28 abril 2015

¿Y por qué no recomenzar a escribir? Empecemos con Gea

Desde aquella última página han pasado tres años y medio y muchísimas acontecimientos. Y este blog quedó abierto como si ésa hubiera sido la última de mi vida. Nada de eso. La vida siguió, afortunadamente. Y claro, es que me apetecía seguir viviendo y lo hice a manos llenas, como debía esperar de mí misma.

Di unos cuantos traspiés, hice algún daño y también me lo hicieron, pero ni de una ni de otra parte fueron intencionados. Avatares de la línea vital.

Lo que no he hecho desde entonces ha sido escribir más allá de unos cuantos correos electrónicos, anotaciones en la agenda, la lista de la compra y alguna que otra dedicatoria. Frases cortas, estilo Twitter. Mientras tanto las palabras por escribir se me han ido amontonando y las ganas se me han hecho inmensas. ¿Sabéis qué me pasa cuando las palabras por decir o por escribir se me acumulan? Que se me van al estómago y lo empujan hacia arriba, hacia el pecho. Se me ha hecho una hernia de hiato.

Me enamoré el 27 de diciembre de 2012, así de repente. O tal vez no fue repentina la cosa. Era algo que estaba hibernando en mí desde 2007.  La conocía desde mucho antes, a principios de los 90. Entonces ella era para mí una niña de veintidós años, una recién llegada a la vida. Así la veía yo. Algunas veces hablé con ella pero ni siquiera recuerdo de qué. Cuando la encontré casualmente en la playa, quince años después, en la primavera de 2007, me sorprendió acordarme de su cara, de su nombre y hasta del pueblo en que nació, con esta memoria mía. Se había hecho mayor, tenía pequeñas arrugas alrededor de los ojos, una mirada verde y triste, un cuerpo precioso. Lo único que quedaba de aquella niña era su sonrisa inconfundible. Ella estaba con su gente y yo con la mía, pero de tanto en tanto venía a darnos una vuelta, hablábamos y a mí me daba trocitos de chocolate. Me gustaba el chocolate y sobre todo lo que decía y cómo lo decía. Tenía fuerza. Ya ha vivido, me dije, ya es grande. ¡Y tiene una cabeza bien puesta! Un lujo.

La despedida, horas después, me dejó un sinsabor. Absurdo. Así me lo pareció. No había habido nada personal entre nosotras, ni siquiera alusiones o miradas, por lo menos evidentes. Pensaba ¿otros quince años para volver a verla? Ni un puñetero teléfono. Se lo habría podido pedir pero ¡qué apuro! Ya lo conseguiré. Puse en marcha toda mi capacidad de investigación y conseguí su número mucho después. Aquel deseo vivo y aquella necesidad de ella, se materializaron en dos llamadas telefónicas, una muy divertida y otra muy larga y profunda. Y una cita que ella canceló. Me costó algo de tiempo superar las calabazas, pero me olvidé de ella y seguí adelante con la vida... y la vida siguió adelante conmigo. La llamaré Gea, mi diosa de tierra y agua. Y Gea se quedó en mi memoria como la única persona a la yo tuve el valor (o la osadía) de buscar activamente. Lo único que aprendí de aquellas calabazas era que debía continuar con mi sistema de no dar, aparentemente, nunca, el primer paso. Una y no más. Pero no cumplí del todo mi propósito...

9 comentarios:

  1. Bienvenida de nuevo ...
    Se te echaba de menos.

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  2. Entre tantos días tranquilos, escogéis hoy dos de las "antiguas" para volver.
    Qué bueno saber de ti, de nuevo.

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  3. Gracias, MRosa.

    Hola, Chris!!! ¿Quién es la otra?

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Ay!! me ha encantao el post,ahora ya me gusta más lo de Gea. Que bien cuentas y que me gusta que cuentes de nuevo ;)

    Lica de alegría me hallo.

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  6. loca, loca jajjajajajajj (no lica) :P

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  7. Lica yo de leer tus comentarios :))) Echo de menos también tu blog... tus blogs! Un besote

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  8. Me encanta volver a leerte. Y sobre todo me encanta que lo inaugures con ella. Besos.

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  9. Evita, también me alegro, al fin y al cabo es mi blog, aquel que más tiene de mí :) Un beso

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