04 mayo 2015

Un día como otro cualquiera... ¿o no?

Dicen que "días de mucho, vísperas de na", así que si el de ayer fue un día calmado, el de hoy ha sido loco.

Como ayer me levanté tarde, muy tarde -no pienso confesar la hora-, anoche me dieron las cuatro fresca como una lechuga. A las siete, diana. Unas cuantas horas de trabajo y aún no sentía cansancio, pero sí hambre, mucha hambre: tocaba ayuno para hacerme por la tarde una ecografía. A la hora de comer -es un decir- fui a casa de mi hija para ocuparme un rato de la Ñiña. A esas horas ya empezaba a flaquear, pero ¡aún había mucho por hacer!

Vuelvo a casa.
Cinco minutos, lo justo. 
Encierro a la empleada de hogar en la terraza, 
cojo el volante de la prueba,
llamo un taxi
y me marcho.

El taxista me cuenta lo raras que somos las mujeres,
o lo raras que estamos,
o por lo menos las otras, que dice que él no sabe cómo soy yo
ni cómo estoy.

Entrego el volante,
espero mi turno,
se van yendo todos los pacientes,
quedo solo yo.

Pasan los minutos
y nadie me llama.
Oiga, ¿se han olvidado de mí?
Anda, pues sí, y el radiólogo ya se ha marchado.

Mil disculpas
y a la vista, otro día sin comer.
No, mujer, venga usted mañana tempranito
y la colamos como sea,
así solo tiene que ayunar durante la noche.
Bueno, tampoco es mala solución
-de qué me va a servir enfadarme
con lo cansada que estoy y el hambre que tengo-.

Por la calle huele a papas a lo pobre.
¡Qué hambre!
Compro un cojín.
Compro pescado fresco.

Llego a casa y me entero de lo de la empleada de hogar,
que ha tenido que llamar a gritos a los vecinos
para que alguien la sacara de la terraza.
Y la han sacado.
Y aún así ha podido marchase a su casa
media hora antes de tiempo, como de costumbre.

Preparo pescado a la plancha, para mí seis gallos pequeños,
y un buen cuenco de guacamole,
que es lo que deseaba mi pequeña familia.

Lo de las ganas de comer algo concreto es una de esas cosas que a mí me pasan cuando leo libros o veo películas, que de pronto hay una escena (de comida) que me invita a tener un apetito desmesurado y específico por algo. Me pasó con Las cenizas de Ángela, que me hacían levantarme de la cama para ir a comer pan. O con los libros de Camilla Läckberg, que me aficionaron a los dulces con canela. Esta vez ha sido La Isla Mínima y el pescado. La vi anoche, pero como hoy me tocaba ayunar, he acumulado las ganas en forma de MUCHAS GANAS. Esta noche me he desquitado con creces. Ah, me lo he comido con Chianti. Da igual que pegue o no, me apetecía y quedaba un culín en la botella.

Buenas noches, día.

2 comentarios:

  1. qué bien qué bien qué bien!!! ay que panzá (pequeña) me acabo de dar (y no de comer, sino de tu blog)!!

    ResponderEliminar
  2. Biennnn, tengo un comentario tuyo! :)

    Ay, ay, ay. Anoche leí lo último que tenías escrito en tu blog. Hace ya tanto tiempo que lo escribiste, que no comenté nada. Un beso enorme!

    ResponderEliminar