27 junio 2015

¡Sobreviví!

Publico a la vez este post y el anterior, que estaba en borrador, guardado para cuando "todo hubiera salido bien".

...

En la habitación son todos los que están y están todos los que son. Nos hacemos unas fotos. Ha pasado ya largamente la hora límite en la que tendrían que haberme llamado y empiezo a desesperarme. Tengo dos opciones: marcharme a casa o lanzarme a la (fea) aventura. Ya que estamos... vamos hacia delante. 

Son las ocho menos cuarto de la tarde. Vienen a buscarme y salto a la cama. "Vale, ya estoy en modo enferma". Hasta ahora he aguantado bien la espera. Más de un mes. Las últimas horas las esperaba peores y, sin embargo, he permanecido tranquila. Ahora ya no. Por más que le mando órdenes contrarias al corazón, este se acelera. Me llevan. Desde abajo voy viendo asomarse hacia mí los rostros de todas esas personas que están allí porque me quieren y porque las quiero. Me sonríen y les sonrío. Luego, la soledad del pasillo y del ascensor. Solos, el hombre que conduce mi cama y yo. Me aparca a la entrada del quirófano y se marcha. 

Del quirófano sacan en una camilla al hombre de los ojos extraños que había visto por la mañana en la sala de espera de admisión. Oigo que llaman a sus familiares. Entran y lo saludan, pero él sigue con aquellos ojos, tan redondos y abiertos, fijos en algún punto más allá del techo del pasillo.

Se acerca el anestesista.  Viene a recoger el sobre que llevo sobre los pies. Lo abre y comprueba que contiene todo lo necesario. Responde a mi saludo. Creo que de no haber tenido yo la iniciativa, ni me habría saludado. Pienso que es normal, que para ellos somos máquinas averiadas que van a arreglar con buenas manos. Me hace firmar un papel más, el de la autorización de la anestesia con todos los riesgos y demás, que esta vez no leo. ¿Para qué si la decisión ya está tomada?

Viene a verme el cirujano, tan circunspecto como siempre, alto y fuerte. Le sonrío y le digo que si no fuera porque es él quien va a operarme, en ese mismo momento saltaría de la camilla y me marcharía a casa. Hace una mueca que, casi casi, parece una sonrisa. Me cae bien el viejo médico de fachada antipática. Se marcha y me vuelvo a quedar sola en el pasillo.

Se acerca una enfermera y me dice que voy a entrar al quirófano por mi propio pie. Me calza unas bolsas de plástico y me voy yo solita directa al matadero, obediente como una res. Me subo a la camilla y me acomodo como me van diciendo, hasta que la nuca queda apoyada en el lugar exacto. De la camilla sacan dos brazos negros. Sobre ellos acomodan los míos. La enfermera me pone la vía en el brazo izquierdo. Otro hombre, enfermero o internista supongo, me pone un manguito en el antebrazo derecho. Observo atentamente a los cuatro personajes que, además de mí, están en el quirófano. Tres a mi alrededor y el cirujano dos metros más allá, sentado en una silla, como abandonado a sus pensamientos, mirando hacia ninguna parte. Tal vez relajándose, tal vez cansado. De pronto levanta la mirada y la cruza con la mía. La baja enseguida. Me parece que se ha sentido invadido por un instante. La enfermera me pregunta mi nombre y pienso "Mmm, eso es cuando ya vas a dejar de ver, de oír, de sentir". Le digo mi nombre dos veces, en versión corta y en versión larga. Ella repite la versión corta y luego sigue diciendo algo más, pero ya no estoy.

Caigo borracha en un remolino de burbujas pequeñas, o no, tal vez mi cuerpo entero -sobre todo mi cerebro- se llena de pequeñas burbujas y desaparezco para mí. Ya no siento, ni veo ni pienso, pero sigo conservando la noción del tiempo...

...No puedo respirar, noto que me asfixio, pero entonces veo desde fuera de mí -porque yo tengo los ojos cerrados- que alguien presiona una bola grande de goma cerca de mi boca y me entra aire fresco en los pulmones, que se hinchan y deshinchan sin mi participación. Alivio. Alguien me dice que ya me han operado y que me llevan a ver a mis familiares y luego a la UCI. Calculo que habrá pasado una hora desde lo de las burbujas.

Están todos ahí, esperándome. Me esfuerzo por enfocar a mi madre. Le digo mamá y ella me sonríe y su sonrisa se mezcla en espiral con las luces del techo. Hago por grabarlos a todos en mi memoria, sus miradas, el orden en que van apareciendo sobre mi cabeza, lo que me dicen y les digo. Y no obstante, soy consciente de que todo eso pasará al olvido absoluto en unos instantes. Sin embargo, ahora me dicen que se me veía muy bien, muy despierta y sonriente. Es lo que me entrené para hacer, desde que vi salir del quirófano al hombre de los ojos extraños, tan perdido.

Después estoy en la UCI. Todos los músculos de mi cuerpo se contraen como si estuviera en pleno ataque de ansiedad, pero no estoy nerviosa ni preocupada. Las mandíbulas están tan apretadas que ni siquiera puedo hablar con una enfermera que pasa delante de mí y que se me confunde con los otros objetos de la sala. Sigo sin poder enfocar. Escucho mi corazón por una máquina que hay a mi derecha. No late rítmicamente, sino que se detiene con los espasmos musculares y vuelve a latir cuando los músculos se relajan. Consigo separar las mandíbulas y le digo a la enfermera lo de los espasmos. Me dice que me va a poner oxígeno. Así, con el oxígeno entrando por mi nariz, va desapareciendo la tiritera, que no es por frío ni por miedo. Quizás es solo eso, falta de oxígeno en los músculos, que han permanecido paralizados durante la operación y ahora intentan reanimarse. Entonces me dedico a entrenar la vista para enfocar los objetos y a respirar conscientemente, pero de vez en cuando me duermo y se me olvida respirar. Entonces me despierto bruscamente y vuelvo a entrenarme para enfocar y respirar. Frente a mí hay tres personas. De izquierda a derecha, el hombre de los ojos extraños, que ronca exageradamente. Después una chica joven, de pelo moreno y rizado, muy guapa, que duerme. Y por último una mujer de mi edad más o menos, que, alternativamente, va quejándose de que se siente mal y cae en el sopor.

Me anuncian que me llevan a la habitación. Son las diez y media de la noche. Tampoco recuerdo cómo llegué ni quiénes estaban allí. Pero me lo han contado. 

Han pasado dos días. Ahora estoy en casa y en un tarrito tengo una cosa que parece una aceituna negra y arrugada. Es la piedra que tenía en la vesícula. Fea.


En modo quirófano

Con 22 años sufrí uno de mis ataques de hipocondría. En aquella ocasión, por error, me habían diagnosticado un cálculo en la vesícula.

El año pasado, ahora sí, me confirmaron tener una piedra en la vesícula. Le pregunté al cirujano qué pasaría si decidiera dejármela ahí, porque no me molestaba. Me contestó esto: 

  1. "Puedes morirte de vieja con tu piedra en la vesícula, asintomática". Buena opción, pensé... Sigamos.
  2. "Pueden darte cólicos biliares, muy dolorosos, que ocurren cuando el cálculo se mueve de su sitio". Bueno, tampoco pasa nada. Si me da un cólico biliar ya me pensaré lo de operarme.
  3. "Puedes sufrir una pancreatitis aguda, y eso es grave". Ajá, mi madre ha tenido varias pancreatitis agudas en su vida y aún sobrevive. Habrá que pensarse, no obstante, lo de la operación.
  4. "O puede darte un cáncer de vesícula". ¡Diana! El médico hizo diana en mi carcinofobia, que es mi especialidad de hipocondría.
  5. "Además, buena parte de tus problemas gástricos, seguro que desaparecen después de quitarte la vesícula". Bueno, bueno. No está mal. Vamos a la siguiente fase: Hacerle un interrogatorio en toda regla al médico.
- ¿Y por qué no se quita la piedra y se deja la vesícula?
- Porque la piedra no está enferma, la enferma es la vesícula que produce piedras.

- ¿Y la operación se hace por laparoscopia?
- No voy a engañar a nadie. Se puede hacer laparoscopia, pero si hay algún problema, se corta.

¿Un problema? ¿Qué puede pasar durante la operación que se considere "problema"? Prefiero no preguntar al respecto.

- ¿Y cuánto tiempo tengo que estar en el hospital?
- Si todo va bien, dos días.

¿Si todo va bien? ¿Algo puede salir mal? Prefiero no preguntar al respecto.

- Y si todo va bien, ¿cuánto tiempo tardaré en hacer una vida normal?
- Si todo va bien, en una semana podrás hacer tu vida normal.

Sigo dándole vueltas al "si todo va bien".

- ¿Y se puede hacer una vida normal sin vesícula?
- Mira, se tiene sobrevalorada a la vesícula. El hígado produce de 500 a 1000 ml de bilis al día. Una pequeñísima parte de ellos se acumula en la vesícula a modo de reserva, de modo que si una vez se hace una comida muy copiosa o grasa, se libera la parte guardada en la vesícula. No tiene otra función. Basta no exagerar con las comidas. Además, en cuanto a la operación de vesícula, se hace desde la Edad Media.

Suena tranquilizador. En la Edad Media la gente se operaba y sobrevivía, vamos, supongo yo. Así que ahora, con tantos avances médicos, puedo sobrevivir al quirófano y a la vida sin vesícula.

Pido operarme. El cirujano pide quirófano. Me da fecha. Queda más de un mes por delante y no pienso desperdiciarlo teniendo miedo. Preoperatorio perfecto: pulmones bien, analítica bien, ecografía con piedra... ¡A vivir con alegría el mes que falta!

Pero ya faltan solo tres días y ya llevo cinco más en "modo quirófano".