28 abril 2015

Agua, niña, vida.

En diciembre se cumplió uno de mis mayores deseos: llegó "Ñiña", mi primera nieta. Si la mamá de la criatura hubiera tenido la misma prisa por tenerla que yo por que la tuviera, Ñiña sería ya adolescente. Aunque básicamente soy de "melón y tajada en mano", he aprendido a ser paciente, así que acostumbro a revisar de tarde en tarde los grandes deseos aún no cumplidos, les sonrío, los acaricio y los vuelvo a guardar en el cajón de lo posible, para que no estorben, para que no hagan bulto, para que no irrumpan ni interrumpan en el ahora, en lo tangible. Los imposibles, se van directamente a la basura, dejan de ser deseos: no hay frustración.

Desde que Ñiña fue solamente una constancia gráfica en un test de embarazo hasta el día de hoy, he aprendido muchísimas cosas nuevas. Cuando iba a nacer su madre, mis fuentes de conocimiento fueron El Libro de la Madre y el Niño y lo que me contaban abuela, tías, madre y vecinas: un revuelto de recomendaciones útiles y supersticiones. No se hacían ecografías, así que las niñas se llamaban niños hasta que el parto dijese lo contrario: "Fulanita va a tener un niño", "Cuando tengamos un niño"... 

Ahora tenía internet. Me he quedado sorprendida de cómo evoluciona un embrión hasta ser un bebé. He entendido por qué no recordamos nada de todo ese proceso. Sería la locura. Imaginemos que en una de nuestras cabezas adultas se produjeran 250.000 neuronas nuevas cada minuto. O que de pronto nos brotaran unos apéndices nuevos que se llamarán brazos cuando terminen de hacerse. Todo en plazos diminutos. Lo que digo, para que se vaya la cabeza. Por eso, todo está preparado para que ni sientas ni padezcas hasta que tengas dos dedos de luces, y ni siquiera lo harás de repente, ya será el resto de la gestación y, sobre todo, el resto de la vida, lo que te te hará sentir, saber, recordar y entender (más o menos). Y todo me parece un misterio asombroso, cómo se va ensamblando todo en el momento justo para que no se quede nada atrás. Sí, igual que las plantas o los animales. Se llama vida y la adoro.

Al perrito de Gea lo hemos mantenido con vida todo lo que hemos podido, con la esperanza de que en algún momento se curara de una enfermedad que ha durado dos años y que ningún veterinario ha sabido determinar. Pero su cuerpo estaba ya paralizado desde hacía días y gemía de dolor. Hacía meses que me estaba sobrepasando verlo así, empeorando en horas. Como esponja hipocondríaca que soy, empecé a no sentir a ratos mi pierna derecha, como si yo también me estuviese paralizando a plazos. Ella caminaba y hacía todas sus funciones. Si la tocaba, sentía el tacto de mis dedos, pero por dentro notaba como si de un momento a otro fuera a flaquear y a tirarme al suelo. En los momentos peores, me escapaba a ver a Ñiña, a meter mi nariz en su cuello de bebé y olerla, a escuchar su risa o su llanto, a mirar sus ojos sorprendidos con los colores y la luz o su alegría al verme. Entonces, el interior de mi pierna recobraba toda su sensibilidad y yo toda mi fuerza.

Para darle mayor énfasis a estas emociones, en dos años han proliferado personas cercanas que han acudido a nosotras para contarnos alguna desgracia. Que si enfermos, que si muertos... 

Anteayer le dije a Gea: Estoy tocada de enfermedades y de muertos pasados, presentes y futuros. ¡Coño! ¿No puede venir nadie a contarnos algo bueno, a cenar en buena armonía y a reír un rato? ¡Me voy a ver a la Ñiña! Estaba lloviendo y se me venía encima eso que se llama Ansiedad, la auténtica, la genuina. Por el camino empezó a llover y entonces salí del coche y me dejé mojar, con la cara mirando al cielo. Vida. Hierba y flores que vibraban con las gotas de agua. Vida. Iba a ver a mi pequeña. Vida. Y se obró el milagro. La pierna en su sitio. La calma en mi cuerpo. Vida. Desde dentro del coche, fotografié el paisaje a través de las gotas en el cristal. Vida.

Paisaje difuso tras las gotas de agua del cristal
El paisaje, repetido en cada gota de agua. Fascinante el agua. Vivificante la lluvia.

Después volví y pude despedirme con serenidad de ese chucho pequeño, suave y rubio, tierno y bueno. Ahora todo está en paz. Y durante un tiempo, me he prometido esquivar las malas noticias en la medida de lo posible. 

4 comentarios:

  1. "Los imposibles a la basura ... no hay frustración"
    Qué buena reflexión Candela ... y tú encima la pones en práctica. Difícil tarea ...

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  2. Gracias a todas. Mi alegría es encontraros por aquí... y también por allá, que ya os leo de nuevo.

    Mil abrazos

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