. De la camilla sacan dos brazos negros. Sobre ellos acomodan los míos. La enfermera me pone la vía en el brazo izquierdo. Otro hombre, enfermero o internista supongo, me pone un manguito en el antebrazo derecho. Observo atentamente a los cuatro personajes que, además de mí, están en el quirófano. Tres a mi alrededor y el cirujano dos metros más allá, sentado en una silla, como abandonado a sus pensamientos, mirando hacia ninguna parte. Tal vez relajándose, tal vez cansado. De pronto levanta la mirada y la cruza con la mía. La baja enseguida. Me parece que se ha sentido invadido por un instante. La enfermera me pregunta mi nombre y pienso "Mmm, eso es cuando ya vas a dejar de ver, de oír, de sentir". Le digo mi nombre dos veces, en versión corta y en versión larga. Ella repite la versión corta y luego sigue diciendo algo más, pero ya no estoy.

Caigo borracha en un remolino de burbujas pequeñas, o no, tal vez mi cuerpo entero -sobre todo mi cerebro- se llena de pequeñas burbujas y desaparezco para mí. Ya no siento, ni veo ni pienso, pero sigo conservando la noción del tiempo...

...No puedo respirar, noto que me asfixio, pero entonces veo desde fuera de mí -porque yo tengo los ojos cerrados- que alguien presiona una bola grande de goma cerca de mi boca y me entra aire fresco en los pulmones, que se hinchan y deshinchan sin mi participación. Alivio. Alguien me dice que ya me han operado y que me llevan a ver a mis familiares y luego a la UCI. Calculo que habrá pasado una hora desde lo de las burbujas.

Están todos ahí, esperándome. Me esfuerzo por enfocar a mi madre. Le digo mamá y ella me sonríe y su sonrisa se mezcla en espiral con las luces del techo. Hago por grabarlos a todos en mi memoria, sus miradas, el orden en que van apareciendo sobre mi cabeza, lo que me dicen y les digo. Y no obstante, soy consciente de que todo eso pasará al olvido absoluto en unos instantes. Sin embargo, ahora me dicen que se me veía muy bien, muy despierta y sonriente. Es lo que me entrené para hacer, desde que vi salir del quirófano al hombre de los ojos extraños, tan perdido.

Después estoy en la UCI. Todos los músculos de mi cuerpo se contraen como si estuviera en pleno ataque de ansiedad, pero no estoy nerviosa ni preocupada. Las mandíbulas están tan apretadas que ni siquiera puedo hablar con una enfermera que pasa delante de mí y que se me confunde con los otros objetos de la sala. Sigo sin poder enfocar. Escucho mi corazón por una máquina que hay a mi derecha. No late rítmicamente, sino que se detiene con los espasmos musculares y vuelve a latir cuando los músculos se relajan. Consigo separar las mandíbulas y le digo a la enfermera lo de los espasmos. Me dice que me va a poner oxígeno. Así, con el oxígeno entrando por mi nariz, va desapareciendo la tiritera, que no es por frío ni por miedo. Quizás es solo eso, falta de oxígeno en los músculos, que han permanecido paralizados durante la operación y ahora intentan reanimarse. Entonces me dedico a entrenar la vista para enfocar los objetos y a respirar conscientemente, pero de vez en cuando me duermo y se me olvida respirar. Entonces me despierto bruscamente y vuelvo a entrenarme para enfocar y respirar. Frente a mí hay tres personas. De izquierda a derecha, el hombre de los ojos extraños, que ronca exageradamente. Después una chica joven, de pelo moreno y rizado, muy guapa, que duerme. Y por último una mujer de mi edad más o menos, que, alternativamente, va quejándose de que se siente mal y cae en el sopor.

Me anuncian que me llevan a la habitación. Son las diez y media de la noche. Tampoco recuerdo cómo llegué ni quiénes estaban allí. Pero me lo han contado. 

Han pasado dos días. Ahora estoy en casa y en un tarrito tengo una cosa que parece una aceituna negra y arrugada. Es la piedra que tenía en la vesícula. Fea.


En modo quirófano

Con 22 años sufrí uno de mis ataques de hipocondría. En aquella ocasión, por error, me habían diagnosticado un cálculo en la vesícula.

El año pasado, ahora sí, me confirmaron tener una piedra en la vesícula. Le pregunté al cirujano qué pasaría si decidiera dejármela ahí, porque no me molestaba. Me contestó esto: 

  1. "Puedes morirte de vieja con tu piedra en la vesícula, asintomática". Buena opción, pensé... Sigamos.
  2. "Pueden darte cólicos biliares, muy dolorosos, que ocurren cuando el cálculo se mueve de su sitio". Bueno, tampoco pasa nada. Si me da un cólico biliar ya me pensaré lo de operarme.
  3. "Puedes sufrir una pancreatitis aguda, y eso es grave". Ajá, mi madre ha tenido varias pancreatitis agudas en su vida y aún sobrevive. Habrá que pensarse, no obstante, lo de la operación.
  4. "O puede darte un cáncer de vesícula". ¡Diana! El médico hizo diana en mi carcinofobia, que es mi especialidad de hipocondría.
  5. "Además, buena parte de tus problemas gástricos, seguro que desaparecen después de quitarte la vesícula". Bueno, bueno. No está mal. Vamos a la siguiente fase: Hacerle un interrogatorio en toda regla al médico.
- ¿Y por qué no se quita la piedra y se deja la vesícula?
- Porque la piedra no está enferma, la enferma es la vesícula que produce piedras.

- ¿Y la operación se hace por laparoscopia?
- No voy a engañar a nadie. Se puede hacer laparoscopia, pero si hay algún problema, se corta.

¿Un problema? ¿Qué puede pasar durante la operación que se considere "problema"? Prefiero no preguntar al respecto.

- ¿Y cuánto tiempo tengo que estar en el hospital?
- Si todo va bien, dos días.

¿Si todo va bien? ¿Algo puede salir mal? Prefiero no preguntar al respecto.

- Y si todo va bien, ¿cuánto tiempo tardaré en hacer una vida normal?
- Si todo va bien, en una semana podrás hacer tu vida normal.

Sigo dándole vueltas al "si todo va bien".

- ¿Y se puede hacer una vida normal sin vesícula?
- Mira, se tiene sobrevalorada a la vesícula. El hígado produce de 500 a 1000 ml de bilis al día. Una pequeñísima parte de ellos se acumula en la vesícula a modo de reserva, de modo que si una vez se hace una comida muy copiosa o grasa, se libera la parte guardada en la vesícula. No tiene otra función. Basta no exagerar con las comidas. Además, en cuanto a la operación de vesícula, se hace desde la Edad Media.

Suena tranquilizador. En la Edad Media la gente se operaba y sobrevivía, vamos, supongo yo. Así que ahora, con tantos avances médicos, puedo sobrevivir al quirófano y a la vida sin vesícula.

Pido operarme. El cirujano pide quirófano. Me da fecha. Queda más de un mes por delante y no pienso desperdiciarlo teniendo miedo. Preoperatorio perfecto: pulmones bien, analítica bien, ecografía con piedra... ¡A vivir con alegría el mes que falta!

Pero ya faltan solo tres días y ya llevo cinco más en "modo quirófano".

29 mayo 2015

Regalos que no tienen precio

Portada
Ayer recibí varios regalos. El primero en orden de apertura era un libro con su forro en papel antiguo de embalaje. Lo abrí y... "Nueva Enciclopedia escolar". ¡Era el primer libro de texto que tuve cuando fui a la escuela! (Antes hubo otro, la Enciclopedia Álvarez de primer grado, con contenido similar a este otro pero a color y con más dibujitos, solo que la de Álvarez la aprendí en casa antes de empezar con la escuela). Religión, matemáticas, historia, ciencias, política... Hojearlo es viajar al pasado. Regresan a la memoria aquellos textos memorizados y cantados en el aula, y los ejercicios hechos a lápiz en mi libreta. Lo del lápiz fue una novedad de mis seis años, porque todo lo anterior fue con pluma y tintero.

Ya ni me acordaba de la diferenciación entre niños y niñas en cuestiones políticas. Para ellos había un apartado de formación político-social. Para nosotras, de formación social y familiar y un poco de política, resumida con respecto a la de los niños. Sí recuerdo que estas páginas me aburrían a la par que me daban algo de miedo, aunque no sabía por qué. Tanta seriedad, tanta consigna, tanto héroe, tanto mártir, muerte, victoria, malos y buenos... Demasiado para seis años. 

La historia de España estaba plagada de consignas religiosas y políticas pro-régimen:  santos, mártires, héroes y villanos. La mención a la II República se saldaba con una referencia al rey "autoexiliado para que no se pelearan los españoles", con la subsiguiente entrada de "los malos" con la República y con esta frase como final:  "Con esta forma de gobierno empezó en nuestra Patria un período de desórdenes, huelgas, robos, incendios de iglesias y conventos, etc.". La historia a partir del 36 tiene tres páginas completas de victorias, paz, orden y felicidad. No se cuenta en ninguna parte que el régimen que teníamos entonces era consecuencia de un golpe de estado contra un régimen democrático consolidado en las urnas. 

Conclusión: 162 páginas (el 35% del libro), llenas de aleccionamiento religioso y político. Un canto a las verdades absolutas, incuestionables e inamovibles, que no dejaban hueco a la reflexión o a la duda. Por ejemplo, esta: "Franco salvó a España y hace que cada día sea más rica, más poderosa y más respetada, y que los españoles seamos más felices". Será por eso que nos pusimos a la cola de Europa y que aún andamos coleando. O la de  "Los seres más perfectos que Dios creó fueron los ángeles y los hombres". Dogmas de fe, virtud teologal que había que tener o, según dicen los que ya eran mayores que yo, fingir.

Censura, otras autorizaciones
y publicación.
El análisis se utilizaba para las matemáticas, materia en la que considero que estábamos mejor preparados que lo están ahora en las mismas edades. Para el resto de las cosas, solo había que utilizar la memoria y la obediencia. No se estimulaba la capacidad de reflexión. Disertar era impensable: ya nos lo daban todo pensado "como había que pensarlo".

Los libros de texto de esas cuatro décadas tenían que pasar en primer lugar por la censura y, posteriormente, por el visto bueno de algún gerifalte eclesiástico, antes de ser publicados. Ahora no estamos a la cabeza de Europa ni del mundo -gracias a aquellos años de contención cultural en todos los ámbitos-, pero me satisface darme cuenta, por contraste, de cuánto hemos ganado y de que la democracia, sin ser perfecta, es el mejor régimen político que se ha inventado hasta ahora.

Todo el libro llama mi atención como una cosa de otro mundo, sin apenas darme cuenta de que era mi mundo entonces. Me sorprende que, entre las conmemoraciones escolares -todas ellas de índole político y religioso- estuviera el Día de la Canción. ¡Anda! -me dije al leer el título- ¡un día dedicado a la música! Leo el desarrollo y dice: "El 1 de abril de 1939 anunció Franco la terminación de la guerra. Fue el Día de la Victoria. Desde entonces, todos los años, el 1 de abril, la juventud española canta para conmemorar aquella victoria y para exaltar los ideales del Movimiento". También llamó mi atención el titular Día del Dolor. Enseguida mi cabeza pensó que podía ser un día dedicado a los enfermos terminales o así... pero no era eso tampoco.

Un auténtico lavado de cerebro que empezaba justo después de aprender las cartillas con su ma-me-mi-mo-mu y que continuaba en todas las etapas académicas y en todas las facetas de la vida social. Dejó su huella en la sociedad, tanta que todavía no se tiene en este país una auténtica conciencia democrática ni parece importar demasiado.

Otro de los regalos estrella del día de ayer fue este conjunto de pluma estilográfica y portaminas, también antiguos y muy usados, en su estuche original. Para mí, una amante de las plumas y de lo antiguo, una auténtica joya.

Ambos regalos -y otros que no menciono- eran propiedad de la misma mujer que, para mi suerte, estuvo haciendo limpieza y se deshizo de muchos de sus viejos tesoros.

Conjunto de pluma y portaminas

Detalle del portaminas
Gracias, Eva y Olga.

25 mayo 2015

Solo por esto vale la pena la primavera

En primavera duermo menos, me canso más y estoy de peor humor. Eso sin contar con que se avecina el fin de curso con todo el nerviosismo contagioso (a mí se me contagia rápidamente) que se respira en los pasillos y en las aulas, amén del papeleo y reuniones extras que nos caen encima.

La primavera no es mi estación favorita ni me sienta bien, pero vale la pena solo por las flores y su colorido, que puedo disfrutar incluso sin salir de casa, como muestran estas fotos. ¿No es una belleza?








20 mayo 2015

¿A dónde van los calcetines y las cucharillas?

En esta casa hay un cajón de calcetines viudos. Los vamos echando ahí para ver si con el tiempo aparece la pareja. En algunos casos, pocos, ocurre el milagro, pero el cajón de los calcetines viudos está cada día más lleno. ¿A dónde van los calcetines? Yo, de vez en cuando, voy juntando parejas de negros de los nuevecitos: Una pareja con uno un pelín más largo que otro, otra con uno de elástico más ancho que el otro... en fin, parejas de conveniencia, pero que hacen el apaño.

Otro dilema es el de las cucharillas. Teniendo en cuenta que cuando vine a vivir a esta casa traía una docena, y que aproximadamente una vez al año compro media docena más, debería tener exactamente sesenta y seis cucharillas de café. Hace un mes quedaban seis, todas distintas. Pero esta mañana tenía DOS, cada una de su padre y de su madre. ¿Las tiramos a la basura? ¿Nos las roban? ¿Nos las comemos? ¿Se fugan con los calcetines? 

Dime, mujer, cuando las cucharillas se pierden
¿Sabes tú adónde van?
¿Y los calcetines?

¡Ah! Si a alguien se le ocurre venir a tomar un café esta tarde, que venga con cucharilla, que hasta mañana no reponemos.

16 mayo 2015

¿Se está forzando al pueblo andaluz al bipartidismo otra vez?

Contemplo con estupor lo que está ocurriendo en Andalucía con respecto a la investidura de Susana Díaz como presidenta de la Junta de Andalucía.

En las urnas, el pueblo se ha manifestado y ha votado por mayoría, no absoluta, al PSOE. No he sido una de las votantes a ese partido, pero eso no me impide admitir como legítima esa mayoría de votos. 

Los partidos minoritarios han hablado con respecto a la investidura de Susana Díaz. Querían negociar y se han sentado a hacerlo hasta en tres ocasiones. Se ha cedido por una parte y por otra en determinados puntos, pero el acuerdo, que llevaría a la investidura, sigue sin producirse. Esta situación parece que nos va a llevar de nuevo a las urnas. ¿Qué va a ocurrir ahí, llegado el caso? Por lo que puedo intuir, el nuevo voto va a tender hacia el PSOE con más fuerza que en las votaciones anteriores, más que nada porque el pueblo andaluz, cansado de dimes y diretes que no están llevando a nada, desea respetar aquella primera mayoría simple, aún cuando para ello tenga que dejar de votar a su partido favorito. 

Es decir, la nueva votación estará mucho más polarizada que la primera y se tenderá de nuevo al bipartidismo, justamente eso que la voz del pueblo ha manifestado no querer, y lo ha demostrado votando a una diversidad interesante -y necesaria- de partidos.

Ese pueblo, cansado del bipartidismo PP-PSOE, que ha votado a Podemos, Ciudadanos o IULV-CA, buscando un parlamento más plural, se está viendo abocado por esos mismos partidos minoritarios a volver al bipartidismo PP-PSOE y, quizás, a una mayoría absoluta del PSOE (o del PP). ¿No es un contrasentido?

Considero acertado el primer no a la investidura, porque eso lleva al debate, y el debate a la reflexión, y la reflexión al acuerdo y al desacuerdo. Todo ello deseable en democracia. Ir más allá, hasta llevar al pueblo de nuevo a las urnas, es un error que, si no me equivoco, van a pagar los propios partidos minoritarios. Y es una pena que eso ocurra.

14 mayo 2015

Polluelo rescatado por sus padres

La mañana nos ha regalado la oportunidad de rescatar un pajarillo y de ver cómo venían a buscarlo sus padres. Y además, lo he podido grabar casi todo, incluso el 'momentazo' final cuando se van volando los tres juntos.

Esta mañana temprano, estaba trabajando en mi estudio cuando he oído un estruendo de golpes, graznidos y píos a mi lado, en la ventana. Mis gatos vinieron a toda prisa, se pusieron en posición de alerta y luego de ataque mirando algo que había entrado y que debía de ser un pájaro, pero yo no lo veía. Justo ayer me decía Gea que hay un nido de mirlos en el estrecho espacio que separa dos edificios, por encima de esa ventana, y que le daba miedo que cuando echaran a volar, cayeran al patio interior. Se ve que el calor que ha hecho en estos días, ha animado a volar al primero de los tres pajarillos que había en el nido, y ha venido a caer dentro de mi estudio. Allí lo he descubierto agarrado a la cortina y mirando de reojo a los gatos a quienes les lanzaba unos graznidos como de pájaro adulto muy enfadado. Enseguida he ido a protegerlo y he llamado a Maya (ha crecido, ya no es Mayita) para que cogiera a los gatos y los encerrara hasta ver qué hacíamos con el polluelo.

Estaba muy agitado y se agarró a mi mano como si le fuera la vida en ello. Seguía piando fuerte con el pico muy abierto. Con mucho cuidado lo llevé a que lo viera Gea, que aún dormía, y pedí a Maya que vigilase que los gatos estuvieran bien encerrados y sin acceso a la terraza, porque pensé que la mejor opción era llevarlo allí cuando se hubiese calmado para que viniese su madre (o su padre) a llevárselo.

Ya está tranquilo
Entre Gea y yo lo calmamos. Se quedó dormido. Luego, muy tranquilo ya, lo soltamos en la terraza y nos escondimos para ver qué pasaba. 
Con tantos mimos, se queda dormido
No habría transcurrido ni un minuto cuando vimos volar un pájaro hacia donde estaba el pequeñajo. Grabamos aquella esquina y vimos al polluelo ya subido al borde de la terraza. La madre (o el padre) arriba dándole instrucciones. Cuando por fin saltó, los padres lo siguieron y traspusieron los tejados, seguramente hacia un parque colindante. 

Mirad el vídeo. Es en el minuto 1:52 cuando el pequeño (el que está más abajo, en el borde de la terraza), se echa a volar, seguido de uno de sus padres y luego del otro, que al principio estaba fuera de la vista. Luego he puesto la misma escena ampliada y a cámara lenta. Y por último el nido desde donde vino a parar a la cortina de mi estudio.


Sobre los mirlos en pareja y sus polluelos

Los mirlos son monógamos. La  hembra hace el nido y el macho ayuda aportando materiales. Cuando nacen los polluelos, ambos se ocupan de su alimentación y de mantener el nido limpio. Cuando los polluelos aprenden a revolotear, saltan del nido y se van al suelo (de parques normalmente) y hasta allí van los padres a proporcionarles alimento hasta que son autónomos.

06 mayo 2015

Un platico de sobreúsa de habas

No sé si se escribe así "sobreúsa" o no. La tradición es puramente oral y así se pronuncia. Hace unos días fui a comer con mis padres y mi madre me dijo que si me apetecía un platico de sobreúsa u otra cosa. ¡Quiero sobreúsa! 

Quién me lo iba a decir a mí. Hasta que no fui bastante mayor no podía ver las habas, ni crudas ni de ninguna otra manera. Y eso que en mi pueblo son plato favorito. Cuando las veíamos en un sembrado, mis amigas iban a cogerlas directamente de las matas y así se las comían, aunque decían que estaban mucho mejor con un poco de bacalao salado y pan con aceite. Lo intenté, pero no me gustaban. Pero lo peor de todo era la sobreúsa. Cuando llegaba del instituto, nada más entrar en casa percibía aquel olor, que me parecía espantoso, y se me quitaba el apetito. Además, estaba el color, una cosa entre verde y marrón, tan poco apetecible a la vista. Tal era el asco que me daban las habas, que mi madre me preparaba siempre otra cosa. Y eso que en casa se comía lo que se ponía en la mesa, y sin rechistar.

Pues bien, la sobreúsa de habas es un plato típico de mi pueblo y, aunque lo he cocinado otras veces, siempre olvido la receta, que es de mi abuela paterna. De ella la aprendió mi madre. Me gusta muchísimo y además me sienta muy bien, como a mi padre, también delicado de estómago. Ya de paso, me sirve de recordatorio y... tal vez por si alguien se atreve a meterles mano :)

Hay muchas recetas de sobreúsa de habas, pero yo voy a poner la de mi madre, que es la que acabo de hacer para la comida de mañana. Ya se sabe que las recetas caseras, al menos en lo que a mi familia respecta, no tienen medidas ni pesos. Las cosas se hacen "según vayas viendo". De todas formas, voy a comportarme como una casi profesional, y voy a poner las cantidades con las que la he hecho.

Sobreúsa de habas


¿Cómo me iba a gustar esta cosa verde-marrón cuando era niña?
Pero ahora, solo verlas, me entra hambre. ¡Me encantan!

Ingredientes

  • 1,5 kg de habas verdes. (Solo la pipa. Antiguamente mi madre y mi abuela las hacían también con la cáscara... tiempos de economizar y aprovecharlo todo).
  • Una cebolla pequeña.
  • Unas hojas de lechuga. Yo tenía una bandeja de cogollos  pequeños y he puesto uno entero. Una lechuga entera sería demasiado.
  • Diez o doce almendras.
  • Tres o cuatro dientes de ajo.
  • Tres o cuatro rodajas de pan cortado de una barra normal.
  • Tres o cuatro corazones de alcachofas. Mejor si son frescas.
  • Cinco o seis hebras de azafrán.
  • Sal.
  • 7 u 8 granos de pimienta negra.
  • Aceite de oliva.
  • Para servir: Vinagre y hierbabuena.
Cómo se hace

He encontrado recetas de sobreúsa de habas muy distintas a la familiar. Con chorizo, huevos escalfados, tomate frito, etc., pero voy a poner la nuestra. A mi modo de ver es muchísimo más fácil de digerir. También las he visto secas, para comer con tenedor. Las mías son plato de cuchara.

En una cacerola he puesto un chorreón de aceite de oliva y cuando se ha calentado un poco he echado las habas y la cebolla, esta cortada en tiras muy finas. Hay que remover durante un rato hasta que la cebolla esté un poquito pocha. 

Mientras tanto, en una sartén he puesto aceite a calentar. En él he echado los dientes de ajo (previamente quitado el tallo interior para que no sienten mal). Cuando se han frito un poco, los he sacado. En el mismo aceite he puesto a freír las almendras (no es necesario quitarles la piel... ¡la cáscara sí, obvio!). Cuando han estado fritas, las he apartado junto a los ajos. Por último, en el mismo aceite, he frito las rebanadas de pan, sin que lleguen a tostarse demasiado. Pan, ajos y almendras: a la batidora con un poco de agua. Lo bato todo y lo dejo en espera.

Cuando la cebolla esté medio hecha, y sin haber dejado de remover para que no se queme el fondo, agrego agua en la misma cacerola... A ojo. Más o menos para que cubra el sofrito de habas y cebolla y un poco más ( si luego falta agua, se agrega. Y si sobra, se quita, que es lo que me ha pasado a mí). Añado la lechuga cortada, los corazones de alcachofas, el azafrán y la pimienta.  Espero a que hierva, añado la sal a gusto y enseguida vierto en la misma cacerola el sofrito de almendras-ajo-pan, que ya había triturado.

Dejo hervir todo hasta que las habas estén tiernas.

¡Listo!

A la hora de servirlo, se pone en cada plato una ramita de hierbabuena fresca. Le da un sabor exquisito. También se puede agregar una cucharadita de vinagre al plato, a mí me gusta.

Extras:

Según mi madre, quienes podían le echaban morcilla. También se puede agregar una guindilla al guiso, para quien le guste el picante. De hecho la sobreúsa tiene un parecido en sabor al caldo de caracoles.También sabe de quienes escalfaban, pero ella mantuvo la tradición de su suegra, mi abuela. Y yo la sigo. Alguna vez le pondré un extra.

Si alguien se atreve y le apetece comer este plato típico de un conjunto de pueblos cercanos, que pertenecen a las provincias de Málaga y Granada, adelante, que haga el experimento. Tomará proteínas, fibras, vitaminas del grupo B y muy pocas grasas.

04 mayo 2015

Un día como otro cualquiera... ¿o no?

Dicen que "días de mucho, vísperas de na", así que si el de ayer fue un día calmado, el de hoy ha sido loco.

Como ayer me levanté tarde, muy tarde -no pienso confesar la hora-, anoche me dieron las cuatro fresca como una lechuga. A las siete, diana. Unas cuantas horas de trabajo y aún no sentía cansancio, pero sí hambre, mucha hambre: tocaba ayuno para hacerme por la tarde una ecografía. A la hora de comer -es un decir- fui a casa de mi hija para ocuparme un rato de la Ñiña. A esas horas ya empezaba a flaquear, pero ¡aún había mucho por hacer!

Vuelvo a casa.
Cinco minutos, lo justo. 
Encierro a la empleada de hogar en la terraza, 
cojo el volante de la prueba,
llamo un taxi
y me marcho.

El taxista me cuenta lo raras que somos las mujeres,
o lo raras que estamos,
o por lo menos las otras, que dice que él no sabe cómo soy yo
ni cómo estoy.

Entrego el volante,
espero mi turno,
se van yendo todos los pacientes,
quedo solo yo.

Pasan los minutos
y nadie me llama.
Oiga, ¿se han olvidado de mí?
Anda, pues sí, y el radiólogo ya se ha marchado.

Mil disculpas
y a la vista, otro día sin comer.
No, mujer, venga usted mañana tempranito
y la colamos como sea,
así solo tiene que ayunar durante la noche.
Bueno, tampoco es mala solución
-de qué me va a servir enfadarme
con lo cansada que estoy y el hambre que tengo-.

Por la calle huele a papas a lo pobre.
¡Qué hambre!
Compro un cojín.
Compro pescado fresco.

Llego a casa y me entero de lo de la empleada de hogar,
que ha tenido que llamar a gritos a los vecinos
para que alguien la sacara de la terraza.
Y la han sacado.
Y aún así ha podido marchase a su casa
media hora antes de tiempo, como de costumbre.

Preparo pescado a la plancha, para mí seis gallos pequeños,
y un buen cuenco de guacamole,
que es lo que deseaba mi pequeña familia.

Lo de las ganas de comer algo concreto es una de esas cosas que a mí me pasan cuando leo libros o veo películas, que de pronto hay una escena (de comida) que me invita a tener un apetito desmesurado y específico por algo. Me pasó con Las cenizas de Ángela, que me hacían levantarme de la cama para ir a comer pan. O con los libros de Camilla Läckberg, que me aficionaron a los dulces con canela. Esta vez ha sido La Isla Mínima y el pescado. La vi anoche, pero como hoy me tocaba ayunar, he acumulado las ganas en forma de MUCHAS GANAS. Esta noche me he desquitado con creces. Ah, me lo he comido con Chianti. Da igual que pegue o no, me apetecía y quedaba un culín en la botella.

Buenas noches, día.

03 mayo 2015

Una excursión a la infancia

El día de hoy ha sido un regalo que me ha hecho Gea. "¿Por qué no vamos a tu infancia? Me gusta aquel sitio". Ya estuvimos el año pasado más o menos por las mismas fechas. En aquella ocasión, fuimos caminando desde el pueblo y llegamos a destino. A pie me resultó fácil. Hoy no tenía yo muchas ganas de andar y hemos ido en coche. Y nos hemos perdido. Sabíamos que mi vieja casa estaba cerca, pero los caminos que encontrábamos nos alejaban de ella, o la rodeaban. Sé que le gustó desde el primer momento en que se sumergió en aquellas soledades naturales. Yo, en cambio, se lo había pintado como un secanal, sin arroyos, sin ríos, con cultivos, tierra y polvo. Así lo nombraba mi madre cuando yo era pequeña: ¡Este secanal! Pero a mí me fascinaba, entonces y ahora. Allí transcurrieron los mejores años de mi vida y siempre me queda el deseo de volver, incluso el sueño de instalarme allí para acabar la vida de la misma manera como la comencé, envuelta en el mismo aire, los mismos olores y los mismos sonidos. Es solamente una idea entretenida, no le pongo empeño, pero llena de luz los minutos en que la saco del cajón de tarde en tarde.

Todo sigue igual: los caminos de tierra, hileras de olivos y de almendros y la ausencia de nacimientos y corrientes de agua. Y sin embargo, la primavera, como hace cincuenta años, ha explotado con las lluvias, incluso habiendo sido escasas.

Azul, malva, verde y tierra

Del suelo al borde del camino, Gea ha visto un pájaro salir volando. Ha ido a mirar y allí tenía su nido, con tres huevos. Nos hemos marchado pronto para que pudiera volver a cuidarlos.

Una abeja liba

Una mariposa

Gea

Rosas, azules, morados y verdes

La misma imagen, invertido el enfoque
Paramos a comer a la sombra de un pino del que no he podido adivinar la edad, cientos de años seguramente, junto a una casa donde no vive nadie. Mis sonidos y mi paisaje de la niñez. Son los sonidos del silencio. Me sientan bien y no solo a mí me emocionan.


28 abril 2015

Agua, niña, vida.

En diciembre se cumplió uno de mis mayores deseos: llegó "Ñiña", mi primera nieta. Si la mamá de la criatura hubiera tenido la misma prisa por tenerla que yo por que la tuviera, Ñiña sería ya adolescente. Aunque básicamente soy de "melón y tajada en mano", he aprendido a ser paciente, así que acostumbro a revisar de tarde en tarde los grandes deseos aún no cumplidos, les sonrío, los acaricio y los vuelvo a guardar en el cajón de lo posible, para que no estorben, para que no hagan bulto, para que no irrumpan ni interrumpan en el ahora, en lo tangible. Los imposibles, se van directamente a la basura, dejan de ser deseos: no hay frustración.

Desde que Ñiña fue solamente una constancia gráfica en un test de embarazo hasta el día de hoy, he aprendido muchísimas cosas nuevas. Cuando iba a nacer su madre, mis fuentes de conocimiento fueron El Libro de la Madre y el Niño y lo que me contaban abuela, tías, madre y vecinas: un revuelto de recomendaciones útiles y supersticiones. No se hacían ecografías, así que las niñas se llamaban niños hasta que el parto dijese lo contrario: "Fulanita va a tener un niño", "Cuando tengamos un niño"... 

Ahora tenía internet. Me he quedado sorprendida de cómo evoluciona un embrión hasta ser un bebé. He entendido por qué no recordamos nada de todo ese proceso. Sería la locura. Imaginemos que en una de nuestras cabezas adultas se produjeran 250.000 neuronas nuevas cada minuto. O que de pronto nos brotaran unos apéndices nuevos que se llamarán brazos cuando terminen de hacerse. Todo en plazos diminutos. Lo que digo, para que se vaya la cabeza. Por eso, todo está preparado para que ni sientas ni padezcas hasta que tengas dos dedos de luces, y ni siquiera lo harás de repente, ya será el resto de la gestación y, sobre todo, el resto de la vida, lo que te te hará sentir, saber, recordar y entender (más o menos). Y todo me parece un misterio asombroso, cómo se va ensamblando todo en el momento justo para que no se quede nada atrás. Sí, igual que las plantas o los animales. Se llama vida y la adoro.

Al perrito de Gea lo hemos mantenido con vida todo lo que hemos podido, con la esperanza de que en algún momento se curara de una enfermedad que ha durado dos años y que ningún veterinario ha sabido determinar. Pero su cuerpo estaba ya paralizado desde hacía días y gemía de dolor. Hacía meses que me estaba sobrepasando verlo así, empeorando en horas. Como esponja hipocondríaca que soy, empecé a no sentir a ratos mi pierna derecha, como si yo también me estuviese paralizando a plazos. Ella caminaba y hacía todas sus funciones. Si la tocaba, sentía el tacto de mis dedos, pero por dentro notaba como si de un momento a otro fuera a flaquear y a tirarme al suelo. En los momentos peores, me escapaba a ver a Ñiña, a meter mi nariz en su cuello de bebé y olerla, a escuchar su risa o su llanto, a mirar sus ojos sorprendidos con los colores y la luz o su alegría al verme. Entonces, el interior de mi pierna recobraba toda su sensibilidad y yo toda mi fuerza.

Para darle mayor énfasis a estas emociones, en dos años han proliferado personas cercanas que han acudido a nosotras para contarnos alguna desgracia. Que si enfermos, que si muertos... 

Anteayer le dije a Gea: Estoy tocada de enfermedades y de muertos pasados, presentes y futuros. ¡Coño! ¿No puede venir nadie a contarnos algo bueno, a cenar en buena armonía y a reír un rato? ¡Me voy a ver a la Ñiña! Estaba lloviendo y se me venía encima eso que se llama Ansiedad, la auténtica, la genuina. Por el camino empezó a llover y entonces salí del coche y me dejé mojar, con la cara mirando al cielo. Vida. Hierba y flores que vibraban con las gotas de agua. Vida. Iba a ver a mi pequeña. Vida. Y se obró el milagro. La pierna en su sitio. La calma en mi cuerpo. Vida. Desde dentro del coche, fotografié el paisaje a través de las gotas en el cristal. Vida.

Paisaje difuso tras las gotas de agua del cristal
El paisaje, repetido en cada gota de agua. Fascinante el agua. Vivificante la lluvia.

Después volví y pude despedirme con serenidad de ese chucho pequeño, suave y rubio, tierno y bueno. Ahora todo está en paz. Y durante un tiempo, me he prometido esquivar las malas noticias en la medida de lo posible. 

¿Y por qué no recomenzar a escribir? Empecemos con Gea

Desde aquella última página han pasado tres años y medio y muchísimas acontecimientos. Y este blog quedó abierto como si ésa hubiera sido la última de mi vida. Nada de eso. La vida siguió, afortunadamente. Y claro, es que me apetecía seguir viviendo y lo hice a manos llenas, como debía esperar de mí misma.

Di unos cuantos traspiés, hice algún daño y también me lo hicieron, pero ni de una ni de otra parte fueron intencionados. Avatares de la línea vital.

Lo que no he hecho desde entonces ha sido escribir más allá de unos cuantos correos electrónicos, anotaciones en la agenda, la lista de la compra y alguna que otra dedicatoria. Frases cortas, estilo Twitter. Mientras tanto las palabras por escribir se me han ido amontonando y las ganas se me han hecho inmensas. ¿Sabéis qué me pasa cuando las palabras por decir o por escribir se me acumulan? Que se me van al estómago y lo empujan hacia arriba, hacia el pecho. Se me ha hecho una hernia de hiato.

Me enamoré el 27 de diciembre de 2012, así de repente. O tal vez no fue repentina la cosa. Era algo que estaba hibernando en mí desde 2007.  La conocía desde mucho antes, a principios de los 90. Entonces ella era para mí una niña de veintidós años, una recién llegada a la vida. Así la veía yo. Algunas veces hablé con ella pero ni siquiera recuerdo de qué. Cuando la encontré casualmente en la playa, quince años después, en la primavera de 2007, me sorprendió acordarme de su cara, de su nombre y hasta del pueblo en que nació, con esta memoria mía. Se había hecho mayor, tenía pequeñas arrugas alrededor de los ojos, una mirada verde y triste, un cuerpo precioso. Lo único que quedaba de aquella niña era su sonrisa inconfundible. Ella estaba con su gente y yo con la mía, pero de tanto en tanto venía a darnos una vuelta, hablábamos y a mí me daba trocitos de chocolate. Me gustaba el chocolate y sobre todo lo que decía y cómo lo decía. Tenía fuerza. Ya ha vivido, me dije, ya es grande. ¡Y tiene una cabeza bien puesta! Un lujo.

La despedida, horas después, me dejó un sinsabor. Absurdo. Así me lo pareció. No había habido nada personal entre nosotras, ni siquiera alusiones o miradas, por lo menos evidentes. Pensaba ¿otros quince años para volver a verla? Ni un puñetero teléfono. Se lo habría podido pedir pero ¡qué apuro! Ya lo conseguiré. Puse en marcha toda mi capacidad de investigación y conseguí su número mucho después. Aquel deseo vivo y aquella necesidad de ella, se materializaron en dos llamadas telefónicas, una muy divertida y otra muy larga y profunda. Y una cita que ella canceló. Me costó algo de tiempo superar las calabazas, pero me olvidé de ella y seguí adelante con la vida... y la vida siguió adelante conmigo. La llamaré Gea, mi diosa de tierra y agua. Y Gea se quedó en mi memoria como la única persona a la yo tuve el valor (o la osadía) de buscar activamente. Lo único que aprendí de aquellas calabazas era que debía continuar con mi sistema de no dar, aparentemente, nunca, el primer paso. Una y no más. Pero no cumplí del todo mi propósito...