27 agosto 2015

Desayuno solitario

Aquí, en mi paraíso, los días parecen iguales y, sin embargo, todos son poemas diferentes escritos en papel con el mismo fondo estampado.

Silla y mesa post desayuno
Hoy desayuno sola, sentada a la puerta de casa en una viejísima silla con el asiento hecho de esparto trenzado. Es baja, muy cómoda y está pintada con incontables capas de color marrón claro.

La ondulada línea de sombra del tejado se va acercando a mí, pero faltan al menos tres horas para que me alcance.

A lo lejos se oyen las voces del pastor en ese idioma particular que tienen los pastores de estas latitudes para comunicarse con el rebaño: ¡Ria-boo! ¡Guaja, guaja! ¡Fia, fia, fia! A estas horas no llegan hasta aquí ni los balidos ni el tintineo de los cencerros, que se hacen audibles y cercanos a la caída de la noche.

Un gallo, que no debe de estar lejos de aquí, contribuye con su canto repetitivo a llenar de sonidos el aire fresco de la mañana.

Hay perros que ladran a lo lejos. Y pájaros -sobre las zarzas, almendros y espinos- que no puedo ver ni tampoco identificar por sus trinos matinales.

Los sonidos más cercanos son los insectos voladores (moscas, moscardas, avispas y abejas) que van de acá para allá en vuelo loco, parece más de pura felicidad que de estar estudiando el terreno para trabajarlo durante el día. El otro, es el de las idas y venidas de la perra sobre la hierba seca.

Las gallinas, una vez puestas a salvo
de "la loba".
La perra tiene un objetivo que la obsesiona: comerse a las dos gallinas. Las pobres recién llegadas están encerradas en un cajón cubierto de tela de gallinero y dentro de la leñera. Así las mantenemos a salvo hasta que pase el peligro canino. Las compramos ayer para que nos den “huevos de gallinas felices”, pero todavía ni ponen ni están contentas.

"Pitas, pitas... soy vuestra mamaíta".
La perra, ese noble animal en asilo temporal, al que le hemos descubierto alma de loba (y algo del cuerpo también), va y viene a la leñera, agitada, con la lengua fuera. Se pone a dos patas y araña la puerta. Luego se aleja, se sienta y mira mira fijamente hacia allá con las orejas de punta. Ya ha descartado que la leñera tenga puntos vulnerables (eso lo comprobó ayer tarde, rodeándola, subiéndose arriba y olisqueando cada agujero de la piedra), de modo que ahora está obsesionada con la puerta. La oigo pensar: “Si la empujo, tarde o temprano cederá”, “si la araño, terminaré haciendo un agujero en esa vieja y reseca madera”. Vuelve a empujar y a arañar. Descansa y regresa. No pierde la fe.

4 comentarios:

  1. Extracto: cómoda, sol, lectura... Envidia sana.

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  2. Qué envidia (sana)

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  3. Me encanta tu gallinero portátil. Mi madre tiene una mini granja-asilo de gallinas. Mueren de mayores, cuando les llega el momento. Sin prisas. Sin más presión que la de un viejo gallo. :-) :-)

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  4. Hasta oigo el chirriar de esa silla y ese fresco de mañana de verano....¡esos pequeños placeres!. Muy bueno.

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